
En el imaginario colectivo, la deportación suele estar vinculada a criminales peligrosos o situaciones extremas. Pero la realidad es otra. En Estados Unidos, miles de inmigrantes con historias de trabajo honrado y vidas construidas durante décadas fueron forzados a abandonar el país que consideraban su hogar. El caso de Miguel Ángel Pastrana Valenzuela, un hombre de 38 años deportado dos veces durante las administraciones de Donald Trump, es un reflejo de ese drama humano y social que se vive en silencio.
Pastrana, originario de Delicias, Chihuahua, pero criado desde los tres meses en Estados Unidos, representa a esa generación de inmigrantes que crecieron en suelo estadounidense sin conocer realmente el país que figura en sus documentos de nacimiento. Su primer idioma es el inglés. Su vida, sus sueños y su familia estaban en Ohio, hasta que las políticas migratorias endurecidas lo arrancaron de esa realidad.
La primera deportación: “Me tiré a llorar por dos o tres años”
El primer golpe llegó en 2017, durante el primer mandato de Donald Trump. Una detención por un delito menor de tránsito fue suficiente para iniciar su proceso de deportación. Miguel Ángel fue apresado y devuelto a México sin importar que su vida entera se desarrollara en Ohio. “La primera vez me tiré a llorar por dos o tres años”, confesó a Univisión Noticias, recordando la desesperación de perder el contacto con su hija estadounidense.
Durante esos años en Chihuahua, encontró refugio en casa de su abuela, pero su mente estaba en otro lado: “Lo único que hacía era pensar cómo puedo regresar”, confesó. El vínculo con su hija, su madre y la vida que había construido fueron más fuertes que el miedo a la ley. Eventualmente, regresó a Texas, donde vivía su madre.
La segunda deportación: de un ascenso laboral a la expulsión inmediata
Los años posteriores estuvieron marcados por el esfuerzo y la esperanza. En Ohio, trabajaba como capataz revisor en una empresa multinacional de energías renovables, recorriendo el país para instalar plantas solares y eólicas. Vivía en una casa rodante, símbolo de la movilidad que su trabajo exigía. Dos semanas antes de su segunda deportación, había recibido un ascenso. “Estaba en la cima del mundo”, dijo. Su vida, según él mismo cuenta, parecía finalmente encarrilada.
Pero en marzo de este año todo cambió. Cumpliendo con su revisión anual ante las autoridades migratorias en Oklahoma City, fue sorprendido con la noticia que jamás imaginó: su permiso de trabajo había sido revocado y sería deportado inmediatamente. Nadie le explicó por qué, simplemente le ordenaron poner las manos en la espalda y fue esposado.
Condiciones inhumanas en su detención
El relato de Pastrana sobre su detención revela el rostro oculto del sistema migratorio. Fue encerrado en una celda con otras trece personas, sin comida ni agua. El espacio era insalubre: pisos sucios, uñas, pelos, inodoros orinados y sin una cama donde descansar. El agua potable provenía de un pequeño bebedero.
Pasó horas sin acceso a una llamada. Luego fue trasladado, esposado de pies y manos, entre diferentes centros de detención en Texas. En todo ese tiempo, no recibió comida adecuada ni atención médica. La falta de camas lo dejó con moretones por todo el cuerpo, mientras el hambre y la deshidratación acentuaron su desesperación. Fue una pesadilla que, según él, lo marcó emocional y físicamente.
Finalmente, cruzó la frontera, pero no hacia un futuro seguro. Pastrana advirtió que quedarse en la frontera es extremadamente peligroso. “Los carteles te agarrarán, y si no te retienen para pedir un rescate, te harán cruzar de regreso con drogas”, señaló.
Solo en un país desconocido: “Me cortaron las alas”
Hoy, en México, Pastrana enfrenta una realidad cruda. “No tengo a nadie ahora mismo en México”, admitió. Aunque domina el español, reconoce que su primer idioma es el inglés y que apenas conoce el país donde le tocó empezar de nuevo. Dejó atrás a su madre, a su hija y todo lo que consideraba hogar.
“Intenté hacer lo mejor que pude en Estados Unidos. Pagaba la manutención de mis hijos, mantenía la cabeza fría, respetaba las leyes”, lamentó. Pero todo ese esfuerzo fue insuficiente frente a una administración que endureció las leyes migratorias sin distinción entre inmigrantes con delitos graves y aquellos que, como él, solo acumulaban infracciones menores.
“Me esforcé al máximo, me sentía como si volara, y de un día para otro, me cortaron las alas”, relató con resignación.
Un futuro incierto en México
A diferencia de la primera vez, Pastrana ha decidido intentar establecerse en México, por doloroso que sea. Se encuentra actualmente en Puerto Vallarta, Jalisco, donde espera que su dominio del inglés le abra puertas en el sector turístico, trabajando en hoteles o restaurantes que reciben diariamente a turistas estadounidenses.
A pesar de sus esfuerzos por adaptarse, no oculta su desilusión. “Me siento como si el sistema me hubiera engañado. Ellos me permitieron quedarme y pagar miles de dólares, solo para decirme de un día para otro: ‘porque tuvimos un cambio de presidente, tienes que irte’”.
Su historia es la de miles de inmigrantes atrapados entre fronteras y sistemas que no reconocen sus historias personales ni sus contribuciones a la sociedad estadounidense. Una vida entera en Estados Unidos se perdió con una orden administrativa. Hoy, Pastrana, como muchos otros, intenta aprender sobre México para sobrevivir.












