No es de sorprender que muchos peruanos están perdiendo la fe en la democracia. Desde el 2016 el país ha perdido el rumbo. Los avances socioeconómicos impresionantes del período anterior han caído víctima de la inestabilidad política. La percepción, correcta o no, es que la clase política es corrupta. Muchos congresistas han aprovechado su cargo para su beneficio personal. Una fiscalía altamente politizada e incompetente ha logrado repartir suspicacias sin lograr condenas. Dina Boluarte ostenta una colección de relojes y joyas, que marca un nuevo nadir de frívolo usufructo del más alto puesto de la república. Y, mientras tanto, la inmensa mayoría de los peruanos ha sufrido la pandemia, el estancamiento económico, el surgimiento de la delincuencia y la inseguridad, la agonía diaria de un transporte público altamente deficiente y la mediocridad de los servicios públicos de educación y salud.