Al fondo celebra Cubillas, mientras el escocés lamenta el tanto. (Foto: Andina)
Al fondo celebra Cubillas, mientras el escocés lamenta el tanto. (Foto: Andina)
Jorge Barraza

Periodista

“Perdimos por un gol de pelota parada”, es la excusa que utilizan los técnicos para dar a entender que en realidad no fueron superados por el rival. Como si la pelota parada fuese un tema menor. Y como si no formara parte del juego. Incluso un saque lateral bien hecho, rápido, con sentido, puede dar la victoria a un equipo. Hasta el mínimo detalle importa. El FC Barcelona es el club que ha jugado el mejor fútbol de la historia a través del ballet de Pep Guardiola, sin embargo, una pelota parada está estampada en su historia con un balancín de 200 toneladas. Es el gol de Ronald Koeman en la final de la Copa de Europa de 1992. Con él se abrazó de verdad a la gloria, con él perdió el club catalán su virginidad europea. Ya estaban en tiempo suplementario y esa bola quieta le dio la maza para romper el partido contra la Sampdoria.

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Cada 3 de junio se recuerdan dos goles de tiro libre: el de Teófilo Cubillas a Escocia en el Mundial ’78, y el de Roberto Carlos a Francia en un amistoso de 1997. No definieron un título, como el de Koeman, pero son el monumento al tiro libre. El de Teófilo, una exquisitez, nunca los tres dedos fueron tan tres dedos como esa vez. La mandó al ángulo por el sitio menos indicado y sin tomar perfil. Es uno de los goles icónicos de los Mundiales. El de Roberto Carlos fue casi un despropósito de gol, un desafío a la lógica y a la física. Desde 40 metros sacó un misil tierra-aire con cara externa que pasó por fuera de la barrera, parecía irse desviado a seis o siete metros del palo derecho de Barthez, pero imprevistamente tomó un notable efecto, dobló y se metió. La bola iba a 100 km por hora. Por distancia, potencia y grado de dificultad, es una joya, un remate jamás visto, ni antes ni después. Fue estudiado por científicos.

En la memoria del hincha peruano sigue presente el tanto que hizo Teófilo Cubillas a Escocia en 1978. (Video - Fotos: YouTube).

Recordamos siempre el sensacional gol de tiro libre de Arnulfo Valentierra al Santos por la Libertadores 2004 que le dio al Once Caldas el pase a semifinales. Una bomba letal al vértice superior, imposible para un arquero, porque cuando el balón pasa la barrera ya no tiene tiempo de reacción.

Teófilo no era un habitual ejecutor de faltas, sí un maravilloso volante-delantero que es más recordado por ese gol que por otras jugadas más elaboradas. De modo que el tiro libre no debe ser demeritado. Todos los equipos debieran tener un gran especialista en la materia. Se ganan partidos y campeonatos gracias a un remate directo. Y es un tópico que se puede mejorar. “¡Si hubiera pateado como jugador lo que pateo ahora…!”, se lamentaba el Indio Solari a los cincuenta años, siendo ya entrenador. Y lo explicaba: “Yo aprendí a pegarle bien después que me retiré, cuando me hice técnico. Y fue por tanto entrenar a los arqueros, pateándoles cien o doscientas veces por día. El remate es una de las pocas facetas que se puede aprender o mejorar en el fútbol.”

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Coincidimos, el tiro libre es aptitud más ensayo. Lo certifica un eximio especialista, el mexicano Benjamín Galindo, autor de 33 goles por esa vía en su carrera: “Cuando naces con el don de rematar bien tienes una gran ventaja sobre otros jugadores, pero es fundamental practicar la ejecución de tiros libres, ya que es ahí donde se pulen las cualidades y se corrigen los defectos”.

Rogerio Ceni, el famoso arquero del Sao Paulo FC, plusmarquista en su puesto con 129 goles, anotó 59 de tiro directo de falta. En una magnífica entrevista de Globoesporte.com hizo una confesión notable: “Ensayé 15.000 veces antes de arriesgarme a patear un tiro libre en un partido. Llegaba mucho antes que los demás a los entrenamientos y me iba después. Entrenaba entre 2.500 y 3.000 tiros libres por mes”. El mismo Messi no se encargaba de las faltas hasta que metió una en 2008, empezó a centrarse en el remate libre y ya lleva 52 goles así. Le agregó a su tremendo repertorio una arista más. Ha hecho varios extraordinarios, al Liverpool, a Estados Unidos en la Copa América, al Atlético de Madrid, a Colombia en la Eliminatoria… No hay debate en esto: es una carta magnífica para abrir partidos cerrados y ganarlos. El tiro libre, además de hermoso, es subvalorado. ¿Los técnicos ordenan a sus mejores rematadores ensayar todos los días…?

Los arqueros progresaron extraordinariamente; son superatletas y estudian todo, ya no es tan fácil doblegarlos. Por esto también se tapan muchos más penales que antes. Las barreras se colocan mejor, a Messi le ponen hasta un defensa acostado detrás de los compañeros que van al muro. Pero sigue siendo un arma excelente. La pelota actual ayuda más, es sintética y no absorbe el agua, por lo que mantiene su peso bajo lluvia. Antes era de cuero, el agua se metía por las costuras y podía pesar un kilo, más del doble reglamentario (410 / 450 gramos). La mayor diferencia entre el ayer y el hoy es que antiguamente tiraban a fusilar, al palo del arquero, hoy a colocar, por arriba de la barrera. Zico era sensacional por precisión, pero su paisano Juninho Pernambucano (75 goles de tiro libre) quizás superó a todos: desde cualquier posición era letal. Reunía puntería y potencia.

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Entre aquellos “patada de burro” rescatamos a Eder, aquel punta izquierda de Gremio y Atlético Mineiro que tenía un disparo atómico. Le llegaron a medir un tiro a 174,5 kilómetros por hora. Y de los colocadores, imposible soslayar a Maradona, cuyo gol a la Juventus en Nápoles en 1985 está en la historia del fútbol. En un cobro indirecto dentro del área, bastante adentro, con barrera numerosa, se la tocaron y, con una rosca sublime, la envió (no la clavó, la envió) al rincón alto. No daban las posibilidades físicas y geométricas para hacerlo, por eso la discusión previa con su compañero Eraldo Pecci:

  • Pasámela a mí-, le ordenó Diego.
  • Ma... come vai fare?- preguntó el volante, oponiéndose.
  • Dámela.
  • ¡Pero no se puede patear desde acá!
  • ¡Dámela!-, le gritó. Pecci tocó cortito y Diego la metió. Fue insólito que entrara.

El gol de Cubillas fue el tercero de un 3 a 1, no decisivo, ya ganaba Perú. Y el de Roberto Carlos, en un empate amistoso sin trascendencia. ¿Por qué los recordamos tanto entonces…? Nos hizo pensar una reflexión de Rodrigo Calvo, amigo y colega costarricense: “Los goles de tiro libre son muy apreciados en el fútbol. Muchos son cobros artísticos que engalanan los campeonatos del mundo y despiertan los aplausos del aficionado”. ¡Completamente cierto! Nos resultan inolvidables los goles de este tipo. Pero, ¿será una sensación personal o se marcan pocos goles de esa factura...? Podría y debería haber más.

En cobros de falta, Juninho Pernambucano fue el mejor de la historia para este cronista. Pero hubo tantos… Zico, genial; Maradona, Beckham, Jorge Aravena, Nelinho, Chilavert, Siniša Mihajlović, Cristiano Ronaldo, Passarella, Pablo Bengoechea… Siempre les agradeceremos haberse quedado un rato más practicando.

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