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Desde las cavernas de Lauricocha y Toquepala a las monumentalidades de Caral. De los destellos civilizadores en Sechín a la majestuosidad de Chavín y al surgimiento de Moche y Paracas. Del avance de tiahuanacos y waris por un territorio desafiante, al resurgimiento regional de Chimú, Lambayeque, Chancay y Chachapoyas. Y de la expansión inca a la consolidación del Tahuantinsuyo como la cumbre de un proceso cultural, religioso, administrativo y político autónomo.
Desde las cavernas de Lauricocha y Toquepala a las monumentalidades de Caral. De los destellos civilizadores en Sechín a la majestuosidad de Chavín y al surgimiento de Moche y Paracas. Del avance de tiahuanacos y waris por un territorio desafiante, al resurgimiento regional de Chimú, Lambayeque, Chancay y Chachapoyas. Y de la expansión inca a la consolidación del Tahuantinsuyo como la cumbre de un proceso cultural, religioso, administrativo y político autónomo.
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Este es el recorrido que emprende el arqueólogo e historiador Federico Kauffmann Doig en los tres volúmenes de Cosmos andino —editados por EY Perú—, que son también un compendio de su larga vida como investigador. De esa travesía que lo ha llevado a recorrer el Perú en un sinnúmero de ocasiones, y que lo mantiene sonriente y activo a pocas semanas de cumplir 98 años. “Acá sigo trabajando en la Universidad de Piura y estoy contento porque me dan las facilidades para seguir estudiando y publicando”, me dice a manera de saludo.
En pocos minutos, su lúcida memoria viaja a los primeros años de su vida en un alejado pueblito de Amazonas. “Yo a mis amigos les digo que soy de Chiclayo —cuenta—, pero antes de haber nacido ya estaba deambulando en el departamento de Amazonas, donde se levantó la gran cultura Chachapoyas. Mi padre alemán y mi madre peruana cultivaban café en Amazonas y mientras trabajaban ella quedó en cinta de mí. Mi madre volvió a Chiclayo para que yo naciera. Viví allí hasta los tres años con mi abuelita, la Manonguita Paredes, cuando mis padres me recogieron y volvimos a Amazonas, en un viaje de 14 días, a caballo” recuerda Kauffmann, que me muestra unas hojas impresas. “Esto le quería enseñar”, dice mostrándome una fotocopia donde se le ve, de niño, con un sombrero ancho, un poncho oscuro y unas ojotas, parado delante de un caballo.
— Una de sus contribuciones más recordadas está vinculada con Chachapoyas y Kuélap, ¿cómo surge su interés por este lugar?
De los tres hasta los diez años, viví en un pequeño pueblito de Amazonas llamado Cocochillo. Allí tuve amigos fraternos. Luego, ya en Lima en el colegio Guadalupe, no me interesaba nada, era un mal alumno. Cuando terminaron las clases, mi padre me preguntó: “Y que vas a estudiar”. “No sé, quiero trabajar en algo”, le dije. “Pero tienes que estudiar antes, piénsalo”, me dijo, muy tranquilo. Una semana después me volvió a preguntar. Yo no sabía qué decirle. Hasta que le dije: “¿recuerdas cuando vivíamos en Cocochillo, a tres días de Chachapoyas? tú me enseñabas un sitio a lo lejos, ¿cómo se llamaba?”, “Kuélap”, me respondió. “Sí, Kuélap”, quiero trabajar allí. “Eso se llama arqueología”, me dijo, “mañana mismo vamos a la universidad”.
— Desde las primeras páginas del primer volumen usted destaca la continuidad de más de 10 000 años de la cultura andina, como un proceso de evolución permanente.
Sí, pero hay dos momentos que debemos diferenciar. La etapa prehistórica y la civilización, que se remonta por lo menos a 7000 años y la vengo estudiando desde hace mucho tiempo. A me interesa saber cómo se gestó la civilización peruana. Pienso que la meta final de la arqueología no es solo describir el monumento, sino penetrar un poco más e investigar qué papel desempeñó, con qué propósito. Más que su antigüedad, me interesa saber cómo se forjó nuestra gran civilización.

— En ese aspecto destaca la constante lucha del hombre andino por dominar el territorio para vencer el hambre.
Pienso lo siguiente: que los costeños tenían nada más de cuarenta valles, mientras que los de la sierra tenían un inmenso territorio pero difícil de cultivar. Sin embargo, comenzó la agricultura, a cosechar los pallares, el camote, el maíz, y fue aumentando la población. Era un territorio árido por excelencia, con montañas escarpadas y valles estrechos. ¿Cómo hicieron? Esto llevó al desarrollo de la tecnología. Si había una lomita donde podían sembrar, pero no había agua, aprendieron a traerla de una laguna o de una cocha cercana. Esto no lo hicieron porque eran tecnólogos, sino porque tenían hambre. Todo tiene su por qué en la vida…
— Me sorprendió leer que el pallar fue uno de nuestros primeros alimentos.
Se dieron cuenta de que se podía cosechar, y en la costa hacen una serie de maromas para ampliar los valles y en la sierra inventan tierras de cultivo. Hay un trabajo enorme ahí. Para hacerlo se necesita gente que administre, apareciendo con ello las clases sociales. He estudiado esto en Choquequirao, en Machu Picchu, estudiándolos en su conjunto. Todo se trata de andenes, algunos ya están tapados, porque a la gente no le interesa. Otra cosa era tratar de que contar siempre con lluvia. Si no había, si se estaba atrasando, los cultuvos se malograrían. ¿Qué hacer? Adorar a un Dios del agua. Ese es un trabajo que estoy haciendo…

— ¿Todas nuestras culturas han adorado a un dios del agua?
Desde Chavín, los dioses están totalmente vinculados con el agua. Ese dios era bueno cuando mandaba el agua en su debida forma, pero era malvado cuando ocurrían los fenómenos climáticos o si había sequía. Por eso lo representan con alas y dientes. He visto cómo hasta ahora se adora a un cerro, al Apu, donde está refugiada el alma de esta divinidad del agua que viene de arriba: “Tinkamiento” lo llaman. Va una parte de la población y el jefe, con un vaso de chicha, salpica al cerro. Llevan cuyes y coca, brindan y entierran todo. Tinka, es dar para recibir.
— De toda una vida dedicada a la investigación, ¿qué rescata de la cultura andina?
Estudié también historia, y mi profesor fue el gran maestro Raúl Porras. Con él estudié la bibliografía de los siglos XVI y XVII. Le cito algo de Miguel Cabello de Balboa (1533-1608): “La infinita copia de gentes que, en discurso de largos años, en este nuevo mundo se propagó, era tanta que apenas quedó rincón, por oculto y remoto que estuviese, que de los naturales fuese buscado y hallado y poblado. Aunque en los principios… no hiciesen caudal de cualquier tierra para sembrar sus labranzas, sino de la muy extremada y de los templos solo el muy benigno y sano se habitase, vino tanta copia la multiplicación de las gentes… que no faltaban ya hombres para las tierras, sino tierras para los hombres”. Este hombre se adelantó a todos mis trabajos: ¡se dio cuenta de que había demasiada gente y necesitaban comer!
Kauffmann ha hecho grandes aportes al estudio de las civilizaciones del Antiguo Perú, particularmente sobre la cultura chavín y la cultura Chachapoyas. Es autor de numerosas obras de divulgación histórica, siendo su Manual de Arqueología Peruana el que ha merecido reiteradas ediciones.
En tres volúmenes publicados por EY Perú, a través de evidencia arqueológica, etnohistórica e iconográfica el autor explica el surgimiento, la evolución y la diversidad de las culturas andinas.
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