Cine: Retratos de mujeres

Escándalo y Sophie Scholl

Por Ricardo Bedoya

Escándalo y Sophie Scholl son retratos de mujeres tensas, en apuros. Cambian la mirada, el temple y el estilo, pero la intención es seguirlas en trayectorias que llegan a tener visos de vía crucis.

Las películas sobre escándalos de naturaleza sexual en los colegios británicos son casi un género del cine inglés. La diferencia es que aquí el asunto no está visto desde los ojos de la víctima, sino desde los de la manipuladora que pone en escena la humillación y expone a la vindicta a esa profesora atraída por su desafiante alumno. Aunque pensándolo bien, Judi Dench también es, de algún modo oscuro y perverso, una víctima, pero de sí misma, de su inteligencia implacable y de sus deseos sin control.

La villana
El retrato que traza Escándalo es el de la villana y no el de la sacrificada madre y maestra (Cate Blanchett) a la que no se le perdona ni un momento de debilidad. Y, claro, siguiendo el dictum de Hitchcock que sostenía que cuanto mejor es el "malo", mejor es el personaje e incluso la película, aquí Judi Dench hace de las suyas y se impone. Dura, imperturbable, calculadora, incapaz de pestañear, desdeñosa, estallando en furia con la misma actitud paradójica de crispación y relajamiento con que seduce al otro para perderlo, Dench es un punto grave, denso, fuerte, que acaba devorándose todo, incluso el interés del resto de la película. Y eso es, a la vez, una virtud y un defecto.

La virtud es conocida: Dench es una actriz que sale airosa siempre, hasta de sus encuentros con James Bond. El defecto tiene que ver con la naturaleza de la película, apegada a un guión que acierta en los monólogos y se pierde y confunde en el desarrollo de la trama. A partir de cierto momento, Escándalo avanza dando tumbos entre el drama familiar, el melodrama británico amable pero con té y galletas envenenadas, el filme de suspenso, el juego misantrópico del chantaje, la incitación misógina, la avidez sensacionalista de los medios y el estudio de las relaciones posesivas y homosexuales entre la mujer mayor y la menor. Y en medio del desorden, todos claman para que aparezca el discurso ponzoñoso de Dench para dar unidad y claridad al asunto, aunque sea para imponer su sarcasmo y recordarnos que Escándalo es como la versión en negativo de esas películas ejemplares en que vemos a Michelle Pfeiffer o a Susan Sarandon haciendo de profesoras que imponen su voluntad y doman a los alumnos más bravos, pero sin asomo de deseo.

La joven antinazi
Sophie Scholl, en cambio, es una película lisa, homogénea, correcta, serísima, de caligrafía regular hasta la extenuación, aplicada, sin desequilibrios, siempre igual a sí misma. Dramatiza expedientes policiales y judiciales respetando hasta sus puntos y comas. Es la crónica de los últimos días de vida de Sophie Scholl, una joven resistente antinazi capturada en el Munich de 1943 luego de repartir unos volantes en la universidad.

Se informa que el guión se realizó teniendo en cuenta interrogatorios de la Gestapo recién conocidos ya que se encontraban archivados en la RDA. Ese es el valor agregado de esta película en relación con las anteriores sobre el mismo asunto, La rosa blanca, de Michael Verhoeven, y Los últimos cinco días, de Percy Adlon. Pero también es un valor la presencia de la actriz Julia Jentsch, que le pone intensidad a una película que, sin ella, hubiera sido un discurso interminable, un diálogo didáctico sobre las razones de la rebeldía y la insumisión ante un régimen político criminal. La actriz tiene la serenidad casi beatífica de la Juana de Arco de Dreyer, pero sostiene sus necesarias mentiras con la convicción de Judi Dench.

El director Marc Rothemund logra lo mejor de la película gracias al cuerpo y el rostro de esa actriz. La secuencia del volanteo en la universidad no tendría el mismo suspenso y expectativa creciente de no contar con la apariencia mínima y la fragilidad de la actriz, que parece a punto de ser sorprendida en ese y en todo momento. Y el duelo dialéctico con el actor Gerald Alexander Held, ese policía tenaz, poderoso y cruel a pesar de su aspecto cotidiano y hasta banal, encuentra un centro de gravedad en el gesto de Jentsch, alejado siempre de cualquier asomo de histrionismo.