PolíticaEste resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Le digo a Giovanna Pollarolo que siempre la he sentido una poeta de largos silencios, de pocos libros repartidos a lo largo de cuatro décadas. Una autora que sabe esperar. Ella coincide con esta impresión: “La poesía llega en ciertas etapas, es más esporádica. Este último libro mío, “Casas”, me demoró cerca de 10 años de proceso. La poesía me cuesta mucho más que la narrativa”.
Le digo a Giovanna Pollarolo que siempre la he sentido una poeta de largos silencios, de pocos libros repartidos a lo largo de cuatro décadas. Una autora que sabe esperar. Ella coincide con esta impresión: “La poesía llega en ciertas etapas, es más esporádica. Este último libro mío, “Casas”, me demoró cerca de 10 años de proceso. La poesía me cuesta mucho más que la narrativa”.
MIRA: El manuscrito de una amistad
—¿Por qué la poesía te resulta más difícil que escribir novelas o cuentos?
Porque no tienes tanto control. En la narrativa hay un momento en el que dices: “Ya, esto va así, voy a investigar tal cosa, lo voy a revisar en periódicos, en revistas”, y entonces planeas y te ajustas al plan. Con la poesía no pasa eso. Es más complicada, doy vueltas a los mismos temas y lo que hago es buscar otras maneras de decirlos, y eso demora su tiempo.
—Pero yo siento que todos tus poemarios responden a un plan predeterminado, a un concepto. No son poemas sueltos, de ocasión, son proyectos coherentes...
Sí, es verdad. Tal vez por eso me demoro. Porque escribir con un proyecto te puede quitar esa verdad que tú sabes que tiene el poema, y cuando no la tiene se vuelve falso. El peligro de caer en la retórica es muy grande. Me digo entonces: “No, esto no es, no lo siento, no lo sufro como debiera”. Es algo muy intuitivo: sé muy bien cuando estoy forzando algo, cuando estoy cumpliendo solo con el plan, y no con el poema en sí.
—¿Cómo nace “Casas”, el nuevo poemario que contiene esta compilación?
Fue exactamente cuando mi hija se fue de la casa. Esas epifanías que de pronto ocurren: sentí mi casa sola y que con esa soledad algo estaba empezando. Pero también trata sobre lo que acaba, sobre el último día, donde te mueres. Por eso hablo de mi padre, de la finitud de mi madre, así como de la casa donde todo comienza.

—El tema de la maternidad está más pronunciado en “Casas” que en cualquier otro de tus libros. ¿Por qué escribes sobre eso tantos años después, cuando tus hijos ya son adultos?
En este libro, que es de alguna manera autobiográfico, esa mujer, ese ‘yo’ nunca tiene hijos. Nunca aparecen. Solo hay referencias. Me haces pensar ahora por qué es así. Quizá porque quiero ofrecer una manera distinta de vivir la maternidad, más lejana, incluso menos pretendidamente poética. Pero es verdad que es un tema que no había trabajado antes.
—Releyendo tus poemarios anteriores, el primero, “Huerto de los olivos”, exhibe una simbolización religiosa muy marcada para hablar de temas personales, especialmente en cuanto a la perspectiva de ser mujer en una época compleja...
Siempre me ha encantado el lenguaje de muchos libros de la Biblia. El tono ese de “en aquel tiempo”. Desde chica esas lecturas me trasladaban fácilmente a un mundo de ficción, mezclado con la percepción de sentir que a las mujeres nos mandaban a la cocina, nos relegaban. Recuerdo que preguntaba: ¿por qué Jesús le contestó tan feo a Marta?
—Ese tropo de la mujer relegada es fundamental para tu libro más representativo, “Entre mujeres solas”, donde esa visión apesadumbrada y algo amarga, irónica, domina el discurso. ¿Cómo crees que las mujeres jóvenes de hoy, que tienen una idiosincrasia bastante distinta, pueden leer esos poemas?
Cuando salió “Entre mujeres solas” en 1991, una crítica literaria escribió: “Giovanna, ya las mujeres no son así”. Desde esa época molestaba ese tipo de poesía que mostraba el decir de una mujer relegada. Pero varias generaciones después, muchas chicas se acercan y me dicen: “¿Le puede dedicar ese libro a mi mamá?”. Yo sí creo que algo dice el libro todavía de una situación que en el fondo no ha cambiado. Ciertos modelos de comportamientos de género, quieras o no, se siguen repitiendo, aunque sean más velados y de otras maneras.

—Muchas veces se ha dicho que uno de los temas recurrentes en tu poesía es el del paraíso perdido. ¿Cómo lo asumes? ¿Como el de la vida arcádica en la provincia, de la juventud que ya no regresa más?
No creo que sea algo tan concreto como eso, sino más bien un continuo sentimiento de pérdida. Por eso me costó tanto ese primer poema de “Casas”, que es quizá el más ambicioso que he escrito. Parte de ese verso de Blanca Varela: “A donde no has de volver”. Está motivado por la sensación de que nunca más vas a volver a ese lugar donde fuiste feliz. Como dice Octavio Paz en “La llama doble”: eso inaprehensible que nos ocurre, pero nunca más se repite.
—En cuanto a lo perdido, a lo que se deteriora y se acaba, “Matusalén” tiene una mirada agridulce, pero en “Casas” parece incluso hasta pesimista.
En “Matusalén” hay una mirada irónica sobre los que piensan que hay que luchar hasta el final y sobre los que dicen “¿para qué hacerlo?”. Se relativiza todo ante el paso del tiempo. Pero es verdad que en “Casas” no hay humor, no hay ironía sobre ese asunto, que era justamente lo que marcaba mi poesía anterior.
—Te caracteriza una apuesta por un discurso lírico sencillo y claro, pero en “Casas” hay una apuesta formal mucho más compleja y hasta hermética, especialmente en el largo poema inicial.
En el primer poema quizá he tomado un lenguaje que no es tan propio de lo que he hecho. En “Casa de fuego”, por ejemplo, no hago narración, y siempre mis poemas son pequeñas historias, pero acá son frases casi inconexas: el olor de la rama, el pan recién salido del horno. Eso es nuevo. No había escrito así antes.
—Tú en los ochenta fuiste englobada en una generación de mujeres: Carmen Ollé, Rossella di Paolo, Rocío Silva Santisteban, Mariela Dreyfus. En su momento, les colgaron etiquetas que hoy parecen prejuiciosas, como el de “poesía femenina” o “poesía del cuerpo”. ¿Cómo ves a esa generación tuya cuatro décadas más tarde?
La verdad, a veces no sabía si quería pertenecer a esa generación, pero luego sin duda sentí cierta pertenencia. De muchas antologías me sacaron. Una de las más dolorosas fue de la que sacó Carlos Garayar en Peisa: yo no estoy ahí y eso me dolió profundamente. Rossella decía: “Somos como la generación de vóley, nos ponen para la foto en el salón aparte”. Pero creo que lo bonito es que todas siguen publicando, todas activas y con cierto reconocimiento. Hay una tradición legada para las nuevas generaciones, como nos ocurrió a nosotras con Blanca Varela.

“Entre mujeres solas & casas”
Autora: Giovanna Pollarolo
Editorial: FCE
Año: 2026
Páginas: 300
La obra reunida publicada por el FCE recorre el itinerario de Pollarolo a través de sus tres poemarios: “Huerto de los olivos” ( 1987 ), “Entre mujeres solas” ( 1991 ) y “La ceremonia del adiós” ( 1997 ).













