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Ricardo Darín: nuestra entrevista al actor de "Escenas de la vida conyugal"

Ricardo Darín, el gran intérprete argentino, vuelve a Lima a fines de junio con ese clásico íntimo y sentido del teatro que es "Escenas de la vida conyugal". El Comercio conversó con él

Suele interpretar a personajes con incertidumbres y deseos que se rebelan a una realidad incierta. Desde ese lugar desafiante, Ricardo Darín es uno de esos preciados y escasos actores que transmiten el aura de ser infalible y la empatía de alguien querido que está a la vuelta de la esquina. Es un aval de calidad.

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En el cine, el argentino fue un ciudadano desesperado que contraataca al sistema en "Relatos salvajes", y encarnó a un agente judicial que se debate entre un asesinato sin resolver y una añoranza amorosa en "El secreto de sus ojos". En el teatro, una obra lo seduce: "Escenas de la vida conyugal", del sueco Ingmar Bergman. La puesta expone la pasión y las zozobras emocionales de una pareja. El montaje se presentó en el 2015 en el Gran Teatro Nacional. Ahora volverá en el auditorio del colegio Santa Úrsula, del 26 al 30 de junio, con las actuaciones de Darín y Andrea Pietra.

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"Escenas de la vida conyugal" se presentará del 26 al 30 de junio en el auditorio del colegio Santa Úrsula (video: El Comercio)

Conversamos por teléfono con él sobre este clásico, el paso del tiempo y otros temas. También se le consultó sobre las acusaciones de maltrato de las actrices Valeria Bertuccelli y Érica Rivas.

—¿Cómo encontrarle nuevos sentidos a una obra en la que vienes participando desde hace años?
Hay algo que ocurre en ella que, aún en tono de crítica o sátira, coloca un conflicto sobre el escenario con el que la gente se siente identificada. Y como lo transita con mucho humor, probablemente esa sea la clave por la que exista la posibilidad de hacer una catarsis. Es muy difícil encontrar una obra en la que se planteen conflictos profundos, pero con una dinámica que te permite digerirlos, analizarlos y reflexionar con humor.

—Pero más allá de ese vértigo sobre el escenario –al que has aludido más de una vez–, ¿has tenido nuevas interpretaciones de la obra?
Para uno que tiene la suerte o la posibilidad de llevar adelante un mismo texto, todos los días hay una resignificación de las cosas que se dicen. Está tan directamente relacionado con el estado de ánimo, con la energía que se produce con las distintas audiencias. Contrariamente a lo que mucha gente supone, esto es algo que los actores lo decimos desde tiempos inmemoriales, pero parece que no queda del todo impreso. Por eso el teatro es vertiginoso: es un mismo texto, es una misma puesta en escena –probablemente con los mismos actores–, pero todos los días se resignifica, porque el mundo está en movimiento, porque nuestra concepción de las cosas va variando. Eso le otorga frescura a pesar de la repetición, que es un término que prefiero no utilizar.

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Soledad Villamil y Darín en "El secreto de sus ojos", que ganó el Óscar a Mejor Película Extranjera

—Una pregunta capciosa: si hoy Bergman reescribiera la obra, ¿se llenaría de celulares y pantallas?
Fíjate que algunas obras modernas incorporan los avances tecnológicos o la era digital, y los aplican con inteligencia. Pero normalmente las obras que esconden bajo su superficie un conflicto profundo no se nutren de esos avances. Por eso se convierten no solo en conflictos universales, sino que no pierden vigencia. En nuestra obra hay un teléfono, porque en un momento Mariana, el personaje de Andrea Pietra, hace un llamado desesperado en la madrugada a su mejor amiga para confesarle lo que le acaba de ocurrir, que es algo inesperado y ella está ‘shockeada’. Es un recurso necesario: Mariana es abandonada, queda sola en escena y necesita volcar lo que le acaba de pasar. Me da la sensación de que las obras que vienen transitando desde décadas, sin perder vigencia, no se nutren de cuestiones tecnológicas.

—¿Qué matices y sutilezas aporta Andrea Pietra a la pieza?
Mira, cada una de las actrices que interpretaron a Mariana aportaron su sello, capacidad y talento. Afortunadamente, fueron versiones totalmente distintas. En el caso de Andrea, es muy difícil ser objetivo cuando aún no se tiene la distancia sobre el hecho. En estos momentos estamos ensayando, y lo que nos ocurre es que resignificamos los parlamentos, porque nosotros también hemos crecido y nos hemos movido. Para mí, hay dos claves que la distinguen: la frescura y la humanidad que le ofrece al personaje. También tengo la sensación de que es una actriz con una gran generosidad sobre el escenario. Y en una obra de estas características, donde somos dos personajes, te diría que la generosidad es la llave: uno debe trabajar para el lucimiento del otro. Esa es la única manera para que la energía circule con facilidad, con amor.

— Vi la obra hace unos años en el Gran Teatro Nacional en Lima, cuando estabas en tus cincuentas. Hoy tienes 62 años. ¿Cómo cambia la visión del amor, el desamor o la fidelidad?
Me parece que el paso del tiempo hace que la experiencia, el desgaste, la corrosión y la cotidianeidad sean encaradas desde otro punto de vista. Cuando uno es mucho más joven, se admiten reacciones con mayor virulencia. El tiempo hace que uno vea las cosas con un poco más de serenidad.

—Sobre el revuelo en el que te involucraron dos actrices, ¿qué reflexiones y autocríticas sacas?
De todo: reflexiones, autocríticas, estupor. Porque hay cosas con las que uno puede coincidir, admitir o decir: "Bueno, probablemente haya ocurrido algo de esto". Pero hay otras con las que no. Y en eso hay que ser firme y claro. Porque cuando para ensuciar a alguien se miente, eso ya no admite ningún tipo de reflexión. Cuando se habla con la verdad, justeza o equilibrio, cuando se pone en la balanza una evaluación sincera y responsable, uno puede reflexionar. Cuando hay mentiras, ahí la reflexión no entra. Lo que cabe es el estupor. La verdad es que todavía no salgo de mi zona de estupor. Esto me ha producido un daño muy grande, y no solo a mí, sino también a mi familia y a la gente que me quiere y me conoce. De todos modos, mi actitud frente a todo esto fue mantenerme tranquilo, esperando que el tiempo ponga las cosas en su lugar.

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Martina Guzmán y Darín en "Carancho", del director Pablo Trapero

—¿Pero alguna autocrítica?
He intentado, mi cabeza no ha parado de dar vueltas y buscar explicaciones, y muchas veces aparece la autocrítica. En gran medida, aparece por el lado de no haberme dado cuenta de algunas señales... Es muy difícil este tema, porque no está cerrado. Lamentablemente, es una nube que me va a acompañar toda mi vida. Nunca lograré que alguien diga: "Me equivoqué, mentí, exageré, mezclé las cosas, aproveché una coyuntura para hacerla parecer de otra forma". Te contesto porque me parece que no hay que eludir ningún tipo de tema. Estoy tratando de hablar cada vez menos de esto, porque ocupa un espacio que yo no he abierto. Me parece injusto.

—Volvamos a la obra. Hay una palabra que está posicionada en Argentina y sé que no es de tu agrado: la famosa ‘grieta’. ¿Se puede hablar de una grieta doméstica? ¿Es forzado el juego de palabras?
Todo juego de palabras puede ser un poco forzado, pero si va hacia un lugar esclarecedor, bienvenido sea. La grieta de graciosa no tiene nada. Es una zanja o abismo que se establece entre dos posiciones. Eso puede ocurrir en todo tipo de relación. La grieta no es necesariamente política. Mi sensación es que esto se debe a posiciones irreconciliables. Es triste. Una de las claves que propone la obra es poner la verdad sobre la mesa. En un momento, mi personaje asume una posición reveladora con valentía, jugándose el pellejo, para hacer algo poco frecuente que es decir la verdad, y pagar el precio por ello. Si esto ahora resulta extraño, imagínate lo que debió haber sido en 1973, en una sociedad cerrada como la de Estocolmo, en Suecia. Debió haber sido una revolución.

MÁS INFORMACIÓN
"Escenas de la vida conyugal"

Lugar: auditorio del colegio Santa Úrsula (Av. Santo Toribio 150, San Isidro).
Fechas: del 26 al 30 de junio.
Entradas: Teleticket.

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