Lecciones diurnas, por Alonso Cueto

“La violencia de la ciudad siempre aparece en la cara de temor de algunos caminantes, en las bocinas y gritos de algunos choferes”, escribe Alonso Cueto en su columna dominical.
Un parque limeño a fines de los años ochenta. Desde la banca, podemos ver la galería del mundo.

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Uno sale por el barrio pensando que hay una sabiduría en las calles, que lo han visto todo o casi todo. Caminar siempre es una lección de alguna forma de la vida. Nos cruzamos con gente tan distinta. Cada persona es un paquete de secretos que apenas se muestra, al paso. Uno puede adivinar quiénes son por la ropa que llevan, por el gesto que traen o por el modo de caminar. A veces hay pequeñas historias familiares disimuladas.

Me encuentro con una señora que vende periódicos en una esquina. Debe tener 80 años o más y no debería estar en una calle vendiendo nada un domingo. Pero tiene que hacerlo. Sus movimientos son lentos y temerosos. Felizmente hay una niña a su lado que la ayuda a buscar los periódicos que le pido. Le pregunto si es su nieta. Me dice que sí. Se llama Isabel. Entre ellas salen adelante, con un esfuerzo mancomunado, en el noble oficio de vender algo para leer.

Más allá, una pareja de muchachos camina con otra niña en un carrito. Ellos andan comiendo helados, bastante despreocupados de lo que ocurre alrededor. Desaparecen por la esquina, en la indiferencia de su felicidad. De pronto viene hacia mí un hombre bajo, compacto, obeso, considerable. Tiene una calva que parece la corona de una vida destinada tenazmente al sufrimiento. Hay algo de feroz en sus ojos y en la boca entreabierta que deja ver sus dientes. No es casualidad que el perro pitbull que lleva en una correa se le parezca. Escogemos las mascotas que habrían podido ser nuestros hijos.

Uno puede sentarse en una banca y ver pasar a la gente que en una ciudad como Lima nos muestra una galería del mundo. Un joven que espera un ómnibus junto a mí me dice que tiene que volver a su casa en Villa María del Triunfo. Le pregunto si en su zona hay seguridad y me contesta que cuando lo han asaltado, ha sido en Miraflores. Pues muy bien. Un poco más allá una pareja de ancianos avanza con el gesto tranquilo, ambos con bastón, a veces sosteniéndose. Creo que hacen lo mismo que yo, que es pasear por las puras y andar mirando lo que uno encuentre. De todas las personas con las que me cruzo, me identifico mejor con los solitarios de cierta edad. Los que tienen ropa raída, arrugas marcadas por alguna queja suprimida, un peinado de derrota y descuido. Me parece que esos hombres y mujeres son hermanos del alma. Los quedo mirando.

La violencia de la ciudad siempre aparece en la cara de temor de algunos caminantes, en las bocinas y gritos de algunos choferes. De pronto, encuentro un parque donde hay una vitrina de barrotes blancos con Virgen al medio. Es una figura alta, estilizada, con una túnica azul (el color azul, según la tradición, expresa la tranquilidad del crepúsculo). El azul tiene un prestigio en la tradición porque era el pigmento más difícil de conseguir y estaba vinculado a la piedra del lapislázuli. Es el color del cielo.

Algunas personas están sentadas en la banca frente a la imagen. Estarán rezando por algún ser querido o pidiendo alguna gracia. Siempre hay algún motivo por el cual rezar, es obvio. Me siento con ellos no sé si a rezar o a descansar mirando un rostro inmaculado. Se ha formado una asamblea en el parque. La gente murmura. Aquí me quedo.

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