Palpa la dulce
Estoy cerca de Nasca, a unos 60 kilómetros. Después de recorrer la ciudad perdida de Huayurí y visitar el huarango milenario, del que unos dicen que ha muerto y otros que alguna de sus ramas sigue viva, me dirijo a Palpa. Paso unos pequeños y áridos cerros de piedra blanca, desde cuya abra algunos se lanzan con skate, y entro a un valle amplio, verde y cálido en el que destacan varias mesetas rojizas.

Palpa es el hermano pequeño de Nasca, un lugar al que rara vez llegan los viajeros, aunque es de esos sitios que cobija tesoros por todas sus esquinas y para todos los gustos. A 10 kilómetros de la carretera principal se encuentran varias montañas repletas de petroglifos, los de Chichictara, las líneas y geoglifos que hay en las mesetas palpeñas son un buen complemento para lo que observamos en Nasca, y relativamente cerca de ese lugar, en el valle de Ingenio, dos iglesias jesuitas, San José y San Javier, resisten, abandonadas, el paso del tiempo, reflejo de la época de esplendor de las haciendas.
De Palpa también se llega a Puerto Caballa, un buen viaje en el que algunos toman la tangente para recorrer, con areneros o camionetas 4×4, las dunas del desierto, llegar a la playa, hacer un campamento y, a la luz de las estrellas, comer los lenguados que horas antes han sacado del Pacífico. Y este es uno de los fuertes de Palpa: la comida. Esta ciudad siempre ha destacado por sus naranjas y sus camarones. Las primeras están siendo reemplazadas por el cultivo del mango, aunque se pueden encontrar en los puestos de fruta que hay junto a la Panamericana Sur, y en el mercado del lugar, y los camarones se pueden comer, en todas sus formas, en alguno de los restaurantes de carretera que tiene Palpa, como el Claudia.
Con ellos, con las naranjas, las toronjas y los limones, se hace unos postres que no he encontrado en otro lugar del Perú, aunque sé que también se sirven en el Club Nacional de Lima. Durante ocho días, María Paz, en una tradición culinaria heredada de la abuela y la bisabuela, cocina esas frutas de las que obtiene las cáscaras perfectas y dulces que rellena con manjar blanco, también preparado por ella. Además, elabora machacado de mango y frijol colado que hacen las delicias de mi desayuno.

Cerca de María Paz se encuentra la panadería El Triunfo. En una de sus repisas hay decenas, cientos de bolsas plásticas en cuyo interior se aprecian galletitas redondas de agua. Nunca he sido muy aficionado a este tipo de galleta de soda, que las encuentro insípidas, hasta encontrar las de El Triunfo, una mezcla de sabores que incluyen ahumados, anís y harinas. Un complemento ideal para seguir recorriendo las carreteras del Sur.
Recetas, como tantas otras que se encuentran en los caminos del Perú, que por el esfuerzo que lleva su preparación y el poco mercado que existe, quizá desaparezcan con el tiempo. Pero, como los petroglifos incrustados en las rocas, seguirán en mi recuerdo por los ricos sabores que acompañan a mi viaje.
Información
Dulces de cítricos: María Paz (familia Gonzáles Herrera. Calle Lima 161, a dos cuadras de la Plaza de Armas). T. 956215166
Panadería El Triunfo: Calle Trujillo 202

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