Él, yo y los fantasmas del aeropuerto
Prometí escribir la primera línea en el avión, las primeras palabras de un diario que sin mucho éxito y recurrentes intenciones había tratado de escribir por años, pero que gracias a mi inexistente constancia siempre permaneció en mis listas de ‘to do’ y las resoluciones de fin de año.

Foto: lipjin
Esa mañana, en ese avión, no podía ser diferente y para hacerle honor a mi tradición preferí caer en la amena conversación con la pasajera sentada a mi lado izquierdo, una mujer muy amable que no aparentaba su edad, en mi mente le puse 35 pero luego ella me aclaró el pensamiento al decirme que tenía 45. En fin, Pilar, ese era su nombre, o aún es, no lo se. Me contó de sus hijos, uno de 5 años y el otro de 15. Tengo una fijación por la edad, aunque la edad no es impedimento ni justificación para vivir, pero en fin, ese es otro tema.
Pilar viajaba a Inglaterra y tenía que hacer escala en Ámsterdam, mi destino. Ella se embarcaba en la aventura de su vida, divorciada desde hace 4 años de un funcionario político, conoció a Benjamín, antojadizamente le pondré ese nombre, pues no recuerdo si ella lo mencionó o si yo lo pregunté. Lo conoció por Internet, y luego de un par de visitas no más largas de dos semanas, chateos interminables y mails empalagosos, ambos coincidieron en el deseo de casarse. Lo harían en Inglaterra, a donde se dirigía Pilar.
En la maleta ella llevaba el vestido de novia, además de lo prestado, un prendedor de su madre; lo viejo, un collar de una tía que nunca conoció; lo nuevo, unos guantes de juego al vestido; y lo azul una bolsa de terciopelo en cuyo interior cabía un rosario de plástico fosforescente. Yo sabía lo viejo, lo nuevo y lo prestado, pero no lo azul, ella me explicó que en Inglaterra dicen los que se visten de azul tienen amores verdaderos. Nunca pensé que el azul sería el color del amor, pero ese también es otro tema.
En el bolso de mano ella traía una sarta de maquillaje con todas las paletas de colores imaginables. Lo sé porque me dijo que me veía algo pálida y sacó los materiales para pintarme el arco iris en el rostro. Yo me dejé llevar.
Mientras bebíamos vino de avión, el que viene en botellas pequeñitas, yo también le hablé de mí, de cómo un mes antes recibí la propuesta de dejar lo que tenía para tenerlo todo, de por qué estaba sentada ahí, a mis 23 años. Perdón, de nuevo con la edad, pero es un hábito irremediable.
Después de 13 horas, de ella, de mí, de la holandesa sentada a mi lado derecho — a la cual no dejamos dormir por tanta cháchara– y de las azafatas que nos traían vino, nos deseamos suerte mutuamente e intercambiamos e-mails. Nunca le escribí, ella tampoco me escribió, por qué no lo sé, pero ninguna lo hizo.
Me indicaron hacer fila en una ventanilla, ahí debía mostrar mi pasaporte y visa. En inglés, una rubia mujer me preguntó qué hacía en Holanda. Le dije “estoy aquí por trabajo”, me preguntó cuántos años tenía (creo que ella también tenía la fijación por la edad), le respondí que 23 y me dijo bienvenida.
Fui a recoger mi equipaje, yo primeriza no sabia donde buscarlo, así que le seguí el rastro a los letreros en inglés, hasta que vi un grupo de turistas japoneses abarrotados y el tumulto me llamó. Efectivamente, vi mis maletas dando vueltas en el carrusel y las tomé. Ahora el tercer paso, el detector, coloqué mis pesadas maletas con ayuda de una nada femenina guardia de seguridad en el escaner. No había nada interesante en ellas, solo trapos y regalos, así que me dejaron ir muy rápido.
Pregunté por la salida y me dijeron “allá”. Ya no quise preguntar más, así que me dije, “pues allá iré”. Abrí una puerta que decía “Entrada”, supongo que mi nerviosismo no me dejó leer. Una sirena se activó y disimuladamente me apoyé en una pared con cara de desconcierto. Al igual que otros, quería que creyeran que tampoco sabía por qué se activó la sirena. Siguiendo nuevamente a los turistas japoneses encontré la salida. Hay que ver que los japoneses siempre saben a dónde ir.
Cuando terminé aquel tramite, ¡lo vi! con mi arco iris en la cara, él estaba ahí con una camisa blanca, un short azul, un ramo de flores lilas y un globo de helio con motivos similares a la cerámica de Delf en el que decía Van harte welkom. Y ahí estaba él, la causa de que viniera a buscarlo todo. Nos reencontramos en un abrazo sellado con un beso eterno, mientras que todos los que nos rodeaban eran testigos fantasmas del suceso.
En ese momento éramos Él, yo y los fantasmas del aeropuerto. Ni las flores, ni el globo, ni su short, ni mi arco iris existieron más.
Connie Quintanilla, Holanda
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