Colombia, el riesgo es que te quieras quedar
Soy un peruano como cualquiera, nací y crecí en un ambiente militar, soy hijo de un oficial del ejército peruano retirado y en mi familia siempre se dijo y se hizo todo lo que el “coronel” decía. Mi casa era el reino de la “disciplina castrense”Hace poco más de 4 años, con un fracaso matrimonial encima, con un hijo entrando en la pubertad, sin encontrar en Lima la oportunidad laboral que estuve esperando por muchos años y con muy pocos dólares en el bolsillo, decidí contarle a todo el mundo que me iría a buscar mi destino a Chile, decisión que en mi familia tuvo bastante aprobación (la que yo necesitaba), porque en ese momento Chile era el país de la región que mostraba un mayor crecimiento económico, estabilidad y tenía algunos parientes por allá. Lo que nadie sabía era que mi destino real era Medellín, Colombia.
Así es, mentí. Le hice creer a toda mi familia, cercana y lejana, amigos, compañeros, conocidos y uno que otro enemigo y acreedor, que me iría a tierras mapochas, cuando la verdad soñaba con acariciar la hermosa ciudad de Medellín. Un día antes, en una reunión de amigos, les conté a todos la verdad, pero les dije que mi familia no podía enterarse aún, así que los instruí muy bien ante cualquier pregunta (sobre todo de mi madre) que pudiera darse luego de mi partida.
Llegó el día esperado. Afortunadamente mi padre no podía llevarme al aeropuerto, así que fueron unos amigos los que me ayudaron con eso, por aquello de seguir con la mentira. Después de casi 3 horas de viaje, llegué a Bogotá, esperé algunas horas en el aeropuerto El Dorado y luego salí para Medellín, donde supuestamente una muy buena amiga me esperaba con los brazos abiertos y con muchos planes de negocio, de los que ya habíamos charlado telefónicamente.
Lo que yo no sabía en ese momento es que los paisas (así les llaman a los de Medellín), hablan de más, exageran lo que tienen y aquí, en Colombia, son considerados los mejores vendedores de cebo de culebra que existe. Entonces yo, pobre peruanito recién aterrizado, caí en los enredos de una linda paisa, porque para qué, estaba muy linda la niña.
Primer incumplimiento del contrato verbal: no fue a recogerme al aeropuerto de Rionegro, que queda como a una hora de Medellín y al cual llegué como a las 8pm. Lo que sí hizo la niña paisa fue recomendarme que llegue a un hotel en el barrio El Poblado, llamado Plaza Rosa, donde ya había reservado y cuadrado todo para mi llegada, con la promesa de que llegaría a cenar conmigo.
Luego de una hora de viaje por una carretera oscura y tenebrosa, con mi plata en la maleta, con un taxista desconocido y sin saber para donde me estaba llevando, por fin llegué a mi hotel. El error fue que ella sabía que yo no venía en calidad de turista, ni mucho menos con tanto dinero para gastar en un hotel caro, pues como les parece que me mandó a un precioso hotel, en el que cada noche me costaría la despreciable suma de US$ 180, porque ni siquiera me pidió la habitación más económica. La niña se lució reservándome una junior suite con todos los juguetes (como dicen aquí en Colombia). Segunda promesa verbal no cumplida: la niña no llegó a cenar conmigo esa noche. Llegó al día siguiente por la tarde, pero eso ya no viene al caso.
Luego de algunos días, adicionando algunas otras promesas incumplidas y pasándome a un hotel más barato, por fin encontré un lugar dónde vivir. Era como un mini departamento dentro de una casa grande, en una zona no muy cara, pero tampoco mala, donde vivía un viejito que era payaso de profesión, su hijo cuarentón que era mago de profesión y otro viejito que era el típico viejo verde del barrio, ¿acaso podía pedir unos compañeros de casa más entretenidos?
Respecto a mis prósperos negocios en Medellín, la cosa no fue muy bien y la verdad es que prefiero no recordar esa parte de la historia. El hecho es que estaba en un país extraño, donde no tenía familia, dinero o empleo. Las dos opciones que tenía eran: Regresar a Lima y reconocer ante el “coronel” que me equivoqué y que él tenía la razón o quedarme y lucharla. Y así fue. Lo bueno es que en Medellín la gente es muy abierta y amistosa, por lo que rápidamente pude hacer muchos amigos, algunos de los cuales siguen siendo muy cercanos.
Al poco tiempo, supe que en Colombia un extranjero no puede hacer nada sin tener una cédula de extranjería y que la forma más sencilla de obtenerla es casándose con una colombiana. Bueno, en Colombia hay muchas muchachas lindas, pero ninguna con intenciones de casarse con un extranjero desconocido cuya única intención es obtener el dichoso documento. Pero como para todo hay solución, a los pocos días me estaba casando por civil con una señora de 60 años, madre divorciada de una amiga y quien afortunadamente no tenía intenciones de consumar nuestra unión. Con eso resuelto tuve por fin mi documentación en regla.
Conseguí empleo manejando un proyecto para una empresa de telecomunicaciones relacionada con la Telefonía Celular. Afortunadamente los resultados en Medellín fueron exitosos y me ascendieron y trasladaron a Bogotá, para que me haga cargo de la operación nacional. En Bogotá conseguí novia rápidamente, porque una pena entre dos es menos atroz. Conviví con ella por un año aproximadamente, en un apartamento arrendado y luego nos separamos en no muy buenos términos.
En lo laboral las cosas nunca fueron fáciles, cuando terminó el proyecto de telefonía, me reubiqué en una empresa recién formada, que gastaba más de lo que tenía, lo que originó su temprana quiebra y por ende, mi cese de labores. Después de eso me dediqué a la consultoría externa en temas de gestión comercial y marketing, trabajando de manera independiente, lo que me hizo conocer mucho más el mercado colombiano y sobretodo, ayudar a algunos pequeños y medianos emprendedores peruanos a buscar negocios en este país. A eso me dedico actualmente y digamos que no es que me lluevan los contratos, pero creo que hago bien mi trabajo y le doy a mis clientes mucho más de lo que esperan de mí.
Para terminar con esta historia, les cuento que hace poco más de 2 años y medio, conocí a una mujer increíble, una barranquillera que estaba sola como yo en esta ciudad de las oportunidades, abogada de las buenas, con un enorme espíritu emprendedor y con muchísimo amor para dar. Nos enamoramos casi al instante y sin casi darnos cuenta ya estábamos viviendo juntos, construyendo juntos una relación, no solo amorosa, sino de confianza, de compromiso, de lucha y sobre todo, de fe.
Encontré al fin lo que salí a buscar aquel 19 de febrero del 2007, cuando tomé ese avión hacia Colombia. Encontré la paz y el crecimiento espiritual plasmado en una persona que ilumina mi vida con su sonrisa y me hace pensar que ésta es la mejor vida que podía esperar, sin lujos ni riquezas, sino principalmente con mucho amor. Porque cada uno de nosotros siempre tendrá una historia que contar, la cual siempre finalizará en nuestra felicidad.
Finalmente, ahora mi hijo, ya adolescente, ha conocido a una niña colombiana y ahora quiere venir a estudiar la universidad aquí. ¿Qué les parece?
Saludos desde Bogotá.
Carlos Tordoya
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