Las chicharras cantan antes de morir
Algunos físicos teóricos dicen que más que un solo universo, el nuestro, pueden existir muchos en el espacio infinito. Es lo que llaman el multiverso, y dentro de él hay la probabilidad que uno sea idéntico al nuestro. La ciencia nos muestra que la naturaleza posee una hermosa simetría que se repite siempre, y que para entender lo más grande, el universo, es necesario comprender las leyes que rigen lo más pequeño, lo más indivisible de la materia.
Estos días pensaba en esos universos paralelos, en esa simetría y en que puede haber un lejano planeta que sea idéntico al nuestro. Parece que todo se repite, que la vida de uno es como una especie de larga espiral.
Hace cuatro años, después de una suerte de cataclismo, me fui con dos amigos a Máncora a tomar aire, mar y distancia, y, después, con mi hija, mi perro y la camioneta a recorrer la selva central: La Merced, San Ramón, Oxapampa y Villarrica. Hoy, cuatro años después, también tras una especie de sismo y de manera coincidente, acabo de volver de Máncora, esta vez con mi hija, y de un viaje a la Selva Central unos días antes, por Satipo y Pangoa. De manera simétrica, como el universo, estos dos viajes a Máncora son las dos únicas veces que he podido ver ballenas saltando y jugando en el mar.
Café a las rocas
Me fui a Satipo invitado a participar en un congreso de turismo. Cuando tenía oportunidad me iba a buscar petroglifos, ese arte rupestre en el que pueblos milenarios tallaban las rocas con símbolos, personas, frutos o estrellas, que se encuentran, en el caso de este viaje, rodeados de selva o cultivos de cacao. Satipo es la provincia que más petroglifos tiene de toda la Amazonía peruana.

Don Tito me preguntó si podía subir a la station wagon para acercarle a su casa, y me acompañó a ver los de Huanacaure, bien conservados en una enorme piedra a pesar, como me contaría Don Tito, que un grupo de paisanos puso dinamita en su base convencidos de que encontrarían tesoros en oro y plata. Me extrañó, más que eso, la costumbre absolutamente extendida por estos lugares de pintar con tiza blanca estos dibujos líticos de unos 3,500 años de antigüedad. ‘Para que la foto salga bonita’. Así estaban muchos de los que visité.
Don Tito era alto, fibroso, medio arrugado y canoso, y caminaba veloz con machete en mano. Le pregunté qué hacía, y después de invitarme a tomar café, me contó que había estudiado Termodinámica en Italia, y que había vivido en España, Egipto y Somalia, antes de venir a levantar su chacra en Coviriali para criar vacas y cultivar.
A Don Ramón Estabridis también me lo encontré en el camino, junto a la pista, con las manos en la cintura, imponente y enorme, mirando fulminante lo que pasaba a su lado, o sea yo. Me retó a entrar en su chacra, el antiguo fundo Nepeña que levantó su bisabuelo Apostólico Estabridis, el primer griego en llegar a esta parte de la selva. Al toque conectamos y me hizo sentir que si quería, tendría un cuarto en su casa.
Don Ramón me enseñó otra roca, Paratushiali, con dibujos muy difuminados y rodeada de cedros asiáticos de los que salía un canto ensordecedor. Todo era canto y gritos que te envolvían. Don Ramón me explicó que son las chicharras, que entre agosto y octubre cantan desquiciadas antes de reproducirse y morir. Me decía que lo que escuchábamos, ese pitido que llenaba todos los huecos del espacio, no era nada comparado con los coros interminables que le impiden a uno estar en paz.

Las parejas de chicharras amantes se posaban en mis brazos y, como cumpliendo ese calendario anual de amor y muerte, los perros que me rodeaban aprovechaban a devorarlas mientras yo estaba de pie en la punta del petroglifo. Don Ramón me presentó después a su madre, guapa, con todos los años del mundo y toda la vida en sus ojos, no dejó de sonreír y, como un ritual en esta Selva Central, me invitó a tomar café.
En otra de mis salidas del congreso turístico me fui a recorrer los petroglifos de Pangoa. En esta desordenada y caótica localidad me sentía en el Lejano Oeste. Sin luz, por un apagón, terminé con un grupo de descendientes de huancaínos en una noche interminable de cajas de cervezas y conversaciones sobre la época en que los franciscanos llegaron a la Selva Central. Uno era Lucho, de Huancavelica, traductor de quechua en la zona, que me prometió darme un hacha de piedra que encontró en su chacra y llevarme a una laguna inmensa y desconocida que está en la profundidad de la selva. Cuando alguien hablaba en esa velada, todos le interrumpían, cuando hablaba Lucho, que también prometió llevarme a ver momias en su tierra, todos escuchábamos.

Insistí en salir rápido de Pangoa, y al día siguiente, temprano, con resaca y en moto, nos fuimos a los cerros que rodean al pueblo a seguir buscando piedras. Algunas grandes, otras pequeñas, unas junto a los caminos y las casas de la gente, otras escondidas. Es el Valle de los Petroglifos. La mayor concentración de este arte milenario, hermano de los geoglifos y las pinturas rupestres de los que el Perú es uno de los países más ricos en el mundo.
Sal y misioneros
Una mujer nomatsiguenga me decía que había que tener cuidado con esas piedras tatuadas. ‘Son muy fuertes, y los niños y los viejitos pueden tener susto, y si no se cuidan, morir’. Otra mujer nomatsiguenga, esta vez en la comunidad de Sonomoro, me dio un pesado molde hecho de sal que obtenía, después de un día y una noche cocinando el agua que sale de un pequeño puquio. Creo que es el agua más salada que he probado nunca.
Esa fuente de agua es un antiquísimo punto comercial. Durante siglos, movilizó a mucha gente a través de rutas de trueque y negocio que llegaban a la sierra y a otras partes de la selva. Es la llamada ruta de la sal de la Selva Central, junto a un lugar similar de Chanchamayo que es manejado por los asháninkas.
El control de ese puquio salado provocó, por ejemplo, guerras y expulsiones con esos franciscanos que llegaron hace siglos, y algunos grupos de colonos que vinieron con ellos. Los misioneros viajaban por río o por caminos que abrían desde Huancayo y Andamarca, descendiendo bosques de petroglifos, orquídeas, mariposas y aves de todos los colores que recuerdan a la caminata del Salkantay en el Cusco. Estas son conocidas como las rutas misioneras.
Mi conclusión de ese congreso de turismo es que esos antiguos caminos, las historias de su gente y las piedras tatuadas que llenan la selva de Satipo, son la personalidad que posee esta provincia, pudiendo hacer de ella un buen destino de viaje. Como la personalidad que tienen las chicharras, en este y en todos los universos posibles, cuando cantan y se reproducen poco antes de morir.
Datos útiles
Buses Turismo Central
Hoteles
• Hostal Majestic. Esquina Plaza de Armas. T. 06445762.
• H&E Bungalows
• El Zarpazo de la Cabana. Carretera Marginal. Portillo Bajo. Río Negro. T. 963535751 / 948811277.
• Hostal Pirámide. Av. Marginal Jardines del Edén, lote 10, mz B. T. 964661443.
Restaurantes
• Café Satipo. Jr. Augusto B. Leguía 156.
• Pizza Express. Francisco Irazola 514.
• Recreo Ven y Volverás. A 500 metros del Puente Coviriali.
• Laguna Blanca. Carretera Marginal km 111.
Operadores
• Tsiroti. T. 064546731 / 964673929
• Rupícola Expeditions
• Adventure Satipoki. T. 982988376

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