Hansi Flick está demostrando que, si el barco se hunde, puede ser muy saludable sustituir al timonel. (Foto: AFP)
Hansi Flick está demostrando que, si el barco se hunde, puede ser muy saludable sustituir al timonel. (Foto: AFP)
/ FEDERICO GAMBARINI
Jorge Barraza

La Bundesliga no lo hubiera imaginado nunca. Ser el único plato del menú. Incluso con tribunas vacías logró atraer la atención del mundo futbolero, ávido de un trozo de este pan. Y quedó postre para la noche… Bastante. Podemos resumirlo en cinco puntos:

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  1. Luego de disputarse cuatro jornadas, demostró que, aún con la pandemia asolando, se puede jugar tranquilamente. De momento, sin público, cumpliendo los protocolos, pero sí es factible. Y todos los demás ahora apuran para volver.
  2. Es un fútbol televisivo y sin el fervor del hincha, el factor que lo hace distintivo y único. Pero si se quiere evitar la quiebra de las instituciones, es una salida. Al menos cobran los derechos de TV.
  3. La impresionante cantidad de victorias visitantes -16-, contra 7 locales y 10 empates. Esto demuestra la importancia fundamental del aliento de la gente para el local; sin ello, decrece.
  4. El unicato del Bayern Munich es altamente contraproducente para el fútbol alemán, que desea convertirse en una la liga global. El espectador rehúye de un torneo en el que siempre gana el mismo. No hay un segundo grande-grande que le haga sombra de verdad.
  5. El fenomenal revulsivo que resultó Hans-Dieter Flick como DT en el Bayern Munich, cuando suplantó a Niko Kovac seis meses atrás.

El Bayern venía dando bandazos. Hasta que el 2 de noviembre se estrelló: fue goleado 5 a 1 por el Eintracht Frankfurt y quedó cuarto en la liga, que había ganado en las últimas siete temporadas consecutivas. El domingo 3, el club dirigido por Uli Hoeness y Karl-Heinz Rummnigge anunció la destitución del técnico Niko Kovac. Asumió interinamente Hans-Dieter Flick, conocido como “el eterno asistente”, dado que ha pasado la mayor parte de su carrera como entrenador en el cargo de alterno, doce de ellos en calidad de adjunto de Joachim Löw en la Selección de Alemania, siendo campeones mundiales en 2014. Y allí surgió uno de los debates habituales en el fútbol: ¿está bien reemplazar al conductor en medio del torneo…?

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Niko Kovac llegó al Bayern Munich el 13 de abril de 2018. No duró ni un año en el cargo. (Foto: AFP)
Niko Kovac llegó al Bayern Munich el 13 de abril de 2018. No duró ni un año en el cargo. (Foto: AFP)

Desde que éramos chicos venimos escuchando los mismos lugares comunes: “No es bueno cambiar de caballo en mitad de río”; “Si para los dirigentes servía en agosto, ¿es malo en noviembre…?”; “Es poco serio”; “No hay coherencia”; “No es positivo cortar abruptamente un proceso”.

Nunca estuvimos de acuerdo con esas afirmaciones. No tiene en absoluto que ver con la seriedad. Cuando un técnico ha tenido el tiempo suficiente y el equipo no muestra juego ni resultados, lo más sano es intentar un cambio antes que todo se derrumbe. No se trata de exitismo, aunque se compite para ganar. Es un tema de ganar, de funcionamiento y de armonía. Si no se ve la punta de algo, mejor intentar otra cosa. Con Kovac, el Bayern dio doblete la temporada anterior -liga y copa- pero fue más por decantación, por peso específico, que por excelencia deportiva. Hay un abismo de presupuesto, de plantel y, sobre todo, de mentalidad entre el club bávaro y sus rivales locales. Nadie se atreve a discutirle el liderazgo. Mirando al futuro, el equipo no iba a ningún lado. Y no olvidemos: quienes lo desplazaron fueron Hoeness y Rummenigge, que algo entienden de fútbol y de dirigir con extraordinario suceso un club.

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Hansi Flick está demostrando que, si el barco se hunde, puede ser muy saludable sustituir al timonel. Desde que él asumió, el equipo rojo disputó la abultada cantidad de 24 partidos en poco más de tres meses y medio. Y aún más impactante: ganó 21, empató 1 y perdió sólo 2. Marcó 75 goles y recibió 16. Derrotó en los dos clásicos al Borussia Dortmund, le devolvió los cinco goles al Frankfurt, ganó 13 de los últimos 14 juegos de liga (el otro lo empató). El Bayern tiene su octava corona de Bundesliga en el bolsillo, está en semifinales de Copa Alemana y con un pie en cuartos de la Liga de Campeones, en la que ya venció de visita al Chelsea 3-0. Podría conquistar un triplete histórico.

Hansi Flick fue parte del comando técnico de Alemania en el título mundial del 2014. (Foto: EFE)
Hansi Flick fue parte del comando técnico de Alemania en el título mundial del 2014. (Foto: EFE)
/ LUKAS BARTH-TUTTAS

No obstante, lo más convincente es el andar del equipo, su confiabilidad, la contundencia ofensiva, que no depende sólo de los goles de Lewandowski. Conste que Flick no ha podido contar con el zaguero más importante del club, Niklas Süle, quien sufrió una grave lesión de ligamentos el 19 de octubre. Süle es considerado por Löw un jugador fundamental en la Selección Alemana. También ha debido lamentar la baja prolongada de Tolisso, volante habitualmente titular. A quien fue sacando por decisión técnica es a Coutinho, de pobre rendimiento. El ideario del Bayern no se permite jugadores lánguidos.

Los entrenadores, gente avispada, lograron imponer durante décadas el latiguillo de que hay que respetar los proyectos a como dé lugar (así cobran todo el contrato). Pero si a ellos les sale una oferta superior sí pueden irse. En el fútbol argentino (la más negra de las ovejas negras) es habitual: para echarlos hay que pagarles, pero si tienen algo mejor, se van. “Boca es un tren que pasa una vez en la vida”, es un eslogan de esos que les preparan los representantes. Sin embargo, está sembrado el fútbol de ejemplos de que una variante de conducción puede ser muy conveniente, aún en mitad de un campeonato.

Este de Flick puede ser un caso paradigmático. Otro es el de Diego Simeone, quien asumió en diciembre de 2011 en Atlético de Madrid en lugar de Gregorio Manzano. El Atleti se hundía hacia el fondo de la tabla, el club y los hinchas estaban sumidos en un desánimo general. Simeone revolucionó la vida del club. Alejandro Sabella logró una verdadera hazaña en la Libertadores 2009: Estudiantes había perdido dos de los primeros tres partidos en la fase de grupos, veía cerca la eliminación, asumió Sabella por Leonardo Astrada y el cuadro albirrojo salió campeón invicto con el nuevo guía, sumando 8 triunfos y 3 empates, 18 goles a favor y 2 en contra. Y venciendo en la final a Cruzeiro en el Mineirão. Otro ejemplo notable es el del Chelsea en la 2011-2012. Perdió 3-1 ante el Napoli en octavos de final de Champions y sustituyó al portugués André Villas-Boas por el ítalo-suizo Roberto Di Matteo. Revirtió con un 4-1 ante los napolitanos y luego hilvanó tres victorias y dos tablas. Y tuvo que bajar al Benfica, al Barcelona y al Bayern, jugando la final mismo en Munich. Pagaba mil contra uno. Y se dio.

Hay muchos antecedentes de que corrigiendo sobre la marcha se puede mejorar: el Inter de Porto Alegre en la Libertadores 2010 sacó a Fossati antes de disputar las semifinales, puso a Celso Roth y dio la vuelta olímpica. De no haber dado un volantazo a tiempo, Argentina podría haber quedado fuera del Mundial. Sampaoli (en lugar de Bauza), tenía cuatro partidos, cuatro finales, no perdió ninguno y logró el boleto a Rusia. Pekerman también corrigió el rumbo de Colombia en 2012 dando un vuelco total en éxitos y en estilo. El portugués Jorge Jesús en la última Libertadores, reemplazó a Abel Braga tras la fase de grupos y conquistó el título.

Cuando un equipo no juega a nada, no hay que tener miedo de cambiar. Es completamente serio.

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