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¡Chau Pepe. Nos vemos en el cine!

<strong>La última vez que Pepe visitó su tierra natal fue un año antes de su muerte. Era setiembre de 1995 y vino para ser agasajado por sus 50 años de carrera periodística, aunque tenía cierto temor, pues decía que los homenajes eran algo premonitorio. Tan solo pasó un año para que un infarto lo alejara -después de narrar 44 años ininterrumpidos- de la premiación más importante del cine mundial: El Óscar. Desde entonces han pasado 15 años y el recuerdo de aquel hombre persiste en nuestras memorias. Simplemente se hizo inolvidable.</strong> <img alt="pepe ludmir.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/huellasdigitales/pepe ludmir.jpg" width="480" height="440" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/>

La última vez que Pepe visitó su tierra natal fue un año antes de su muerte. Era setiembre de 1995 y vino para ser agasajado por sus 50 años de carrera periodística, aunque tenía cierto temor, pues decía que los homenajes eran algo premonitorio. Tan solo pasó un año para que un infarto lo alejara -después de narrar 44 años ininterrumpidos- de la premiación más importante del cine mundial: El Óscar. Desde entonces han pasado 15 años y el recuerdo de aquel hombre persiste en nuestras memorias. Simplemente se hizo inolvidable.

pepe ludmir.jpgA pocos días de cumplir uno de sus más grandes sueños: narrar en vivo y en directo la ceremonia del Óscar, el corazón victoriano de José Ludmir Grimberg lo traicionó un 12 de febrero de 1996. Al día siguiente, su muerte era noticia y estaba en las portadas de los diarios limeños. Había partido uno de los peruanos más queridos, lejos de su patria pero muy cerca de lo que él tanto amó: el cine. Un romance que empezó en su niñez y que con el tiempo se fue fortaleciendo hasta el final de sus días.

En su barrio de La Victoria nació su afición por el fútbol, pero también surgió su pasión por el cine. Aquel chiquillo no veía las horas para gastar sus primeras propinas en las funciones sabatinas y desde aquellas butacas empezó a conocer a las grandes estrellas de la época, con quienes años después, sin imaginarlo, conversaría como si fueran viejos amigos.

Ya de adolescente, y en una Lima muy diferente a la de hoy, esa en la que él vivía tranquilo y feliz, empezó su carrera periodística en una de las oficinas de una revista de izquierda, en la Plaza San Martin; “1946”, así era su nombre, el cual cambiaba con los años. Desde allí “tiraba pluma” sobre lo que más le apasionaba, el cine y empezó a compartir páginas con Pablo de Madalengoitia, Guido Monteverde, entre otros. “Todos fuimos autodidactas, y aprendimos la profesión empíricamente”, confesaría años después.

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En 1949, la televisión ya le hacía guiños. Pepe se convirtió en presentador de la empresa RCA Víctor. Sin embargo, en 1950 empezaría su camino al éxito. Por las tardes escribía en El Comercio y paralelamente conducía su programa “Pepe Mil y sus charlas de cine” en Radio El Sol. Al año siguiente, su estrella de la suerte brilló más que nunca al encontrarse con un joven Genaro Delgado Parker, quien se lo llevó, sin pensarlo dos veces, a su nueva emisora Radio Panamericana.

En su nueva radio y con 19 años encima, el flaco Pepe se convertía en 1951 en el primer periodista de América Latina en transmitir la ceremonia del Óscar, primero desde la radio y luego para la televisión. Con una grabadora y muchas ilusiones en sus maletas empezó a escalar peldaño a peldaño a punta de esfuerzo y talento.

El mismo año se casó con la norteamericana Martha Hilsenroth. “Una anticuchera, que habla muy bien el castellano” entre risas se refería así a la madre de sus dos herederos, Bruce y Sharon. En alguna entrevista contó que el amor surgió en Lima actuando en una obra de teatro. Desde ese momento caminaron juntos hasta que él cerró sus ojos para siempre.

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Sin embargo, con el tiempo fue presentador, conductor de noticias y hasta director del noticiero 24 horas. Corría el año 1972 y con un gobierno dictatorial a cuestas, las presiones se hicieron cada vez más frecuentes. No aguantó y renunció para luego emigrar a California, Los Ángeles, su segunda tierra. “Fue la época más difícil de mi vida”, detallaría años más tarde.

Su gran habilidad y la buena dosis de humor con la que entrevistaba a los famosos de Hollywood lo hicieron único e irremplazable. Era considerado por muchos como un “cazador de estrellas”. Además de cubrir el evento en el mismo lugar de grabación, fue el primero en traernos los detrás de cámara de cada película.

Como cuenta Ivan Márquez, uno de sus compañeros de trabajo y amigo: “Para el señor Ludmir era tan especial la entrega del Oscar, era como el Año Nuevo para los adultos o la Navidad para los niños. Una fiesta. La época más linda”.

Se sabía que después de cada ceremonia en Los Ángeles se iba a los estudios de grabación y allí armaba el programa para radio y televisión. No importaba si tenía que desvelarse, pues había que convertir las tres horas de ceremonia en una hora y media. Era allí donde se veía su mano maestra, cuando resumía en pocos segundos lo que había dicho el artista en varios minutos.

Luego, el martes agarraba a primera hora un vuelo para Lima y el miércoles a más tardar se transmitía la ceremonia, primero por Radio Panamericana y el domingo por Panamericana Televisión.

Durante 44 años su ritmo de vida corrió así. No paró desde que era el joven delgado de bigote negro y cejas pobladas ni cuando su figura mostraba algunos kilos demás, pendiente del sube y baja de su presión y con su poco cabello encanecido.

Pepe tuvo la suerte de vivir un sinfín de experiencias, por ello le plantearon la idea de hacer un libro sobre sus memorias, a lo que él respondió de manera modesta: “Prefiero que me recuerden por lo que hice y no por lo que conocí”.

Sin embargo, nos hubiera gustado tener en papel sus entrevistas con Peter Sellers en Hawái, con Burt Reynolds montando caballo, con Dustin Hoffman hablando de la posibilidad de hacer una película sobre un periodista como Pepe, que cubre las incidencias de este mundo, que conoce a los artistas tras bambalinas y crece junto a esta industria de sueños.

O su apuesta de un dólar con Silvester Stallone en el estreno de “Rocky”, cuando el comentarista le dijo al actor que su película iba a ganar el Óscar. Esa noche la película obtuvo el premio mayor y Stallone pagó la apuesta con un dólar autografiado.

Anécdotas que solo quedan en el recuerdo de sus amigos y familiares, y más aún de sus hijos, de los mismos que saludaba al final de cada transmisión con un “Chao Bruce, chao Sharon. Nos vemos en el cine”.

(María Fernández Arribasplata)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio

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