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David Thoreau: la revolución vendrá de los bosques

Hace 200 años nació Henry David Thoreau, el gran disidente. Su vida y su obra —que fueron lo mismo— inspiran hoy, más que nunca, a los inconformistas de todo el mundo

En Thoreau convivieron un misógino y un abolicionista; un cínico y un alma en perpetua conmoción.

En Thoreau convivieron un misógino y un abolicionista; un cínico y un alma en perpetua conmoción.

En Thoreau convivieron un misógino y un abolicionista; un cínico y un alma en perpetua conmoción.

En Thoreau convivieron un misógino y un abolicionista; un cínico y un alma en perpetua conmoción.

El joven —un tipo más bien bajo, narigudo, magro, de pocas pero fuertes palabras— había pedido un hacha prestada porque no tenía con qué comprarse una propia. No tenía porque no quería, ni dinero, ni muchas otras cosas. Se hizo de los restos de una chabola, comenzó a trabajar con tenacidad, construyó una chimenea y, cuando estuvo lista su cabaña de 13 metros cuadrados, la amobló con una cama, una mesa y tres sillas. En total, gastó menos de 30 dólares. Entonces, un viernes de julio de 1845, cuatro días antes de cumplir los 28 años y mientras el resto del país celebraba un nuevo aniversario de su independencia, se mudó a la orilla del lago Walden, cerca del pueblo de Concorde, en Massachusetts. Henry David Thoreau buscaba expandir su espíritu rodeado de un mar de pinos blancos y olmos, aves canoras, zorros, ardillas, la inmensidad cósmica.

Permanecería ahí por dos años, dos meses y dos días.

—La médula de la existencia—
“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente solo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. […] Quería hacerlo profundamente y chupar toda la médula de la existencia”, escribió. Si la cita le suena familiar, quizá sea porque la recuerde en la voz del profesor Keating, encarnado por Robin Williams en “La sociedad de los poetas muertos”.

Además de gozar una profunda comunión con la naturaleza, Thoreau caminaba, pensaba y escribía mucho. Ocho años antes había comenzado un diario que, cuando murió, sumaría más de dos millones de palabras. Publicó varios libros, pero el más recordado será el que narra su devenir y reflexiones en el lago.

Lo silvestre, sin embargo, no fue su único interés. Además de “Walden” y sus diarios —recientemente compendiados en dos tomos en una notable traducción por la editorial española Capitán Swing—, su filosofía se puede asir en otro texto, de título elocuente: “Desobediencia civil”. Ahí escribió cosas como: “Bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el lugar apropiado para el justo es también la prisión. […] es este terreno de exclusión, pero más libre y honorable, donde el Estado coloca a aquellos que no están con él sino contra él, el único hábitat donde, en un Estado esclavizador, el hombre puede vivir con honor”. Este ensayo lo editó tras vivir una de las carcelerías más breves y célebres de la historia: la que le tocó purgar durante una noche al negarse a pagar impuestos a un Estado esclavista que además propugnaba la invasión de México.

Muchas veces se ha querido ver a Thoreau como un naturalista experimental, o como un político sedicioso, cuando ambas facetas se sintetizaron en su espíritu, en su día a día y en su obra. Por eso, tal complejidad sigue sorprendiendo. En él convivieron un misógino y un abolicionista; un cínico y un alma en perpetua conmoción; un conferencista de salón y un naturalista apasionado; un académico, un salvaje, un místico, un solitario, un revolucionario, un clarividente.

Como diría Joyce Carol Oates, “es el supremo poeta de la duplicidad, de la evasión y el misterio”. Dicho lo cual, téngase muy claro que antes de que Lev Tolstói independizara a los siervos de su granja, optara por una vida autogestionada y concibiera la no resistencia; de que Mahatma Gandhi liberara su país de un imperio sin disparar una bala; de que Martin Luther King soñara con la justicia y la igualdad; antes de Hemingway y de Chatwin; de que nacieran los beatniks, los jipis, los extremistas de Greenpeace y el ‘Unabomber’, estuvo Thoreau. El hermano mayor de todos los rebeldes.

—Lo importante es vivir—
Thoreau nació el 12 de julio de 1817 en un hogar progresista, en una pequeña ciudad rodeada de potente belleza. Desde pequeño se sintió más cerca de la naturaleza que de los hombres.

Al graduarse de Harvard, trabajó como maestro en una escuela pública, pero renunció tras negarse a infligir castigos físicos a los alumnos. Entonces, con su querido hermano John, creó en Concorde un pequeño colegio que hoy llamaríamos alternativo. Además, John y él compartieron la pasión por la libertad salvaje y humana, un viaje memorable a bordo de una canoa que construyeron (relatado en “Musketaquid”), y el arrebato por la misma muchacha. La chica los rechazó a ambos por imposición paterna y, salvo un par de amores platónicos, Henry se mantendría solo y casto hasta el final. En su rechazo a las mujeres hay quien ha querido ver pistas homosexuales.

Escultura de Thoreau frente a una réplica de su cabaña de 13 metros cuadrados en su ubicación original.

Escultura de Thoreau frente a una réplica de su cabaña de 13 metros cuadrados en su ubicación original.

Escultura de Thoreau frente a una réplica de su cabaña de 13 metros cuadrados en su ubicación original.

Escultura de Thoreau frente a una réplica de su cabaña de 13 metros cuadrados en su ubicación original.

John murió muy joven, y Thoreau, que fue acogido por los trascendentalistas bostonianos —sobre todo el tutelar Emerson—, se consagró a su proyecto existencial, uno que parece más sencillo de lo que resulta ser: vivir consecuentemente. Quizá, sobre todas las cosas, se compenetró con la naturaleza, donde halló pureza, plenitud y la verdadera sabiduría. Asimismo, influido por Humboldt, comprendió que ciencia, aventura y poesía podían ser una sola cosa. Renunció casi por completo a ser un burgués, a tener posesiones y a trabajar por dinero, salvo algunas excepciones, como cuando tuvo que hacerse cargo de la pequeña fábrica de lápices familiar; con sus conferencias y colaboraciones en revistas; y cuando fungió de agrimensor. Leyó muchísimo, ahondó en las filosofías orientales, aprendió de las tradiciones nativas. Escribió y levantó su voz a propósito de grandes temas como el escándalo del esclavismo, la discriminación de los inmigrantes y los abusos económicos de los que tenían sobre los que no; de la misma manera que celebró lo sencillo, lo casi invisible: hizo suya la fe del carpe diem, y animaba a “encontrar nuestra eternidad en cada momento”.

No era un tipo simpático ni le interesaba serlo, y aun así fue querido y respetado, cuando no temido. Leerlo es una experiencia transformadora, y su influencia en la literatura y el pensamiento, sobre todo norteamericano, se puede rastrear desde Walt Whitman hasta Paul Auster. Sin embargo, el ánimo de los tiempos –las crisis, los desalojos, las primaveras y la indignación–, así como la fe en que otra realidad es posible, ha permitido que hoy en día se lea más a Thoreau que nunca. En español, además de la nueva edición de los diarios, se puede hallar casi toda su obra en las versiones españolas de Errata Naturae, además de textos esclarecedores como la “Biografía esencial” de Casado da Rocha, y el recientísimo y fantástico “El triunfo de los principios”, de Toni Montesinos. Pese al título, este último libro es casi lo opuesto a un volumen de autoayuda, pues mientras uno de estos nos enseñaría a convivir con la adversidad, Thoreau es una luz para plantarle cara y darle pelea.

Es tan vivo y joven este regreso a Thoreau que para celebrar sus 200 años, además de homenajes en todo el mundo, el martes pasado se lanzó un videojuego que simula la vida en el legendario lago (waldenagame.com). No podremos saber qué hubiera pensado al respecto. Murió con solo 44 años quien se preguntó: “Si yo no soy yo, ¿quién lo será?”. La respuesta es obvia, naturalmente.

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