Jirón de la Unión, antes de llegar a la plaza San Martín. Foto: Archivo EC.
Jirón de la Unión, antes de llegar a la plaza San Martín. Foto: Archivo EC.
/ VICTOR ZEA
Julio Villanueva Chang

Odiado y a la vez querido, el centro de Lima es un corazón con taquicardia. Evitar ir de día es la nueva consigna. No ir nunca de noche, una orden. Lo más alegre son las carcajadas fabricadas por un cómico ambulante; lo más patético, un hombre cayéndose cien veces junto a un bote de basura. Lo más caliente, un caldo de gallina; lo más frío, un niño con una frazada de periódicos en la vereda. Lo más limpio, las calles barridas por madres de familia; lo más sucio, la indiferencia con placa de unos policías. Lo más oscuro, las discotecas estriptiseras. Lo más brillante, el reflejo de una chaveta en el cuello. Lima, la horrible.

Tambaleándose como si bailara un tango solitario, un hombre atraviesa la medianoche de Emancipación y Rufino Torrico cantando el popular pregón de la esquina “Me han robado”. Un minuto antes, venía de la procesión de la Virgen del Carmen, tenía libreta electoral, aliento alcohólico similar al viento de la zona y veinte dólares, pero ahora es un don nadie con el pómulo amoratado por los golpes sin cuenta de protección, ignorado por otra procesión que baila en sus narices los mejores ritmos del Valle del Mantaro en el ‘Juanito, restaurant Peña Turística’, y en el ‘Salón del Folklor’, iluminados danzódromos de exclusivo zapateo provinciano.

Una legión de taxistas acecha desde la puerta a futuros clientes, de preferencia caballeros ebrios proporcionados gentilmente por los guachimanes de los cuarteles de baile. “Para saber con quién se van los clientes”, es la versión oficial de por qué los guachimanes apuntan las placas de rodaje. “Para pedirles un porcentaje de la venta de borrachos”, acusa un transeúnte que pregunta quién diablos fue Rufino Torrico.

Al pie de un ridículo semáforo en medio de un estacionamiento de taxis, yace un hombre en romance con la vereda. En vez de frente, tiene sangre. Mañana, en vez de memoria, tendrá preguntas. “Lo han pepeado”, ilustra un vagabundo. En discotecas del centro, la historia de este hombre se repite: una mujer fatal te seduce, te emborracha, introduce un fármaco en tu trago y a ver si te acuerdas del asalto. “Lo vamos a conducir a la delegación”, miente un policía vestido de civil esperando que los periodistas se vayan.

Dos horas después, el patrullero 1812-OA de la Policía de Monserrate ha desaparecido sin la víctima. Cada ensayo del hombre para pararse por su cuenta parece en verdad un porfiado deseo de caerse. Abandonado por los policías debajo del enrejado de la iglesia de San Pablo, la víctima del pepazo cae de espaldas junto a un botadero de basura. El honor no se divisa.

Frente al patético espectáculo, agoniza la antigua plazuela San Marcelo. Invadida por la carpa de caldo de gallina ‘El Triunfo’, a los modernos vendedores y comensales les importa un bledo la conservación del pasado colonial. El estómago de los habitantes de la madrugada no admite consideraciones: se ha levantado una escenografía del hambre compuesta por cocina a kerosene, una ollaza con infinitas presas de gallina, televisión en colores, cebollita china, pizarra con ofertas nocturnas, limón en pedacitos y garantizada promesa de yapa. “Remodelación de la plazuela San Marcelo. Financia Mutual Perú”, reza el letrero de uno de sus balcones. Palabra de gallina.

El jirón de la Unión hace la fuerza

Leslia Jiménez tiene una escoba en el hombro y dos hijos que mantener. Catorce años barriendo el corazón de la ciudad y su único proyecto es preparar el almuerzo. La noche de Leslia empieza a las dos de la tarde; su mañana, a las diez de la noche, cuando uniformadas madres de familia de la Empresa Municipal de Limpieza empiezan a barrer el día que murió en la cuarta cuadra del jirón de la Unión. Atrás, la plaza de Armas duerme con un solo ojo. El otro es el de los policías y soldados que hacen un brindis con emoliente. ¡Salud!

Inquilino de la noche en la antigua calle Mercaderes, un adulto de dieciséis años domicilia en el Jirón de la Unión 415. Lo llaman ‘el poeta’ y duerme en la puerta. Luego de trece años en el puericultorio Pérez Araníbar, José Mendizábal Zayas ha regresado a dormir en la misma puerta donde lo abandonaron sus padres a los cuatro meses de edad.

Los transeúntes no pueden evitar detenerse ante la fachada donde se exhibe el más célebre poema escrito jamás en una caja de leche Gloria: ‘Canto vida y nada más’. Punto. Firma José Mendizábal Zayas, cantautorcito de buses y vendedor de golosinas por la mañana, decano de poetas adolescentes por las noches. De lejos, el poeta parece un ‘pirañita’. De cerca, también. Pero apenas abre la boca, sus admiradores al paso no dejan de abrirla: “Debes irte a París”, gesticula un ambulante solemne delante de la frazada de cajas de cartón. “Ojalá todos los jóvenes sean como tú”, le palmea la casaca que hace tres semanas no se cambia. Lector atlético de Vallejo y Platón, el poeta agradece con las cejas y exhibe dos cuadernazos de doscientas hojas con sus obras completas a plumón. Sus poemarios “Los cantos poéticos ingeniosos de mi vida” y “El amor y la vida”, y el ensayo filosófico “La esencia de la vida”. Pura vida.

Magistral demostración de salud pública, señoras y señores, he aquí el boxeo cómico en función de trasnoche, estratégica quinta cuadra del jirón maravilla, cincuenta espectadores y olor a pollo a la brasa, olvídate de esa ingrata, hermanón, importados de la plaza San Martín, aquí trabajan Cotito, Wafera y Coquín, obreros de la risa ambulante que jamás se jubila, apóyame, no me des la espalda, cara de juez sin rostro, se acabaron tus problemas, se acabó el fin del mundo. Si les gusta, aplaudan; si no les gusta, aplaudan también. Un gancho de izquierda a tu corazón y siete soles para mi bolsillo.

En la esquina con Emancipación, el jirón de la Unión se vuelve súbitamente adolescente. Un par de discotecas psicodélicas que toleran ritmos pegaditos y acrobáticos bombardean más de cien decibeles de éxitos dudosamente musicales a los oídos de mil quinceañeros de todas las sangres. A la salida, vendedores de chicles y caramelos son asediados para disimular alientos pecadores en casa.

Lo indisimulable son los ‘pirañitas’ que juegan a la ronda del robo donde alguna vez funcionara el Palais Concert y damas vienesas tocaran el violín. En la octava cuadra del jirón, los pasos de los transeúntes se vuelven obligatoriamente nerviosos, en sus marcas, listos, ya, vámonos rápido. Aquí sobreviven los últimos ambulantes de la noche y los primeros asaltados del día. También la cámara fotográfica del reportero Vicente Montes, quien estuvo a punto de ser madrugado en plena madrugada. Indudablemente, la última cuadra del jirón de la Unión es hija predilecta de la plaza San Martín. Cine Colón a la vista.



Contenido sugerido

Contenido GEC