El cerro de colores, la orquídea enana y las columnas aurorales
El Ausangate es la montaña más alta del departamento del Cusco. Es el apu sagrado en la cosmovisión andina porque es el origen de las aguas que riegan los valles de más abajo produciendo vida. Después, tras llegar a la selva y convertirse en nubes, el agua regresa a la gran montaña en forma de nieve.

Cerca a él se celebra una de las mayores peregrinaciones de América, el Qoyllur R’iti, en la que decenas de miles de andinos caminan hasta las faldas del Sinakara para homenajear al Señor de la Estrella de Nieve. En el Ausangate viven pastores de llamas y alpacas desperdigados en inmensos y solitarios campos de ichu, donde también se encuentra una diminuta orquídea que es la que crece a mayor altitud del mundo. Esos pastores son maestros de la textilería y de las ceremonias de los pagos a la tierra que celebran en agosto, después de los meses de helada, cuando la tierra está hambrienta.
Con ellos, y con otros amigos, viajé en dos ocasiones por las rutas del Ausangate. En concreto por la que ofrece Andean Lodges, del visionario Roger Valencia, en alianza empresarial con la comunidad de Chilca. En este viaje de 5 días, se camina de 6 a 8 horas diarias entre los 4200 y 5200 msnm en su punto más alto, el abra Palomachayoq. Incluye cuatro albergues estratégicamente ubicados, uno de ellos, el Machuracay Tambo, está a los pies del apu lo que le convierte en el albergue turístico, con agua caliente y todas las comodidades, más alto del mundo. Otras rutas, como las que salen de Tinke o recorren la laguna de Sibinacocha se realizan en campamentos de varios días de duración y son operados por agencias como Enigma, Terra Explorer o Tanit Trails.

En los viajes con Andean Lodges nos acompañaban los pastores con sus llamas que cargan el equipaje de los pasajeros y todo lo necesario para los picnics y snacks del camino. Estos pastores, que caminan con ojotas en la nieve, subían y bajaban veloces los cerros que a mí me dejaban sin aliento.
Cada día vivía sorpresas diferentes. Unas veces eran lagunas turquesas en las que nadan los patos andinos, otras eran glaciares y morrenas que descienden empinados de las montañas, o pozas de agua con piedras de colores donde, según la cosmovisión andina, son el origen de las alpacas, o gigantescas rocas en forma de cara, los Puruauccas, en cuyas laderas las vicuñas caminan en fila.

Pero fue Tauricunca una de mis mayores sorpresas. Este enorme cerro, de laderas suaves y que está formado por franjas de colores como no he visto en ningún otro sitio, parece pintado por algún ser de otro planeta que tuvo el capricho de venir a este lugar aislado.

La primera vez que viajé al Ausangate me sentí especialmente afortunado. Era casi de noche y estaba sentado junto al albergue, rodeado de frío y silencio, mirando el cielo lleno de estrellas. De pronto, en la línea de montañas que formaba el horizonte del final del día, emanaron enormes y verticales fogonazos de colores hacia el firmamento. Nadie sabía de qué se trataba. Años después, investigando sobre ese recuerdo, supe que se llaman columnas aurorales.
Todo ello hizo que regresase al Ausangate y que la experiencia de esta montaña fuese, de alguna manera, especialmente sagrada para mí.


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