El excongresista Alberto de Belaunde ha publicado su debut narrativo, los trece cuentos de “Todo queda en familia”. Adelantemos que es un primer paso correcto y comedido, concretado con una prosa funcional enfocada en crear ambientes represivos y tristones, así como una oralidad por momentos bastante lograda. El libro, más allá de sus alcances, es interesante porque resulta parte inequívoca de una tendencia que de un tiempo a esta parte observamos en la narrativa local: la de explorar los silencios y expresiones de la nueva clase media limeña y los atribulados destinos de sus hijos más sensibles e impresionables.
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Muchos de los cuentos de Belaunde se trazan ese rumbo, como “Apolo 13”, que demuestra su buen oído para captar una voz infantil navegante entre las ensoñaciones de sus fantasías intergalácticas mientras las sombras de la fatalidad crecen a su alrededor. “Vecindad” es otro acierto que con precisión quirúrgica captura la hipocresía y el tedio en que se mueve una mesocracia satisfecha consigo misma. “Espero que ya estés contento”, por su parte, reluce como una viñeta esbozada con humor y violencia que retrata la disfuncionalidad familiar en pequeños gestos que encierran terminantes declaraciones. Uno de los recursos de Belaunde es la supresión de cualquier referencia explícita a las causas determinantes del dolor y devastación de sus criaturas, para que el lector las vaya vislumbrando en su avance; el mejor relato que se ampara en dicha técnica es “Acto de magia”, donde el desfallecimiento de la esperanza y la ternura arrebatada son latentes en un cuento que calibra los datos con una sensibilidad que no se aprende en los talleres literarios.
No obstante, hay composiciones que exhiben a un autor todavía en proceso de aprendizaje. “La reina de Atlantis” cuenta las andanzas de un par de travestis confundidos entre la fauna nocturna del centro de la ciudad; el texto funciona en su registro de la estridencia marginal, de la grisura flamboyante, pero naufraga en su conclusión abrupta y con innecesarios aires de denuncia. Algo parecido ocurre con “El hermano Rolf”, cuya tensión inicial se va diluyendo en una resabida trama sobre el abuso, la religión y la vergüenza, mientras que “Fiesta de cumpleaños” y “Dos chilcanos” encallan en el lugar común y en una falta de dirección que menguan su interés.
Pero lo que menos entusiasma de “Todo queda en familia” es que termina siendo intercambiable con varios libros más o menos recientes de temáticas similares ya descritas (por ejemplo, el que reseñamos la semana pasada, “Precariedad de la luz”, de Daniella Delgado Rey). Escritoras destacadas como Katya Adaui o María José Caro han optado por esos derroteros, pero siempre enarbolando una reconocible y soberana visión del mundo, rastreando un lugar de enunciación que les permita acceder a riesgos que, una vez sorteados, dan cabida a perspectivas difíciles, retadoras, y por eso de fértil proyección. Eso es lo que se extraña en este volumen y en otros que van por similar sendero, que parecen escritos de forma mancomunada e impersonal, más allá de sus virtudes parciales y muy delimitadas. Escapar de esa masa indistinguible debe ser la meta de Alberto de Belaunde. Y de varios otros más.
“Todo queda en familia”
Autor: Alberto de Belaunde
Editorial: Pesopluma
Año: 2026
Páginas: 106
Relación con el autor: ninguna