La pandemia nos reconectó con nuestra humanidad. El dolor y la muerte se convirtieron en compañeros frecuentes frente al enemigo común que no lográbamos entender. Casi de la noche a la mañana aprendimos a vivir con el miedo, el aislamiento, la incertidumbre, las nuevas ausencias, para pasar a trabajar, interactuar y conectarnos de maneras diferentes. Pese a lo terrible de la pandemia, nos adaptamos, fuimos solidarios, flexibles, resilientes y muy humanos.

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