Juegos de esperanza
En esta oportunidad compartimos con nuestros lectores un artículo publicado en la revista Somos de El Comercio el pasado sábado 25 de agosto, sobre la experiencia de Gabriela Chumpitaz, joven lideresa que, a sus 28 años, es miembro del consejo directivo de Obra: Alianzas por la Juventud y directora de AFI Perú (Asociación para una Feliz Infancia). Gabriela es comunicadora de la PUCP y ha ganado con el proyecto PINOTECA el Premio Protagonistas del Cambio el año pasado, además de otros 7 reconocimientos importantes. Esta ardua labor en favor de los niños del cerro El Pino se encuentra dentro del “Ranking de Buenas Prácticas Ejecutadas por Jóvenes” del Banco Mundial.
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Hace 8 años Gabriela Chumpitaz se topó en el cerro El Pino, en La Victoria, con un niño desnudo jugando en medio del basural. Ella, que entonces era una universitaria, decidió formar La Pinoteca, un proyecto de educación para menores en situación de riesgo. La idea es que vuelvan a sonreír y que desde pequeños piensen en ser grandes.
GUERRAS DE SONRISAS. Todos los sábados, 60 niños tienen una cota en el colegio Monseñor Damaso Lebergere 501, donde funciona el proyecto de educación La Pinoteca.
Escribe: Juana Avellaneda
Fotos: Luis Choy
Estamos a punto de entrar a una zona de La Victoria en donde si te asaltan perdiste. Aquí nadie vio, ni dijo nada. Ni siquiera los policías, que tienen cerrada la comisaría las 24 horas del día. Y es que, para subir al cerro El Pino, hay que hacerlo en mancha y muy temprano por la mañana. A esa hora los ‘choros’ todavía descansan y hay más chance de que en el camino no nos encontremos con un grupo de pirañas. Eso lo sabe muy bien Gabriela Chumpitaz, comunicadora social de la Universidad Católica que todos los sábados sube el peligroso cerro para dirigir La Pinoteca, un proyecto educativo que busca que los niños de la zona tengan las oportunidades que tal vez no tuvieron sus padres.
Barrio peligroso
“Más del 50% de estos pequeños vive en condiciones dramáticas: pasa hambre, vive hacinados y tiene problemas de salud. Nosotros queremos que tengan otros horizontes, que cambien el chip y que no sientan que lo único que pueden ser de grandes es mototaxistas o delincuentes”, explica esta chorrillana de 1.50 mientras decide qué moto nos llevará hacia el colegio Monseñor Damaso Lebergere 501, donde funciona el programa. Su compañera, Mercedes, una psicóloga de ojos jalados y uñas de esmalte amarillo, se mueve al ritmo de un reggaetón que suena a todo volumen en el barrio. “Ese señor y el chibolo de atrás se ven confiables”, murmura Mercedes sin dejar de bailar. Alrededor solo hay cerros invadidos por casitas de triplay y pintas de pandilleros. “Señor, un sol hasta el colegio 501”, negocia criollamente Gabriela. Y es así que, después de varios minutos y muchos baches, llegamos. En la puerta del colegio nos recibe Maricielo, una niña de diez años que sueña con tener una peluquería que lleve su nombre. A su lado juega inquieto Dominique, su hermanito de tres años. Por aquí es bastante normal ver a las niñas haciendo las veces de mamá. “Es una lástima. Los niños casi no tienen niñez. Cuidan a sus hermanos menores mientras sus padres trabajan. Por eso formamos voluntarios de diferentes profesiones, entre educadores, sociólogos y comunicadores, para que a través de la amistad que establecen con el niño, estos vayan quebrando sus paradigmas de desarrollo. La estrategia es ayudarlos a superar sus conflictos a través de la educación”, comenta Gabriela. Entonces aparece Nicole, una pequeña de ojos chinos y cola de caballo a quien le encanta venir a jugar en La Pinoteca. Aquí se la pasa armando casitas de cartón y velas de papel higiénico. ¿Qué es lo que más te gusta del proyecto?, le pregunto. “Que nos enseñan a ser mejores personas”, responde.
DIRECTORA. Gabriela Chumpitaz es la responsable de sembrar una semilla de esperanza en El Pino.
Salón de clases
“¡Buenos días, chicos!”, grita en voz alta Doris Montoya, educadora y coordinadora del proyecto, que acaba de entrar al salón para empezar la dinámica. “¡Buenos días, señorita!”, responden los pequeños agitando los brazos en el aire. Hoy aprenderán las matemáticas de una forma divertida: armarán alcancías en forma de ositos. Todos prestan atención a las indicaciones de su maestra mientras que los voluntarios del programa reparten cartulinas y témperas en cada mesa. “Durante la semana trabajamos con los profesores para que vean que las estrategias lúdicas funcionan igual o mejor que sus estrategias verticales”, explica. Eso lo sabe muy bien Shessira Alexandra, de 12 años, que gracias al programa dejó de trabajar alquilando celulares en La Parada. Cuando le pregunto qué quiere estudiar cuando termine el cole, responde sin dudar: “Psicología. Es que me gusta ayudar a resolver los problemas de los demás”. ¿Y tú tienes problemas?, repregunto. Entonces Shessira se pone a llorar.
Esta niña vive en una humilde casita junto a sus padres y seis hermanos. Su papá trabaja de manera independiente y su mamá se gana la vida vendiendo lentes en el mercado. Lo que la pone triste es que en casa no alcanza la plata para estudiar una carrera en la universidad. “Lo más difícil de vivir aquí es la economía”, agrega secándose las lágrimas con ayuda de una nariz de claun.
DIVERSIÓN EN CLASES. Doris Montoya, educadora y coordinadora del programa, dirige la clase utilizando estrategias lúdicas para que los niños fortalezcan valores y potencialicen sus habilidades sociales.
Problemas en casa
“Los niños que viven en los cerros tienen problemas que tú y yo no tenemos: tienen en casa a un papá borracho, duermen con seis personas en la misma cama y no hay preocupación por parte de la familia. Están prácticamente abandonados”, cuenta Gabriela, directora del proyecto, que llegó a El Pino gracias a un curso de la universidad. Se supone que investigaría sobre el alto índice de tuberculosis en la población, pero terminó haciendo ayuda social. “Cuando vi a un niño desnudo jugando en el basural, dije no, tengo que hacer algo para cambiar esta realidad”, recuerda. Su frustración se convirtió en lo que es hoy La Pinoteca, un espacio de juego y educación para 60 pequeños de cinco a doce años. Aquí les enseñan a fortalecer sus valores, a potencializar sus habilidades sociales, a trabajar en equipo y a escuchar al otro con respeto. “A lo largo del voluntariado ves cómo el niño se empieza a transformar. Hemos tenido chicos que eran terribles y ahora piden por favor, dicen gracias, quieren estudiar una carrera”, cuenta orgullosa.
CREATIVOS. Durante las clases los niños usan témperas y pinceles para desollar su creatividad.
Sin miedo
Pero no fue fácil. Esta muchacha de 28 años tuvo que convencer a la población de que no se trataba de otra ONG con falsas promesas. “Estaban decepcionados. Tuve que tocarles mil veces la puerta para que vieran que no estaba mintiendo”, recuerda entre risas alguien que se ha convertido en el soporte emocional de los más indefensos. Tampoco sintió miedo al encontrarse cara a cara con los delincuentes. “Tuve que cambiar a diario de ruta para evitar conflicto, pero nunca me dejé intimidar. Siempre es más importante ayudar”, dice. Y es que en La Pinoteca le ha tocado ver casos que van desde el maltrato infantil hasta menores de seis años con VIH. Cuando le preguntó a uno de los niños por qué había faltado, éste le dijo que su cuñado le había pegado a su hermana y que tuvo que quedarse en casa para cuidarla. Aunque también es cierto que aquí muchos han encontrado razones de vida y esperanza. Ese es el caso de Nicole, que se acerca para contarnos al oído que ya decidió qué quiere ser cuando termine el cole. Esta futura cosmetóloga está en cuarto grado de primaria y es fanática de las matemáticas. La acompaña su amiga Maricielo, quien nos confiesa que no le gusta vivir en El Pino porque hay muchos rateros. “Pero si ellos te conocen y también a tus papás, no pasa nada. Solo le roban a los que no son de la zona, señorita”, agrega inocentemente Nicole. Cuando le pregunto qué hacen sus padres, se queda en silencio y se va. Antes de irnos se acerca para contarme que toda su familia trabaja en Europa, incluyendo su mamá. ¿Y tú, te quieres ir para allá?, le pregunto. “No”, responde firme. “Yo me quedo en El Pino”, dice.
¿TE INTERESA AYUDAR?
Requisitos:
Jóvenes entre 18 a 40 años.
Afinidad por los niños.
Compromiso para trabajar todos los sábados de 10 a.m. a 1 p.m.
Vocación de servicio.
Comunícate al 997-613040 o escribir un correo a voluntariado@afiperu.org.
PINOTECA
CIFRAS
8 premios ha ganado este proyecto social. Destaca el galardón Protagonistas del Cambio 2011 de la UPC.
30 son los voluntarios, entre educadores, sociólogos y comunicadores, que apoyan la causa de La Pinoteca.
450 niños han sido rescatados del trabajo infantil y de la violencia familiar.

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