Por Héctor Estepa

Una solitaria casa inacabada se atisba a las afueras de Radelychi, una humilde aldea de la campiña occidental ucraniana. El aire gélido se cuela por las rendijas del desnudo edificio mientras Tetiana Kisil observa los muros de cemento con los ojos tristes y el corazón vacío. Allí iba a vivir con su hija, Verónika, de cinco años, y su marido, Vasyl, que construyó el hogar desde los cimientos. De esa esperanza, ya sólo quedan cenizas. La guerra se llevó a su esposo y dejó un dolor insondable en sus entrañas.

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