La mujer de color rojo que se apareció en una roca gigante
Durante el 2008 viajé en varias ocasiones por la carretera que une Nasca con el Cusco, y que atraviesa Apurímac. Me encontraba haciendo una guía de ruta para Survial de ese tramo 1 de la Interoceánica Sur.
Me sorprendió Apurímac. Algunos de sus valles, como el de Chalhuanca, parecen un paisaje prehistórico por los colores de sus cerros y los árboles medio calatos y retorcidos que llenan sus laderas. Otros, como el de Curahuasi, amplio y verde, está lleno de anís y todo huele a esta infusión, además de ser el valle donde se cultivó la primera uva de América. En Abancay hay una peculiar cocina regional en la que se fusionan la italiana, francesa, árabe y la española. Y en todo ese trayecto de la carretera se encuentran criadores de gallos de pelea y gusanos de seda, y antiguas casas haciendas, algunas en buen estado de conservación y otras casi destruidas.

Pero lo que más me sorprendió fue Chalhuanca, exactamente la mitad del camino entre Nasca y Cusco. En ese pueblo de aguas termales y molles brillantes en las orillas de su río, hay un buen hotel, el Tampumayo, que si el viaje se hace en dos días, es parada obligatoria, y si no, es un buen sitio para almorzar.
Frente al hotel, hay un camino afirmado que sube hasta Sañayca, una pequeña comunidad de agricultores, cuyas mujeres tejen y cuyas mazorcas de maíz son de todos los colores del arco iris. Más arriba, me crucé con manadas de caballos salvajes cuyos machos peleaban o trotaban veloces por las pampas, bosques de orquídeas de altura y rocas con formas como de ovnis.


Así llegué a Pumaorco, una enorme explanada que recuerda a la puna, donde asoma, en el horizonte, una minúscula iglesia de piedra, uno de cuyos muros es una roca gigante. Al entrar vi que todo estaba medio desordenado, por su techo entraba la luz y que había un antiguo misal en latín junto a una virgen, dos santos y una hoja seca de palmera.

Justo encima de la virgen, en la piedra gigante, había una cara roja de mujer. Era nítida y no había dudas. El pastor que llegó más tarde me contó que esa mujer apareció en la roca y que el Instituto Nacional de Cultura había estado en varias ocasiones para certificar su origen natural, sin explicar el por qué era una cara. Entonces, los pastores juntaron piedras para hacer un cerco, levantar una capilla y armar una pequeña torre junto a ella, donde hay una campana de bronce de los años 60’, todo ello dedicado a la Virgen de los Dolores.
Extrañado seguí mi viaje. Poco después me encontré con una ciudadela wari bastante derruida, en cuyo centro había una iglesia jesuita de finales del siglo XVIII, y más allá una cueva con petroglifos, algunos como si fuesen rascacielos y otro con forma de una enorme vagina. En todo este entorno, que confieso me pareció un tanto surrealista, había un toro muerto encima de una roca. Le pregunté a un aldeano que por qué lo habían puesto ahí a lo que me respondió que así se hace, porque de lo contrario el olor a muerte se queda en la tierra y los toros vivos enloquecen.

Terminé mi camino en la iglesia Chuquinga de Chalhuanca, viento las tejas exteriores que rodean al templo y que están pintadas con dibujos y símbolos, haciéndola, según me comentaron, única en el Perú. Lo mismo que todo lo que vi kilómetros más arriba.

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