Escuchar
(2 min)
Qipi y el profesor Walter Velásquez recorren a pie o en burro los caseríos del distrito de Colcabamba, en Huancavelica, en busca de sus alumnos para dictarles clase. (Foto: Archivo Personal).

Qipi y el profesor Walter Velásquez recorren a pie o en burro los caseríos del distrito de Colcabamba, en Huancavelica, en busca de sus alumnos para dictarles clase. (Foto: Archivo Personal).

Resumen

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Qipi y el profesor Walter Velásquez recorren a pie o en burro los caseríos del distrito de Colcabamba, en Huancavelica, en busca de sus alumnos para dictarles clase. (Foto: Archivo Personal).
Qipi y el profesor Walter Velásquez recorren a pie o en burro los caseríos del distrito de Colcabamba, en Huancavelica, en busca de sus alumnos para dictarles clase. (Foto: Archivo Personal).
Por Gabriela Machuca Castillo

El laboratorio del profesor Walter Velásquez comenzó a funcionar hace 10 años en un cuarto de adobe sin ventanas. Allá bien metido en el Vraem, en el cruce de las regiones Huancavelica, Ayacucho y Junín. Arriba de los 3.000 m.s.n.m. “Ese lugarcito tenía su aire acondicionado natural”, contaría después divertido el joven maestro de primaria y secundaria con mención en Biología y Química. Allí empezó a almacenar chatarra electrónica para sus clases: radios, televisores viejos, planchas, teclados, discos, memorias. Todo lo que fuera útil como insumo y rudimento para que los chicos aprendiesen sobre física, robótica. En la zona no existen librerías, menos tiendas de tecnología. Con el tiempo su proyecto se convirtió en el único centro de creatividad e innovación de esa parte de la selva, el mismo en el que se ha gestado el nacimiento de muchas tareas, planes e inventos. El último, quizá, el más entrañable de todos: una robot que, por la pandemia, acompaña a su creador en la búsqueda de sus alumnos, casa por casa, para dictarles la lección. Ella habla, lee y recita en quechua y en español. Juntos se pasean por el distrito de Colcabamba, en la provincia de Tayacaja, pero sobre todo por caseríos lejanos, aquellos en los que solo se puede llegar caminando, en burro o llama. Donde no hay señal de celular, Internet, radio ni incluso electricidad. El androide se llama Kipi, y es tan querida por las decenas de estudiantes de Velásquez, que ya ha sido inmortalizada en la más preciada manifestación artística que los niños pueden producir por genuina admiración y cariño: en retratos y dibujos de ella sobre las páginas de sus cuadernos de colegio.