Peixe sem pele ao Brasil
Llevo 6 años fuera del Perú, ya viví en Brasil, Argentina y Colombia, y en estos días en que ando haciendo mi mudanza para volver a Río de Janeiro me vienen a la cabeza recuerdos de cuando llegué por primera vez a esta ciudad. Al comenzar a vivir en Brasil tuve que quebrar muchos mitos e ideas que me había formado sobre este enorme país, como que el carnaval no dura todo el año y que la fiesta no se extiende sin fin, aunque la alegría y optimismo en la gente duran 365 días.

Descubrí también que hay fiestas que unen y comparten más que el carnaval, como la fiesta junina y la Copa del Mundo, que en Río de Janeiro todos se abrigan como en el peor invierno estepario cuando hacen apenas 15 grados, y que es imposible no admirar a las cariocas caminando en tacos altísimos en forma de punta de aguja sobre veredas hechas de cuadrados de cerámica de 10 cm2 en un desnivel y orden que pareciese que fuesen configurados como pista de obstáculos para las Olimpiadas. Estas musas van equilibrándose con esfuerzo pero sin perder la elegancia, por lo que, creo yo, son premiadas con el ejercicio exacto que tornea sus piernas y nos deja a los que las admiramos hipnotizados. Si fueran Olimpiadas de verdad, Brasil arrasaría con el cuadro medallero.
Entre otras cosas que admiro de esta ciudad están la forma en que se coordina la culinaria con los agitados días de trabajo en el centro de la ciudad. Hay muchos carros y mucha, muchísima gente en las calles, tanta que a la hora del almuerzo es muy difícil caminar en medio de tanta gente. Hay que andar rápido pero atento, intentar seguir el flujo y no ir contra el tráfico es todo un arte.
Muchos restaurantes ofrecen comida a kilo, que son bufetes de metros y metros de comida donde después de llenar el plato con lo que uno escogió, solo se paga lo que la balanza marcó, un precio justo, especialmente para quien está a dieta o simplemente come poco pero desea tener disponible la variedad de comidas de un bufet sin tener que pagar el precio fijo más caro.

Pero si hay algo gracioso que contar sería algo que me paso en un restaurante, no de comida a kilo, por cierto, sino en uno tradicional. ¿La especialidad? pescados a la parrilla y fritos. Iba con varios amigos, todos cariocas, haciendo la parada obligatoria en el día de trabajo para recargar energías. Casi todos coincidimos en pedir trucha a la parrilla con guaraná, la bebida tradicional brasileña. Conversábamos animadamente sobre los muchos contrastes culturales que existían entre nuestros países y las costumbres en común que parecían ser más numerosas hasta que fuimos interrumpidos cuando llegaron los platos listos. El mozo los iba colocando a un costado de la mesa mientras diestramente les quitaba la piel y parte de las espinas.
Todos recibían su plato muy contentos mientras yo me inquietaba, y no me sentí a gusto hasta que le pedí al mozo para dejar mi trucha intacta, virgen, indemne, incólume, pura, y por supuesto sabrosa, porque para mí -pensé yo- lo más sabroso de la trucha está en la piel, con mas sustancia, crocante y aún con las marcas de la parrilla. Los brasileños podían ser los más competentes para el fútbol, pero de comida no sabían nada.
Sin embargo las miradas estaban fijas en mí y todos se sorprendieron como quien mira a un extraterrestre de costumbres rarísimas. ¿Qué pensarían? Luego descubrí que la costumbre de comer saludable había hecho que todos automáticamente retiraran la piel, la parte más calórica y grasosa, así que en sus mentes estaba mi imagen distorsionada, debía aparecer en sus mentes usando cabello largo, barba descuidada, taparabo de cuero y un palo en la mano, sí, como un hombre de las cavernas, un neanderthal. Por lo menos me restaba el consuelo de haberme hecho la imagen de un “machazo”, uno de los “300 espartanos”, pero claro, desfasado en cientos de años.
Ese día tuve que agregar una cosa más a la lista de diferencias culturales porque, a mi modo de ver, no hay peruano que no se coma un pescadito frito con piel o el pollo a la brasa doradito, con todo, ¿o no?
Luis Longhi, Brasil
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