Los casos de asesinatos siempre han sido cultivo para un tipo de periodismo que se enfocó en el crimen. Foto: El Comercio.
Los casos de asesinatos siempre han sido cultivo para un tipo de periodismo que se enfocó en el crimen. Foto: El Comercio.
Por Daniel Goya

Hace 90 años en Lima no se hablaba de otra cosa: el descuartizador del Hotel Comercio. El español Genaro Ortiz había asesinado a martillazos a su compatriota Marcelino Domínguez y luego, con frialdad y cálculo, rebanó el cuerpo de su compatriota. Dispuso los pedazos en una maleta que dejó en el cuarto del hotel y huyó. La Lima de la década del treinta era muy distinta, mucho más pequeña, mucho más conservadora, pero igual de chismosa. 90 años han pasado y el caso se convirtió en el emblema de un tipo de periodismo que creció y se ganó un lugar en la cultura popular: la crónica roja, roja por la sangre, obvio. Pero también roja por la intensidad de los actos, por la emergencia de la media noche, la alarma que generaba en el público.

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