Momentos de terror por el terremoto en Japón
Japón. 11 de marzo del 2011. 2:30 p.m. Estábamos camino al jardín en el auto de la mamá de las compañeritas de mi hijita conversando acerca de la reunión de despedida que nos había tocado organizar y que se celebraría a las 3 de la tarde de ese mismo día. Llegamos temprano, así que se estacionó cerca de la reja del jardín, porque aún no permitían el ingreso.
Foto: AP
Estábamos arreglando las flores para la profesora cuando sentí que el auto se movía. Por un momento pensé que era un viento huracanado o tal vez un temblor leve. No nos asustamos porque estamos acostumbrados, así que tranquilamente esperamos a que esto pasara.
Normalmente después de unos momentos todo vuelve a la normalidad. Pero esta vez, despues de unos 20 segundos de temblor, vi por la ventana del auto cómo las antenas , cables y letreros se movían violentamente. No soporté más la incertidumbre de saber cómo estaba mi hijita, así que salí del auto, trepé la reja y entré al jardín. Me quité las botas para ingresar pero no podía mantenerme en pie. En eso empezaron a bajar varios alumnos y subí por las gradas hasta el salón de niños de 4 años. Cuando llegué estaban en círculo 2 profesoras y los 23 niños, algunos asustados, otros sonriendo, pensando que era como algún juego mecánico de Tokyo Disney.
Entré al círculo y todo empezó a temblar. La fuerza del sismo incrementó. Las cortinas golpeaban violentamente las ventanas. Los libros del salón se caían, los cajones se abrían solos. Me empecé a asustar de verdad. Abracé a mi hijita y le dije a la profesora que la mayoría de los niños estaban abajo. Esperamos que todo se calmara un poco para poder correr por las gradas, casi había pasado 1 minuto y medio y decidimos bajar corriendo. Tomé de la mano a mi hijita y a una de sus compañeritas y empezamos a decirle a todos que bajaran con cuidado porque aún se seguía balanceando.
Dos minutos después el movimiento telúrico se calmó un poco por unos instantes. Nosotros ya estábamos en el patio del jardín. La profesora contó a los niños para ver si el grupo estaba completo. Por suerte estaban todos, aunque temblando de frío y miedo, y llorando por el gran susto.
En eso otra vez vino un gran remezón y el piso donde habíamos estado se empezó a mover como un flan. Yo estaba en cuclillas pero eso no servía de nada para tener estabilidad, pues el piso no solo se movía de lado a lado, sino también de arriba abajo. Mis pies perdieron el contacto con el suelo y me di cuenta de que empezó a caer tierra de los muros. Creí que todo se venía abajo, me sentía impotente y con pánico pero debía guardar la calma y estar tranquila porque, por suerte, estaba con mi hija. Cerré los ojos. Cada segundo que pasaba parecía eterno y parecía que yo estaba en una montaña rusa.
Pasó lo peor, se calmó el temblor más fuerte, pero vi rostros más pálidos que de costumbre. La profesora me pidió que esperara afuera antes que se den cuenta que entré saltando la reja, me prestó la llave y salí rápidamente.
La profesora habló con el director para que los niños pudieran salir poco a poco, ya que algunos padres estábamos afuera. Salió mi hijita primero, le devolví sus llaves a la profesora, luego salió la compañerita de Miharu y subieron juntas al auto.
Empezaron a llegar las mamás muy nerviosas y tratando de no llorar.
Llegó el bus del jardín y subieron los niños asustados. En eso empezó a temblar la tierra nuevamente, la movilidad se mecía de un lado a otro y el auto donde esta mi hijita también. Nos quedamos paradas esperando a que pase otra vez. Decidimos retirarnos en ómnibus pero el tráfico era terrible. Pasaron 30 minutos y entramos a una tienda que seguía atendiendo. Compramos algunas cosas para abrigar a Miharu, ya que los niños salieron solo en buzo, y luego entramos a un restaurante. Mientras esperábamos que el tráfico mejorara pasaron 2 horas y la situación empeoró. Los trenes estaban parados, los celulares no funcionaban, el tráfico era un caos, en las calles se veía un mar de gente caminando más de 10 km tratando de regresar a sus casas para avisar que estaban bien.
Los que vivían muy lejos de casa pasaron la noche en las oficinas y utilizaron cartones para cubrirse. En las estaciones, almacenes, calles, parques, en todas partes había gente durmiendo. A muchos les ganó el cansancio de un día muy pesado. Aun así trataban de no interrumpir el paso y se acomodaban a la izquierda para no crear más caos. Veíamos gente muy asustada y solo se escuchaba un gran silencio, comprendían que los autos no podían avanzar y nadie tocaba la bocina, nadie gritaba, nadie lloraba.
Regresamos caminando a casa y en todo el trayecto siguieron las réplicas.
Al llegar a casa ordené las cosas que se habían caído. Con cuidado recogí los vidrios de los marcos, mi hijita cerró los cajones de la cocina y recogimos los libros, fuimos al supermercado pero regresamos solo con dulces y una botella de té, que era lo único que quedaba. No nos preocupamos mucho ya que aún teníamos arroz y algunos productos en la refrigeradora. Terminamos de cenar y vi los comentarios, traté de responder de la mejor manera diciendo que todo estaba bien, pero por dentro el susto, el miedo, la impotencia y otros sentimientos me embargan, pero no podía llorar porque mi hijita me estaba viendo.
No pude comer nada porque tengo un nudo en la garganta que no me permite pasar alimento alguno, intenté dormir, pero las réplicas continúan…
Harumi Tadaki, Japón
Tú también puedes ser parte de “Yo también me llamo Perú”, solo tienes que mandarnos tus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe, jortiz@comercio.com.pe y mchuquipiondo@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)