Actualmente vive en Pau, en las faldas de los Pirineos Atlánticos, una zona boscosa y una ciudad muy verde. En esos bosques habitaban, según las leyendas de antaño, duendes diminutos, Babaus de grandes dientes que asustaban a los niños desobedientes o geniecillos con patas de cabra. Pero el escritor Luis Freire Sarria extraña Lima, su ciudad color tierra –como dice–, donde convivía imaginariamente con otra clase de monstruos: cirujanos pishtacos, flacuchentos hombres coyote, jarjachas y espíritus de ahogados, además de maniquíes rabiosos, hornos poseídos o corbatas satánicas. El entrañable autor ha reunido a todas estas criaturas en “El abominable hombre de los desagües”, su más reciente libro de relatos, donde el humor da miedo.
—Háblame de tus monstruos y del propósito de reunirlos en un libro de cuentos...
La primera parte del libro se compone de cuentos que escribí hace varios años y que, casualmente, se ocupaban de algún tipo de monstruosidad. En la segunda parte, me dispuse específicamente a tratar el tema de los monstruos, me dediqué a leer sobre criaturas de diversos países, de diversas tradiciones. Tengo incluso una serie de relatos sobre monstruos japoneses que no llegó a entrar en el libro. ¡Fue una pena porque eran como haikus!
—El monstruo siempre ha sido una metáfora: inventamos criaturas para proyectar en ellas nuestros miedos. ¿Cómo lo construyes?
No desde una idea abstracta o previa. Simplemente nacen. Imagino monstruos y pienso en qué me sugieren, en qué me inspiran. Si no me sugieren nada, entonces los desecho. Si otros me ofrecen una idea o una chispa, entonces de ahí nace la historia. Pero no creo que sean metáforas conscientes, porque no tengo una intención deliberada de querer decir algo a través de ellos. A mí me gusta contar historias. Creo que es el lector quien debe descubrir la metáfora.
—Leo, por ejemplo, el cuento “Hombre lobo, hombre coyote”. Un hombre se convierte en licántropo, pero claro, a la manera peruana: más parecido a un perro sucio y flaco. Una de las cosas que más me divierten del libro es que todos tus monstruos son a la peruana: apocados, sobrevivientes, golpeados… ¿Qué hace peruano al monstruo?
Es una consecuencia de estar aquí. Esa serie de relatos la escribí ya en Francia. La identidad peruana te agarra con uñas y dientes; es, a fin de cuentas lo que soy. Quise hacer los monstruos deliberadamente aperuanados, porque de esa manera les quito peso, se convierten en mitos nacionales. El cuento “El hombre lobo, hombre coyote” nace de un texto antiguo que retomé y rehice. Incluyo ahí a un crítico literario y di otro giro. De alguna manera mis criaturas ya no son monstruos, son seres perdidos, ambulantes, a veces penosos, enfrentados a un mundo en el cual no tienen sitio y no tienen nada que hacer.
—¿Crees que los monstruos occidentales han determinado nuestra propia visión de los monstruos?
Creo que la idea misma del monstruo es una herencia de la cultura europea. No lo he estudiado a fondo ni soy un teórico de la monstruosidad. Soy más que nada un inventor de historias. Pero creo que los monstruos europeos como el hombre lobo, Frankenstein son monstruos especialmente anglosajones. Y el dragón como monstruo solo ocurre en occidente, a diferencia del dragón chino, que es benéfico. Es muy curioso.
—Vemos a un Frankenstein dolido que pide limosna en el portón de la iglesia del Carmen en los Barrios Altos. Tu humor funciona muchas veces a partir de la melancolía, de la empatía por aquellas cosas que nos dan tanta pena que terminan dando risa.
Siempre desmitifiqué los valores tradicionales, que para mí son una formas vacías de sentido y capaces de sembrar el sufrimiento. Puede que mi humor tienda a la melancolía. Quizás yo sea un poco melancólico. Pero al hacer que el monstruo pida limosna, rebajo su categoría, le hago fracasar en su afán de asustar y de agredir. Es una manera de desmitificar al monstruo, de ponerlo a nuestro nivel. Incluso más abajo para que puedas patearlo como a un perro chusco, aunque yo nunca he pateado un perro ni lo patearía jamás, todo lo contrario, para tranquilidad de los restaurantes ‘pet friendly’.
—¿Pensando en las viejas películas de la Universal, cuál es para ti el monstruo más entrañable?
Creo que con Frankenstein, con toda su tragedia. Es la metáfora de la persona incomprendida, rechazada por la sociedad, por una monstruosidad que es, en el fondo, su diferencia.
—Finalmente, ¿sobre qué deberíamos tener miedo los peruanos en estos tiempos?
Justamente la serie de textos sobre monstruos japoneses se me ocurrió viendo las últimas elecciones. Descubrí un monstruo tradicional japonés, una especie de serpiente que suele transformarse en una mujer de sonrisa tortuosa. ¡Con eso creo que te estoy diciendo mucho! Pero la verdad es que monstruos hay en todas partes. Para comenzar, los que se quedaron atrás en el Congreso. Esos son los verdaderos monstruos nacionales. Ese Congreso era una monstruosidad. ¿Qué criatura podría encarnarlo? Me imagino un Frankenstein hecho de partes de parlamentarios. Quizás ese Frankenstein podría representar claramente lo que fue el Congreso, hecho con pedazos de muertos que ya se fueron.