"Si tiene algún tipo de poder o si es responsable de decidir en el nivel que sea, esté siempre atento a sus actitudes hacia los demás".
"Si tiene algún tipo de poder o si es responsable de decidir en el nivel que sea, esté siempre atento a sus actitudes hacia los demás".
Inés Temple

En el mundo del muchos tienden a olvidar que el poder que ostentan no es inherente a ellos mismos. Y ese “olvido” o error de perspectiva tiende luego a pagarse caro. Comparto once ideas al respecto.

1. El poder es rara vez inherente a una persona, generalmente viene adherido al cargo que se ocupa o a la función que se cumple. Como tal, el poder es siempre pasajero: toda posición o cargo tienen un comienzo y un final.

2. A muchos, las manifestaciones externas del poder se les “suben a la cabeza” al punto de hacerles olvidar que no son propias ni “merecidas”. Son solo prestadas para su uso temporal.

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3. El poder bien entendido es un medio para cumplir una misión, servir un propósito o fin mayor en bien de muchos. El poder no está para ser usado en beneficio propio ni de un entorno o idea particular.

4. Olvidar a quienes nos otorgaron el poder o a quienes nos ayudaron a alcanzarlo tiene tarde o temprano consecuencias muy negativas. La deslealtad no se perdona, como tampoco se perdona la equívoca arrogancia que suele acompañar al poder.

5. No todos los arrogantes tienen poder, pero sí todos los arrogantes pagan caro el profundo malestar que su falta de aprecio, atención, respeto o reconocimiento causa en los demás.

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6. El poder tiende a arruinar a quienes no son capaces de manejarlo con madurez, lucidez y sencillez. Esa falsa sensación de superioridad que genera arrogancia en muchos resta liderazgo y efectividad al poder, lo que acelera su final.

7. Muchas cosas podemos perdonar, pero el desprecio rara vez se perdona o se olvida en las relaciones de todo tipo. Mirar al otro “hacia abajo” desde la arrogancia del poder genera irreparables daños a las relaciones interpersonales. Nadie quiere, aprecia ni defiende a quien lo desprecia.

8. Si tiene algún tipo de poder o si es responsable de otorgar, conducir, negociar, asignar, controlar, decidir, supervisar y elegir en el nivel que sea, esté siempre atento a sus actitudes hacia los demás. Cada ofensa real o percibida le será luego cobrada con intereses.

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9. Quienes ostentan poder muchas veces creen erradamente que son invulnerables al fracaso o al error. Así, no siguen aprendiendo o preparándose para cuando su poder acabe. Olvidan también que cuando eso sucede ya es tarde para reconstruir los vínculos o las relaciones que su arrogancia dañó.

10. El poder y la arrogancia pueden aislar, incomunicar o insensibilizar hacia el dolor ajeno dañando a personas y relaciones de todo tipo. El equilibrio interior, una ética férrea, un buen ‘coach’ o un amigo leal y desinteresado son los mejores antídotos a la vanidad o la arrogancia que el poder puede traer.

11. Mantener una actitud de aprendiz permanente, recordando cada día que el poder nos es dado solo para servir y hacernos cargo con coherencia, valores y un profundo respeto por los demás, es la mejor manera de protegernos del riesgo de la arrogancia del poder. Solo así lograremos ejercerlo con fines memorables y resultados beneficiosos para muchos este 2022 y en adelante.

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