Las monjas que sonreían siempre
Me dijeron que no era posible. Que nadie podía ingresar y que la nueva madre superiora era especialmente estricta. Imposible. Nadie entra y ellas no salen nunca. Son monjas de clausura estricta. Gente que opta por la vida conventual, y no sale más. Una existencia dedicada a la oración y al silencio.
Pregunté quién era el obispo, me dijeron que un español buena gente. Conseguí el teléfono y le llamé. ‘Estamos haciendo un libro sobre el departamento de Cajamarca y queremos entrar en el convento de clausura de las monjas concepcionistas. Somos tres, Billy el fotógrafo, Pati la productora y yo, que hago un poco de todo’.
Tres días después me devolvió la llamada. ‘Iñigo, mañana a las 4 pm en la puerta principal. En punto’. Nos imaginamos que sería una visita corta, que nos encontraríamos con la superiora, seria y poco amigable, que a las justas nos dejaría ver algo del convento. Y chau.
Después de visitar a varios artesanos de la ciudad de Cajamarca, llegamos puntuales. Nos abrió la madre superiora. Sonriente. Y al instante empezaron a aparecer en fila, todas las hermanas. Iban llegando desde una gran puerta. Todas con un hábito de pies a cabeza. Todas con una sonrisa gigante en su cara. Todas celebrando, como pocas veces en otros lugares, nuestra presencia. Nos apretaban la mano, nos daban besos, nos abrazaban, se presentaban y nos decían que estábamos en nuestra casa. Todos, hasta el obispo, estábamos sorprendidos, y empezamos a sacar fotos.
Nos abrieron para nosotros su convento gigante y silencioso. Nos abrieron las puertas de todos los rincones, cuartos, salas, cementerio, capilla, huertas, cocina… No hubo un momento en que dejasen de sonreír, en que respondiesen cualquiera de las preguntas que les hacíamos o que nos permitiesen hacer fotos durante las tres horas que estuvimos con ellas.
Son 14 monjas, todas cajamarquinas entre los 25 y 93 años, que viven dentro del convento y que no salen nunca. Nos confesaron que ahora se han suavizado las normas, que antes realmente no salían nunca, ahora lo hacen si un familiar directo está a punto de fallecer. Se dedican a la oración. Trabajan la huerta. Caminan en silencio por los inmensos espacios y jardines del convento. Hacen estolas bordadas con figuras de flores y palomas de colores para los curas, y hostias que se distribuyen en las iglesias de Cajamarca. Tienen sus momentos libres en los que conversan y, también tienen tiempo, ahora que las normas se han relajado, para mirar un poco de televisión y saber del mundo. A veces ven sus películas en VHS. Todas sobre vidas de santos, de Cristo o de la Iglesia Católica.
La única conexión con el mundo es un cuartito que tiene una pequeña ventana enrejada. En un lado se pone la hermana y en el otro la persona que, ocasionalmente, llega a visitarles. Ahí conversan. A veces es gente interesada en su espiritualidad, otras es alguien que quiere comprar alguno de los productos que elaboran. Nada más.
Me parece una vida radical, hasta cierto punto extrema. Vivir en silencio casi absoluto en un mundo en que el silencio es cada vez más difícil de lograr. Un silencio que en el fondo es saber estar con uno mismo. Una existencia de aislamiento de todo, como una de las hermanas que lleva 43 años sin salir. Les preguntaba cómo podían vivir así, cómo llevaban el silencio, la soledad, el aislamiento, las broncas entre ellas, el miedo… me respondían que simplemente es una vocación por Dios. Una vida entregada a Dios.
Al final nos hicieron pasar a una hermosa sala. Era amplia y estaba adornada con cuadros coloniales. Casi en la mitad de ella había un alto enrejado blanco que separaba dos ambientes. En uno de ellos había una mesa coqueta, adornada de un impecable mantel, con unos platitos, cuatro vasos, unos bol con durazno al jugo, una botella de vino de misa, unas galletitas dulces y unos alfajores que son de lo mejor que he comido. Porque también hacen esos dulces que los venden para obtener fondos para el convento, para matrimonios o para el viajero que llega a este lugar único. Nos invitaron a pasar a ese ambiente. Nos dijeron que nos sentásemos y que comiésemos, que nos lo habían preparado para nosotros. El obispo, Billy, Pati y yo. Al otro lado de la reja blanca estaban todas las monjas sentadas, mirándonos y riendo de todo. Son las monjas que siempre ríen y que saben vivir en silencio.

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