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La industria, Un día inolvidable, La jubilación...

 

Estimadas y estimados lectores, continuamos con la publicación de los relatos breves enviados por ustedes. Aquí algunos de ellos:

La industria, Un día inolvidable, La jubilación,  Letanías de marzo, Presencia vaciá, La cara del muerto, Sobre la persona, El desconocido inocente, Un deseo, Después de haber amado, Reunión familiar, Al fondo del mar, Melodía mortalmente pacífica y Celeste mía.

 

 

 

 

La industria

 

Es el séptimo día de lluvia de la semana, aparentemente nada ha cambiado, el tráfico sigue con su danza de rebeldía y las horas con su delirio de persecución. Es el séptimo día de encierro premeditado, mis problemas alérgicos son la excusa ideal para todo evento social, incluso el más necesario. Sin embargo, la sopa instantánea se ha terminado, ya es hora de salir a dar un paseo. Como en todo periodo experimental de aislamiento, los últimos  minutos son decisivos. He bajado las escaleras sin problemas ayudándome del paraguas y del pasamano, con una fuerza mental capaz de empujar las nubes grises lejos de la ciudad. Al llegar al último escalón se ha dibujado en mi rostro una sonrisa de satisfacción profunda. Aquella sonrisa, en lugar de tener una imagen cálida , estoy segura ,  transmite una imagen caótica de desesperación , en lugar de resaltar la belleza de mis ojos , la sonrisa anula todas las partes de mi rostro,  hasta el punto de parecer una horrible cicatriz de infancia con la que a pesar de los años aún no estoy familiarizada.  Estoy un paso fuera del edificio principal, algunas motocicletas siguen estacionadas, camino tarareando una canción y contando mentalmente el número de pasos , sin interrumpir ninguna de las dos acciones. Saludo a algunos vecinos  asentando la cabeza, a otros sólo  les ha bastado un sutil movimiento de ojos, casi un parpadeo.  El señor de sombrero,  fue el primero en entender el saludo,  pero  no sabe qué he dicho mentalmente para saludarlo, si supiera realmente  que sólo quería preguntarle por su esposa muerta, si a veces se comunica con ella entre sueños, o qué sé yo .  La lluvia va perdiendo intensidad .He cruzado la calle sin problemas , me he detenido asombrada frente a un charco de agua, me han dado ganas de reír a carcajadas después de ver mi rostro , igual de apagado, cualquiera pensaría que estoy muy enferma. Qué hipócrita soy, ni yo pensaría esto de mí, me veo demasiado bien para el estado metafísico en el que me proyecto. Ya no puedo dar otro paso más, me divierte mucho ver mi reflejo en el charco, mis manos se mueven, mis ojos se abren , quisiera desnudarme delante del charco o incendiar mis restos delante de una multitud que miraría asombrada, ni hablar de la experiencia sobrenatural para admiración de   turistas extranjeros. Los minutos pasan, algunos transeúntes me preguntan si vivo cerca del lugar, por mi parte trato de responder de un modo cordial, para evitar más preguntas innecesarias. En cualquier caso, uno se pierde para volver a encontrarse. Estoy arruinando a pisotones mi reflejo en el charco y una niña se detiene  a mi lado, mira mi reflejo y no se anima a preguntar el motivo de mi risa. Su madre se acerca para llevarla  a la escuela, tampoco sabe qué estoy mirando así que se queda mirando el charco después de sujetar a la niña, al siguiente segundo  se acerca el padre.  Al parecer, todos sentimos ganas de reír y lo evitamos, parecía el retrato familiar de algún pintor anónimo, donde todos los personajes son  extraños de sí mismos, reunidos al azar. El padre termina de comer una manzana delante del charco después que la madre y la niña se marchan a la escuela sin recuerdo de su imagen en el charco.  A semejanza de los espejos, los charcos también  exigen un momento de asombro, no a solas como en la mayoría de casos  sino en público,  a favor de la condición humana.

 

 

 

Nombre: ROSAKEBIA L. ESTELA MENDOZA

 

DNI: 46539840

 

 

 

 

 

 

 

Un día inolvidable

 

Baje corriendo las escaleras, salí a la calle y tome un taxi. Llegue, le pague 7 soles al taxista y baje. Toque   tu puerta, estaba un poco nervioso, no abrías, toque de nuevo, toque el timbre. Abriste la puerta, te colgaste de mi cuello pero no me besaste (tu madre nos observaba por una ventana). Cerraste la puerta, me cogiste  la mano, me pediste que te lleve a cualquier sitio y me dijiste que solo te importaba estar conmigo, el sitio daba igual. Caminamos hasta la avenida Ayacucho y subimos a la primer bus que paro. Conversamos sobre cualquier cosa, te reíste mucho, te dije muchas veces que te amaba y nos besamos desvergonzadamente. No sabíamos hacia donde se dirigía el bus y después de media hora me preguntaste divertida si sabía dónde estábamos, yo no lo sabía. Bajamos del bus,  me dijiste preocupada que estábamos en un sitio peligroso, yo te mire y te dije que nunca te iba a pasar algo a mi lado, me besaste, nos besamos. Paramos un taxi, subimos, le dijimos al chofer que nos llevara al parque Kennedy. Llegamos, pague, baje, sostuve la puerta, bajaste y  entrelazamos nuestros dedos. Caminamos, nos sentamos en un café, té mire, no podía dejar de ver tus hermosos ojos negros. Me preguntaste  si te amaba, acerque mi boca a tu oreja, te susurre que sí, porque eras mis amor, mi cómplice, todo y en la calle codo a codo éramos mucho más que dos. Me miraste con tus ojos enamorados, te dije que eran versos de Benedetti, tú me dijiste que no te gustaba mucho leer, yo te respondí que no importaba, que así podía susurrarte versos y decirte que eran míos. Me dijiste que era un tonto, pero que me amabas. Compartimos un helado de lúcuma, no porque no tuviéramos dinero o las ganas de comer cada uno un helado, sino porque en ese momento no éramos dos personas, ni mucho más que dos, éramos uno solo. Quería pagar para poder irnos, pero como el mesero no venía nos fuimos, no nos importaba nada, estábamos encima de todo. Te cargue, corrí, reías. Todo era perfecto, hermoso, bello. Subimos a un taxi, no hablamos, tu cabeza apoyada en mi hombro, cerraste lo ojos. Llegamos, pague y bajamos. Al frente de tu casa me dijiste que me amabas y que había sido el mejor día de tu vida, nos besamos, sacaste la llave de tu bolsillo mientras no besábamos, me empujaste despacio, nos separamos. Hiciste un gesto tan bonito como indescriptible, abriste la puerta y entraste a tu casa.

 

Este día hermoso, no se repetirá  nunca, ya que tampoco sucedió. Nos conocemos desde chicos. Estábamos en el mismo colegio, mas no éramos amigos. Pero un día cualquiera hablamos un poco, congeniamos y finalmente nos besamos. Me hiciste prometer que estaría contigo para siempre y me pediste que no hiciera algo, que consideraras terrible. Te prometí las dos cosas. Dos noches después, tome mucho e incumplí la segunda promesa. No me acuerdo, en qué consistía la promesa, ni me acuerdo que hice (estaba muy borracho), pero eso no importa. Lo que importa es que malogre la relación más corta y bonita que he tenido en toda mi vida. No me hablas hace dos meses, no respondes mis correos ni atiendes mis llamadas. Ayer  en un acto de desesperación, salí a la calle, tome un taxi a tu casa, me quede parado mirando tu ventana, subí a un bus y me baje en cualquier lugar, tome un taxi al parque Kennedy, comí un helado de lúcuma, y volví a tu casa para  ver tu ventana.  Mientras hacía todo esto imaginaba que estabas conmigo. Estuvimos juntos tan poco tiempo, que nunca te pude llevar a mi café preferido. Pero hoy lo hice, te lleve, aunque sea con mi imaginación, pero no importa igual lo imagine con tanta fuerza y amor que con el pasar del tiempo será un recuerdo mucho más importante que otros tantos recuerdos “reales”, pero insignificantes. Escribo querida, para sepas lo que hicimos ayer. Porque no importa lo que digas,  estuviste conmigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La jubilación

 

Despertó a las seis de la mañana, algo casi acostumbrado. Como todas las mañanas, trató de sentarse al borde de la cama y sintió el esfuerzo. Le dolía la columna, pero sabía que pasaría en buen grado cuando se pusiera de pie. Cuando lograra ponerse de pie.

 

Desgraciado dolor, venía desde hace años tras caer de siete metros al pisar un estúpido andamio que el contratista desclavó sin avisar.

 

Sí pues, entre la quinta y cuarta lumbar ya no había disco. La radiografía mostraba solo una “huacha” bien, bien plana entre las dos. Total, ya estaba acostumbrado.

 

Ya estaba sentado. El dolor amenguó alguito, y ahora pudo notar que le dolían las pantorrillas; como de costumbre pensó, “es la diabetes”. Igualmente, este dolor pasaría al ponerse de pie y empezar a caminar. Total, ya estaba acostumbrado.

 

Igual con el hincón del codo, que irradiaba todo el antebrazo. Se presentaba en invierno y como cada año, se prometió ir al traumatólogo. Sabía que no iría. Total, ya estaba acostumbrado.

 

Entonces pasó a pensar en la necesidad, o no, de levantarse, y como siempre, el pensamiento lo llevó hacia el tema de jubilarse o no, y como siempre, discutió consigo mismo los argumentos que, además de los propios, le trasmitían sus hijos o amigos o socios…

 

“Total, tengo 72 años, trabajo desde los 16, tengo 50% de “mi” empresa. Tengo esposa, con ella no he tenido un sí o un no desde que nos conocimos; compartimos alegrías, preocupaciones, cines, geniogramas, amigos, hijos de ella y míos,……, eso es el paraíso.” ¿Entonces?

 

“Como vas a aburrirte!”…. “Seguirás jugando tenis, puedes viajar, hacer el crucero ese, ir donde tus hijos en Europa y USA……………..”. Ahí se jodió la discusión; hijos lejos, ….nietos que ni  hablan castellano, que, hasta que nació la sexta, lo hacían “abuelo en el exilio” de cinco nietos ubicados a 10,000 km. Los hijos…… los nietos…..

 

Aun al borde de la cama, de repente vio claramente, como todas las mañanas, la razón por la cual no se jubilaba, no se jubilaría.

 

Vio todo ese tiempo libre que tendría. TODO ese larguíiisimo tiempo que tendría para pensar “¿Dónde la embarré? ¿Qué hice para que se fueran?” “…en tres años vuelvo”, (si huevón, van diez), “suerte que el tercero regresó por la mujer que lo miraba desde lejos (él también a ella), si no,  donde mierda estaría……”“¿Qué hice para que resultara así? ¿Dónde lo malogré? ¿Cuando me fui de casa? ¿Qué no los empuje hacia mi carrera? ¿Qué los dejé hacer lo suyo? ¿Qué los empujé a que vieran “como hay mundos distintos”?

 

¿En qué quedó la “serena ancianidad rodeado de los tuyos” si la mitad de “los tuyos” están tan lejos que casi no te conocen?. ¿Imaginan tener todo el día para pensar y nunca, nunca, lograr la mas mínima aproximación a una respuesta?

 

 

 

La columna ya no duele, las pantorrillas calentaron, el codo sigue hincando. Caminó lentamente al baño a pincharse las dos insulinas, desayunó pan y café con leche, luego gimnasia, ducharse, vestirse, una broma a su mujer, reírse juntos,…. después…por fin, a la oficina.

 

A esconderse detrás de los problemas de allá, detrás de informes mal redactados, de correos con problemas que medio gramo de cerebro resolvería,….pero que sirven de distracción,……toda una respuesta sin contenido, una pantalla. Total, ya está acostumbrado.

 

Ahí escondido, no se jubilará, trabajará hasta doblarse en cuatro  y esperará nomas que la diabetes, la válvula mitral que no cierra, la cuarta o quinta lumbar, o… simplemente la vejez, den el pitazo final y ya no tenga cómo ni para qué  pensar en nada.

 

 

 

Manuel Gómez de la Torre (pseudónimo).

 

 

 

 

 

Letanías de marzo

 

Al Kacharpari y durante toda la festividad a la Santísima Cruz de Marzo que dura el mes completo, viene el Supay, alto y eximio bailarín, a desbordar alegría y a robar mujeres. Me consta, en realidad, no es difícil reconocerlo entre la cantidad inaudita de gente que hace rebozar este pueblo olvidado el resto del año, el menos sagaz de nosotros sabe que el Supay viene a festejar a Ambo en marzo, juntamente a la oleada de turistas nacionales y extranjeros, que se fascinan, no cesan sus exclamaciones, sus arengas y mueren por tomarse una fotografía con el bailarín impecable que nunca se quita la máscara de cuernos puntiagudos y mueca de azufre, hay un danza dedicada a él y lo menos que se puede hacer es permitirle bailarla a sus anchas, ser el centro de atención y reír en este mundo, en esta yunga feroz, con el cielo que se cae a pedazos.

 

Todos nosotros lo sabemos, aunque tenemos un acuerdo tácito de silencio para no echar a perder los negocios de Ambo, pensamos, inocentes que tal vez la gente se asustaría y no vendría el próximo año, así pues todo Ambo resucita en marzo, los hoteles, las quintas, los bares, las calles se inundan de sol, de lluvia, es como si todo en el universo supiera que Ambo existe únicamente en marzo.

 

Lo que no todos saben, y en eso me diferencio del resto, es que algunos años, cada cierto tiempo, tal vez cuando los astros se alinean o en el año del gato según el brujo Merino, viene también su mujer, quiero decir la mujer del Supay y a ella si es muy difícil reconocerla, es casi humana, hay que ser muy observador y yo la vi.

 

La máscara de las jóvenes que interpretan la danza del Supay deja al descubierto la boca y el mentón. Ella lleva la fiesta en la sonrisa y su cuerpo habla misterios primarios,  yo era casi adolescente cuando la vi, tocaba la zampoña en los Sikuris “11 de octubre” y fue en el Kacharpari de ese año que me di cuenta que una joven se sacaba la máscara y tenía el pelo oscuro, alborotado como el cielo de este ande profundo. Luego de verla aquella primera vez, todos los años yo volví a danzar con los Sikuris esperando un signo en el aire. Cuando terminé la universidad aun seguía con mi enorme simpleza, pero aquel año la aparición regresó inmune al tiempo, esta vez puse más atención a todo su ser, me acerqué y sentí algo cálido, de pronto enfermo ya, toque el bordado de su capa y ella se volvió.

 

Algo debió ver en mis ojos, algo tal vez me hizo estremecer, una propiedad del mal aquí en Ambo, es ese cosquilleo en las manos, el temblor en la espalda, un hilo delgado de sudor a la altura de la nuca, pues no se le ocurrió nada mejor que quitarse la máscara y recuerdo su gesto sutil y la cicatriz breve de su mentón, estuve seguro entonces que el mal aquí es así, como una burla o como esas rosas negras que crecen en el límite de Ambo y Chinchao. Y al siguiente año volveré a danzar con los Sikuris para ver si por esas cosas que tiene los hados ella regresa, quizás un golpe de suerte quiera que la vuelva a ver, no cualquiera puede jactarse de haber visto tan cerca a la diabla mayor y menos el haber intercambiado con ella una mirada y un beso cauto, como el viento de cada marzo que espero.

 

 

 

Anali Ubalde Enriquez

 

DNI: 42675238

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presencia vacía

 

¿Qué se necesita para deshumanizar un mundo? Mi mirada omnipotente fija sobre el joven de cabellos grises. “Tael”, lo llamé múltiples veces mientras él caminaba sujetando una orden dejada caer por alguno de mis hijos, pero ni siquiera me notaba. Otro joven lo seguía, un pelinegro jefe del principal culpable de la deshumanización de aquel mundo.

 

-Juntar 10 colores y pintar la gran cúpula blanca –dijo monótono Tael leyendo la nota, su mirada vacía, como si no hubiese alma ni sueños en el.

 

El pelinegro, cuya orden era vigilar que Tael cumpliera con la suya, observaba como el chico acomodaba unos enormes recipientes llenos de colores, todo se encontraba indicado en la nota, hasta la forma en la que debían de distribuirse los colores. Con un pequeño y extraño pincel, los colores formaban una bella línea dirigiéndose directamente a este permitiéndole al joven empezar a pintar, como si de magia se tratara mientras una enorme escalera le permitía alcanzar la cúpula. Solté un suspiro y observe atento, los días pasaban y las pinceladas nos paraban pese a solo haber avanzado con un color. ¿Cómo pintar algo tan grande con aquello tan pequeño? “Insignificante” llegue a susurrar en algún momento empezando a preocuparme por el joven, algo había cambiado en el.

 

-Tu mirar es diferente… -le dije caminando hacia el, más no me miraba- ¡Hmph! ¡Detenlo! –le grite al joven pelinegro que se encontraba viendo fijamente lo pintado.

 

Ignorado por aquellos dos seres me encontraba, solté un suspiro y me acomode a lo lejos para continuar observándolos.

 

-Dante… quedo… ¿quedo bien? –pregunto Tael al otro chico para mi gran sorpresa.

 

Algo había cambiado y empezaba a hacerse notar. Levante la mirada observando lo pintado, un gran circulo celeste. Dante, el que se encargaba de supervisarlo, respondió con un leve gesto afirmativo pese a no entender, no procesar la pregunta de Tael. ¿Quedar bien? ¿A qué se refería con eso? Nunca había oído una pregunta como esa, los seres solían hacer el trabajo más no preocuparse de ver como quedaba, a fin de cuentas no podían sentir nada: felicidad, tristeza, melancolía, miedo, etc. Nada de eso era conocido en aquel mundo lleno de máquinas en vez de humanos.

 

Los días pasaban y el muchacho pintaba. Celeste, marrón y verde. Algo oprimía con fuerza el pecho de Tael. Violeta, rosa y amarillo. Dante no notaba que un brillo nuevo surgía en los ojos de Tael. Azul, naranja y… negro. ¿Qué necesidad de usar la falta de color para pintar una cúpula? Empezaba a notar las intenciones de aquella nota. Una risa empezó a resonar con fuerza en toda la ciudad blanca, Tael reía de forma escandalosa mientras movía el pincel de un lado a otro, notando como aquellas líneas se movían girando alrededor del chico. Sonreí de forma triste sabiendo ya lo que el sino le deparaba al muchacho. Dante no sabia que hacer, no procesaba, no entendía que hacia Tael ¿Qué era aquel sonido que emitía el chico? ¿Por qué escucharlo le causaba una opresión en el pecho?

 

-Falta un color, es hora de acabar con esto… –decía mientras le dirigía una extraña mirada a Dante.

 

Rápidamente empezó a pintar, ponía algo que antes no había en el. Empeño. El joven palidecía mas no se detenía. Apenas termino de pintar soltó un grito y cerro los ojos, desvaneciéndose. A lo lejos podía verse el cuerpo de un joven caer desde lo alto de una cúpula. Dante corrió hacia el cuerpo ya sin vida del joven que mostraba una sonrisa. ¿Qué se necesita para humanizar un mundo? Susurre ante la mirada de Dante.

 

 

 

Andrea Silva Coronado
DNI: 72694819

 

 

 

 

 

La cara del muerto

 

Eran las 2:30 p.m. cuando Fernando tocó el timbre de la casa de su compadre Manuel.

 

  • Necesito pedirte un favor: Ha fallecido el hermano de un operario y me ha pedido que lo ayude a enterrarlo. ¿Puedes acompañarme?Manuel, de inmediato aceptó. Era cosa de ir al velatorio, y luego al cementerio.Al llegar, no había capilla ardiente; encontraron, a un par ancianas, al hermano… y al muerto.El entierro sería en el cementerio El Ángel y Fernando pensó que no había tiempo que perder, dado lo avanzado de la hora.No había carroza contratada, ni ninguna otra persona más que pudiera ayudar al traslado.Después de vanos intentos, un sudoroso y obeso chofer de una destartalada camioneta, accedió a llevarlos. Al llegar a la puerta del cementerio quedaron  paralizados al leer una enorme pancarta colgada en el frontis:

    HUELGA GENERAL DEL SINDICATO DE TRABAJADORES

    El taxista les profirió un agresivo y altisonante reclamo:

 

  • Páguenme lo que me deben y llévense a su muerto, que tengo que seguir trabajando.Fernando pagó el servicio. Entre los cuatro descargaron el cajón y lo apoyaron sobre unos cilindros que se hallaban  cerca.Un letrero indicaba que el cementerio cerraba a las 6:00 p.m.Tomaron el ataúd, y lo llevaron sostenido con sus manos, pues como eran solamente tres, no podían llevarlo sobre sus hombros. El peso del bulto hizo que, luego de avanzar un corto trecho, tuvieran que bajarlo al piso.Un “rezador”, pasó junto a ellos. Al ver tan precario séquito, no se animó a ofrecerles sus servicios.  Fernando le preguntó por la ubicación del cuartel donde se encontraba el nicho que buscaban, y el “rezador” les señaló el fondo del cementerio.Cuando trataron de levantar el pesado cajón, no pudieron. No les quedó otra opción que hacerlo avanzar a punta de empellones que los tres le daban con los pies.

    De trecho en trecho se detenían para descansar, y, como en el rededor no había en qué sentarse, lo hacían sobre el ataúd.

    Al fin, agotados y angustiados por terminar su faena antes de la hora del cierre, llegaron al cuartel buscado.

    Al ubicar el nicho que indicaba el documento, se percataron de que se hallaba  en el cuarto nivel.

    Sólo faltaban 15 minutos para las 6:00 p.m.

    De pronto vieron, cerca de allí, a alguien que resultó ser un vendedor de flores de uno de los puestos de la entrada del cementerio, que se proveía de mercadería, recogiendo los ramos que los  familiares acababan de poner en los nichos de sus difuntos.

    Fernando le pidió ayuda. Felizmente el individuo aceptó colaborar.

    Apoyaron la caja en uno de sus extremos, para luego poder introducirla al nicho como corresponde, es decir, la parte de los pies por delante. Al inclinarla, se escuchó un golpe  dentro del cajón. Todos se miraron y coincidieron en imaginar que el muerto en ese momento… estaba de cabeza !!!

    Levantaron el cajón hasta que, al fin lograron introducirlo hasta el fondo del nicho.

    Acabada esta tarea, el providencial ayudante se despidió contento de haber podido ayudar.

    De inmediato se preguntaron:

 

  • Y la tapa, cemento y yeso para  el nicho?El hermano del occiso, les dijo que él se encargaría de completar la tarea al día siguiente.Llegaron a la puerta del cementerio, cuando comenzaban a cerrar las enormes rejas de la entrada. Eran las 6:00 en punto de la tarde.Manuel llegó a su casa, con la satisfacción de haber cumplido con su compadre y de pronto, se le ocurrió pensar

 

  • ¿Cómo habría sido la cara de aquel muerto?MIGUEL ÁNGEL AURELIO MURILLO ROMÁNDNI:           02627685 

     

    Sobre la persona

     

    Sobre la persona que decidió suicidarse el mismo día de su nacimiento porque no merecía que más de una fecha sirva para recordar tan poco. Cualquier año, qué importa. Sobre aquel que murió llorando, tendido en el piso, horas después de caer rendido. Cualquier día, qué importa.

    Se dijo no me hagas esto Iván y supo entenderse, supo de ese otro yo que encierra, de ese que a veces se presenta, más pronto que tarde. Ese que guarda dentro, a ese al que tanto teme. Teme a su vehemencia, teme a su fuerza, teme a su otro ser tanto como a los demonios. Tal vez sea un demonio Iván, tal vez.

    Siempre pensó que la muerte no tenía importancia, algún día llegaría, tal vez hoy, aunque tal vez tarde, llegaría, todo se acabaría y quizás así sería feliz. La felicidad absoluta puede parecer pasajera pero la verdad es que no existe. Pierde el tiempo uno buscándola, pierde el tiempo uno quejándose de lo que le falta para ser feliz, siempre habrá algo más que buscar y llegar parecerá imposible. Debía disfrutar la felicidad del instante, esa que pronto se torna dudosa y luego desaparece.

    Dejó sus sueños por una mujer, acomodó su vida para hacerla feliz y nunca lo logró. Yo siempre se lo dije, yo siempre estuve ahí. No lo culpo, por ratos parecía que estaba haciendo lo correcto. Actuar en confusión es difícil. Desde que la conoció la confusión se apodero de él. Peor después. Pasaba tiempo pensando echado en su cama y se preocupaba al hallarse ante esa ausencia de culpables que dificulta cualquier investigación.

    Vivía con ella en un departamento pequeño que tenía sólo una pequeña cocina integrada al comedor, un cuarto y un baño. La pasaban bien, cuando era necesario su cuarto se convertía en la sala donde recibían a los ocasionales invitados. Sus amigos lo visitaban pero siempre tenía la impresión de que se retiraban antes de lo debido. Algo pasaba y debían irse.

    No hablaba mucho de ella. Tampoco hablaba mucho con ella. Se llevaban bastante bien en la vida cotidiana. Los problemas venían con lo inesperado, con lo que se salía del libreto. A él le encantaba salirse del libreto, buscar lo inexplorado y revolcarse en ello. Los reproches los asumía con hidalguía, mesura o desinterés, dependiendo del caso.

    Nunca supo ocultar su confusión. Ella por ratos la enfrentó y por otros la ignoró, pero siempre supo que estaba presente. Ir a un psicólogo era una opción aunque creía que no necesitaba a nadie más en su cabeza. No era de esos locos que escuchan voces, él no estaba loco. A veces creía ser bipolar pero rápidamente lo descartaba.

    Creyó hacer lo correcto, a pesar de que él rara vez hizo lo correcto. Lo hizo para afuera, por dentro los demonios. Salir de ahí y salir de todo, de una vez, parecía ser una opción sensata. Actuar en confusión es una gran forma de tomar decisiones errantes, sin embargo, no le fue difícil tomar esta decisión. Necesitaba, un escape, empezar de nuevo o nunca volver a empezar.

    Tenderse en el piso era una fácil forma de tranquilizarse, llorar no lo era. Llorar solo alimentaba su furia y aumentaba su frustración. Se echaba en el piso y pensaba en la insignificancia de su ser y la de todos los seres por los que se preocupaba. Nada importaba y lo sabía, ella tampoco. Aún respira cuando sus lágrimas corren por su sien, humedecen sus patillas, corren alrededor de sus orejas, se pierden entre su pelo y caen suavemente hasta ser absorbidas por la alfombra.
    Diego Razzeto
    43343657

     

    El desconocido inocente

    Nadie sabía de dónde venía, ni quién era. No tenían la más remota idea de quién se trataba porque había llegado clandestinamente pese a una orden de captura en su contra. Tenía un paradero desconocido, pero siempre se hablaba de él, era el tema de conversación tanto en los cafés, los restaurantes, como también en otros lugares.

    La policía lo buscaba cielo y tierra acusado de un crimen que él no había cometido, pero que la justicia (a veces equivocándose) lo había encontrado culpable de homicidio calificado contra un menor de edad.

    Los testigos habían dado una descripción que no coincidía con los rasgos del supuesto asesino; otros por el contrario caían en contradicciones, y hasta daban una versión que inmediatamente la cambiaban, sin nunca dar una sólida al respecto. En realidad ninguno sabía cómo era y si nadie sabe lo mejor es quedarse callado.

    ¿Cómo es qué habrá llegado?- se preguntaban unos. Todos ignoraban el medio de transporte por el cual se había trasladado a esa ciudad. Lo que nadie sabía es que en el pueblo el supuesto homicida se fugaba por quinta vez, ahora contaba con la ayuda de dos policías que sobornó para que pudiera escapar y que todo saliera a la perfección.

    No fue un plan hecho de la noche a la mañana, sino paso a paso, en forma premeditada. En su pequeña celda cada día lo diseñaba, no cometía ningún error pero siempre fallaba, pensando en que algo andaba mal. Y sucedía que siempre había un delator que frustraba cualquier intento de fuga y cuando éste fue muerto como mueren los soplones fue más asequible fugar aunque eso sí siempre con dificultad.

    Finalmente después de la quinta intentona logra escapar con un puñado de cinco hombres quienes a las finales son reducidos por la autoridad policial. Sólo éste logra fugarse en medio de la confusión y el caos.

    Pero ocurre lo que yo llamo el síndrome de la libertad el cual consiste en que una vez recuperada la libertad (aunque en este caso se trate de una fuga) no sabes qué hacer, tratándose de una estadía larga en la prisión como en este caso.

    El hombre se encontraba en esos momentos entre regresar a la prisión porque tenía amigos y comida, o en huir y no mirar para atrás. Finalmente optó por este último, corriendo sin detenerse hasta llegar a una posada a donde había llegado en un estado deplorable, aunque eso no fue impedimento para que se le diera alojamiento y comida, tal vez porque creían en su inocencia, después que les relató cómo sucedieron las cosas. A pesar de su rostro tosco, de las cicatrices, del tatuaje en su brazo derecho, creyeron en su inocencia.

    Después de dos días continuó con su viaje porque no podía quedarse por temor a que en cualquier momento lo pudieran atrapar y para no correr el riesgo decidió que lo mejor era salir de ese lugar.

    Cuando llegó a la mencionada ciudad encontróse con que las personas rumoreaban sobre su venida, el crimen cometido contra un menor de edad, etc. Esto se sabía porque la ciudad era pequeña y todo se sabía desde lo que uno comía hasta la hora en que uno dormía.

    Pero él no podía ser el centro de la atención, tenía que seguir adelante  sin detenerse a completar su misión: demostrar a cualquier costo su inocencia pase lo que pase. Si era necesario morir por sus ideas de que él no era el asesino estaba dispuesto a darla sin titubear, sin dudar un solo instante.

    Lo demás es historia conocida…

     

    Gustavo Espejo

    DNI 43874839

     

     

     

     

    Un deseo

     

    Vuelo cincuenta y siete con destino a Paris, Francia

    Si por mí fuera, tomaría ese vuelo ahora mismo.

    Aun no puedo creer, que mi padre nos haya traído desde haya  hasta lima, ¿pero qué tiene de especial? ,

    ¡Ah si! Que los robos aquí, son a todas horas.

    Como sea de todos modos ya estamos aquí, papá y mi tío Carlos están subiendo las maletas a un taxi con destino a nose donde, pero qué más da, a donde nos lleve el viento.

    Y todo por un deseo, por estúpido deseo.

     

    ¿Café o jugo?

    Café, por favor

    Si café, necesito algo calentito y energizante para poder empezar con…

    ¿Qué vamos a hacer  nosotros en Lima, ma?

    Nosotras, cariño

    ¿Y papá?

    El vendrá después, cuando hayamos encontrado un lugar estable en donde estar.

    Pensé que ya lo tenías listo.

    No del todo Madison, es… complicado.

    OK.

    Después de todo es por mi culpa, por mi deseo, por mi estúpido deseo.

     

    Y todos vivieron felices para siempre…. Fin.

    Abrígate ,Ok hace frio.

    Pero no me dijiste que les paso a las hermanastras de cenicienta….

    Mmmm…., ellas…. Vivieron infelices para siempre.

    OK.

    Puedes dejar el cuento sobre el estante, pero ten cuidado aun esta medio roto

    Si….

    Abrígate, OK hace frio.

    Todo por un estúpido deseo

    ¿Qué?

    Eso es lo que siempre dices….

    Mmmmm…., si  buenas noches  Kassandra

    Buenas noches.

    Es verdad…. todo por un estúpido deseo.

    No hay más palabras que decir…. Tampoco historias que contar……

    Por muy lejos que estés amorcito…… ahí, ahí te encontrare….

    ¡Hey! Esa es mi emisora

    Pero es mi radio….

    Mmmm… ya.

    Hoy tienes que ayudar al abuelo en la  tienda.

    OK. Ahhhh antes mi abuelo no trabajaba, mi papa era el que se encargaba de todo en casa,

    Pero….. El ya no está, como lo extraño, bueno, no es momento para lamentarse  tengo que cambiarme para ayudar en la tienda.

    Ja, todo esto por un deseo, por un estúpido deseo…. El cual no debí pedir.

    Una noche de Lima  del 2004

    Pero no tengo sueño, papá

    Tu no pero yo si

    Papi….

    OK, entonces que quieres que hagamos

    Mmmmm…

    ¡Celeste! , mira….

    Que, ¡¿Qué!?

    Allá una estrella

    Ahh si, da a es de noche

    No, me refiero a esa de allá

    Entonces…ese fue el momento en que pedí mi deseo, justo en ese momento cuando la estrella cintilo dos veces, estaba consciente de lo que hacía. Sin embargo no me imaginaba que el destino se lo tomaría de esa forma.

    …..Deseo, deseo

    Que ya no pasen cosas malas en mi casa….

    Porque era verdad, hace no mucho en ese entonces mi mamá, nos dejó y se fue a vivir a Australia, mi abuela falleció, así que mi abuelo se vino a vivir con nosotros,…y….y……y más cosas…..el punto es que estaba tan triste que no se me ocurrió más que decir.

    Hasta que…, notamos que la estrella iba creciendo, y creciendo, o mas bien acercándose  a nosotros. Cada vez más…. Y…luego ¡BAM!  Choco  a lo lejos perdiéndose en el horizonte.

    Una luz verdosa  y brillante fue la que nos rodeó  , bueno , no solo a nosotros ,  al parecer toda la zona se veía iluminada por esta incesante  luz .

    ¿Papá? , pero no me respondía….

    ¡¿Papá?! , me estaba desesperando….

    ¡Nena donde estas!

    Aquella era Cayetana llamándome, pero no la quería a ella… ¡Donde rayos  estaba mi papá!

    ¡Aquí estoy!

    Intente dirigirme hacia la puerta, pero me tropecé con algo, algo que me hizo llorar horas de horas ¡Nena! , aquí estoy, me dijo ya jadeante mi hermana.

    Pero el, no le respondí sollozando.

     

    Valkiria Bravo Pizarro

    DNI 72419197

     

     

     

    Después de haber amado

     

    Cómo se siente pensar en alguien a cada instante, Yesenia, ¿lo sabes ya? Cómo se siente saber que nunca lo podrás olvidar, que rondará tus recuerdos por el resto de tu vida, ¿reconfortante? Bienvenida al mundo del realismo racional, Negrita. En adelante, habrás de tener la certeza de que nunca amarás igual. También fuiste echada del paraíso cursi, debes aceptarlo. Ahora lo calcularás todo. Eres adaptable como cualquier humanoide en desamor, y por eso pronto entenderás que el ritmo de esta vida está en función al causa-efecto y al costo-beneficio. Pero no te asustes, aquí también se puede ser feliz, aunque no como donde estabas; y solo de dos únicas maneras, solo dos:

     

    LA SIMPLOIDE. Tiene que ver con llenar rápido el vacío que sientes ahora en el pecho, y de verdad funciona; pero no te garantiza la satisfacción duradera. Sin embargo, importa recuperarse de inmediato ¿verdad?; ser feliz al lado de alguien; ser amada mejor que antes; vivir la vida. ¿Qué hacer entonces para lograrlo?: juerga por acá; besuqueo por allá, con un chico, otro chico (pronto aparecerá el indicado); darse cuenta que el varón es débil ante la sensualidad que provoca. Y como has estado busca y busca, de repente, aparece tu muchacho. Pero al contrario de lo que crees, él se impresiona más de tu aspecto externo. No te das cuenta de seguro, que ahora vistes provocativa y que tu comportamiento ha cambiado, pero hacia lo vulgar. Lo atrapas, sabes cómo hacerlo, y te prometes que no te van a volver a hacer la misma perrada. Él hace locuras por ti: te hace feliz. Pero no sabes, el actúa movido por embriagarse en tu sensualidad de cada noche; porque cuando lo captaste, primero activaste su lado instintivo. Por eso en algún momento se va a sentir hartado de ti. O tal vez tú antes de él, cuando caigas en cuenta de que nada más te quiere para satisfacer sus placeres. Y volverás al inicio de la búsqueda, al círculo vicioso otra vez, y algo se te irá corrompiendo en el pecho.

    LA PRUDENTE. Esta manera sí te garantiza lo duradero de la satisfacción; pero para ello debes hacer tuya las siguientes pautas:

    -         Adquirir buen temple.

    -         Desarrollar tu capacidad de observación.

    -         Fortalecer tus principios éticos.

    -         Tener bastante paciencia.

    Lo primero, para no andar lloriqueando por ahí, sino ser fuerte y entender  que si vuelves con tu “ex” el mal recuerdo devendrá en males como la desconfianza y los celos excesivos, que a la larga te impedirán ser feliz; te echaron del paraíso cursi, debes aceptarlo aunque parezca difícil. Por ello necesitas adquirir temple. ¿Recuerdas que me dejaste en una situación parecida años atrás? Yo no sabía cómo salir de la depresión; tú tienes estos buenos consejos. También necesitas temple para hallar la calma y así procurar explicarte por qué tanto cariño fue pagado mal y qué errores no debes volver a cometer.

    Lo segundo y tercero, para ser meticulosa con nosotros los varones y no dejarte embaucar con cariño falso. Pero no porque luego descubras que somos predecibles debes someternos, pues sería inmiscuirte rápido en la corrupción de favores. Principios éticos, recuerda.

    Tener bastante paciencia, la necesitas para la búsqueda de quien cumpla tus expectativas y sobretodo, cuando lo halles, para vengarte por el daño que te han hecho al corazón. No sabes cuanta es la satisfacción de que tu “ex” te vea de la mano con la persona que ahora amas de verdad, y no con quien buscaste rápido para suplantarlo.

     

    Tú decides: el amor ya no es cuestión de suerte.

     

    Autor: Doenits Martín Mora

    DNI: 46902931

     

     

    Reunión familiar

    La noche es tan parecida a la melancolía. Esa es la reflexión de Verónica al salir de sus clases  nocturnas. A sus cortos 15 años ha visto muertos a su hermano mayor y a su madre, además de ver  el proceso de perdición de su padre, el cual no soportó el dolor por las muertes y el alcohol lo atrapó. Para ella recorrer las calles de noche le es  familiar, no siente extrañeza al ver vacía las aceras y uno que otro carro pasar por la pista. Piensa que estar triste es un mundo parcialmente vacío, donde escuchar el poco ruido es como los ecos del mundo real al cual su mente ya no pertenece, al caminar lo hace sin ver alrededor, solo piensa en lo que siente y recaba en sus recuerdos melancólicos. Esa noche dijo que quería vivir su utopía: ser feliz, llegar a su casa encontrar a su madre y a su hermano sentados en la mesa junto a su padre sonriente y comer el estofado delicioso de su madre. Todo lo contrario, llegó a casa vio a su padre sentado en la  calle con una botella de ron, ingresaron a la casa y la encontró desordenada, fue a la cocina, abrió la olla y no encontró comida. Ese día decidió no comer y solo se quedó viendo a su padre, de sus ojos corrieron muy lentamente lágrimas y recordó sus últimos momentos de felicidad.

    Era invierno, pero había sol.  Escucho una voz, al abrir sus ojos vio una sonrisa: era su madre. Fuera de su habitación escuchó la voz de su hermano, estaba apresurado, tenía que presentar un trabajo en la universidad, su madre salió raudamente a servirle el desayuno. Cuando Verónica bajo, vio la cara de su madre con algo de molestia: su hermano no había tomado el desayuno. Ella tomó su desayuno y salió hacia la escuela. La mañana pasaba y se hacía más gris, su alma se acongojaba y no sabía porque. Tocó el timbre de la salida y en la puerta se encontró con la vecina, quien era muy amiga de su madre, la llamó y le siguió, al llegar a la puerta se detuvo ante ella, le toco el hombro y atinó a decir: tu hermano a muerto, su mirada se desvió y lo único que le salió ¿Cómo? La mujer respondió: el bus en el que iba a la universidad se estrelló contra un camión, murió instantáneamente. Ingreso a su casa, su  madre llorando descontroladamente, su padre no estaba. Los meses pasaron, las cosas en la casa al parecer estaban volviendo a la normalidad pero aún se sentía el vacío del hermano. Ahora al menos sus padres reían y le hablaban normal, ella también había recuperado el ánimo. Esa mañana, salió a la escuela, todo era normal, hasta que tocó el timbre, su cuerpo lo sentía extraño, al salir volvió a ver a la misma mujer, la llamó y se fue con ella, llegaron a la puerta y le dijo: tu madre ha muerto, la miro y preguntó ¿cómo?   La mujer sin mirarle le dijo: iba al mercado y unos maleantes le quisieron robar, ella se resistió y la acuchillaron, la mujer se fue. Verónica entro a su casa y vio a su padre llorando, tenía una botella de ron, corrió, lo abrazó y juntos lloraron.

    La puerta de su casa está abierta. Ella junto a su padre, llorando, vira su cabeza y ve su cuerpo colgando  y en el suelo una nota: “mamá, papá, hermano ahora les doy el alcance para volver a ser felices”. Verónica desapareció.

    Nombre: José Rolando Esteban Miranda

    DNI: 70193415

     

     

     

    Al Fondo del mar

    Fueron primero los collares, las pulseras, las pañoletas; después pasó a los aretes y todo tipo de alhajas. Finalmente también le molestaba usar reloj, ese inexorable tatuaje del tiempo llevado en las muñecas, dando paso en ella a mostrar las huellas en sus brazos; brutales culebras del daño auto infringido en algunos de sus viajes sin retorno al vacío. El hábito que cargaba sobre su decaído cuerpo pasó de ser el extravagante adorno a esa tela de caída sencilla que apenas tocaba su piel.

    Sin duda fue alguna vez, una mujer muy hermosa. Lo único que quedaba de sus mejores años era ese hasta ahora ineludible brillo en sus ojos verdes que a pesar de todo se negaba a consumirse, que su alma evitaba extinguir.

    Su cuerpo de cinco décadas las llevaba todas encima. Si alguna vez fue feliz, como una evocación efímera, hoy le es difícil de recordar. Pero sí que lo fue. Cuando él vivía, cuando él veía por sus ojos y se desvivía por ella. Es extraño que dos personas coincidan en el exacto momento del deseo, de la correspondencia precisa del amor, de llegar a unirse al amor de su vida y a ellos les pasó.

    Poco importaba que sus historias pasadas no encajaran para nada. Nada importaba lo poco que tuvieran en común, que ella perteneciera a lo que los espíritus ordinarios gustan llamar “de otra condición social”. Irrelevante que él fuera 30 años mayor. Lo primordial era la trascendencia que encuentran las almas gemelas que al fin se hallan en la vida más tarde o más temprano.

    Su historia fue la de aquellos felices matrimonios que casi no existen.  En ese impenetrable enlace  no entraban balas. Burbuja idílica. Los codiciosos hijos de él nada podían hacer por deshacer el idilio por más que trataran, rumiaran y se consumieran en su propio odio. La “chola interesada, vividora de mierda que solo estaba detrás del dinero de nuestro padre”, no sabía de esas nimiedades y bajezas del alma humana en medio del romance, en medio de tanta felicidad.

    Pero como la vida es solo el camino que conduce ineludiblemente a la muerte, el idilio murió. Precisamente él fue quien murió junto a ella una noche cuando su corazón decidió que ya estaba bueno de tanta vida. Después de los únicos casi cinco años en los que ella fue verdaderamente feliz.

    No le fue difícil a los hijos de él despojarla de todo y lanzarla a la calle a dónde de acuerdo a su juicio, ella pertenecía. La calle se ensañó con ella como si se tratara de su peor enemigo. Destinada ahora a deambularla, se topó con todos los vicios habidos incluida la prostitución carnal para sobrevivir. Bajando la cuesta de los desatinos y la insensatez, su cuerpo empezó a abandonar su mente, su propia alma quizás.

    En el proceso de la disociación, ese amasijo de piel y carnes que envuelven huesos y órganos empezó a transformarse mostrando a la luz todas las heridas y cicatrices que la vida se había por fin encargado de perfilar en su piel desde el momento que ella viera la luz, a punto de tanto errar, a golpe de tanto sufrir.

    Algún recóndito sendero en su mente, algún pasaje secreto, recordó sus días felices con él en el mar. Finalmente en la fina arena terminó por deshacerse de todo atavío que le resultara insoportable, y se deshizo de esa tela de caída sencilla que apenas tocaba su piel y se adentró en la mar seducida por las inmensas olas, desahuciados como están los locos a vivir en la absoluta libertad.

     

    Susana Luna Victoria Montes

    DNI 10058605

     

     

     

     

    Melodía mortalmente pacífica

     

    En medio de una eterna oscuridad, un conjunto de velas originaba un camino casi curvilíneo. A lo lejos, se apreciaba una pequeña silueta blanca escasamente alumbrada. Lenta y misteriosa, avanzaba poco a poco hasta que, inesperadamente, se detuvo. Fijó su mirada hacia abajo: una de las velas apenas daba un brote de luz. Mágicamente, en su mano izquierda, apareció una filosa guadaña; en la otra, un reloj de arena. Ya sabíamos de quién se trataba: la muerte.

     

    En una habitación cálida, el músico, pensativo y tranquilo, plasmaba sus melodías en papel. Interrumpiendo su tranquilidad, apareció una escena tétrica: una silueta blanca acercándose por su ventana sin tocar el piso. Cada vez iba más rápido. El músico no supo de qué o quién se trataba hasta que vio un instrumento filudo saliendo de ella. Su piel se tornó pálida, realmente pálida, y se refugió detrás de su hoja de papel como si eso lo fuera a salvar de la muerte. Velozmente, la tiró y se dirigió hacia la ventana. La cerró. Se escondió bajo la mesa; luego, detrás del ropero; finalmente, dentro de él. Con los nervios al límite, echó un vistazo hacia la ventana y la vio acercándose hacia la puerta principal. El músico, enseguida, se encerró en el armario. La puerta principal se abrió acompañada de un sonido muy agudo, casi agonizante. La muerte ingresó a la casa y, sin tocar el ropero, lo abrió. Sigiloso, el músico salió de él y caminó hacia la puerta de salida con un sombrero gigante cubriendo su cabeza pensando pasar desapercibido. Volteó hacia atrás: no vio a nadie. Retornó a su escapatoria y se llevó una mortal sorpresa: la muerte estaba al frente de él. Preso de pánico, se dirigió hacia la ventana del cuarto de al lado decidido a escapar. Reunió sus instrumentos musicales: quería llevárselos consigo. Fugazmente, corrió hacia la ventana abierta más próxima, pero se cerró. Mejor dicho, la muerte la cerró. El pobre hombre, sin esperanzas de poder escapar, se quedó en su sitio.

     

    El tiempo comenzó a correr en el reloj de arena. El músico acomodó sus valiosas pertenencias. Tocó suavemente unas pocas cuerdas de su violonchelo, acomodó otro, y empezó a crear suaves melodías con su trompeta. La muerte, contemplándolo fijamente, quedó envuelta en ellas. Dejó su guadaña en el aire al igual que el reloj de arena y atrajo un objeto de madera para sentarse. Miró el reloj: iba a terminar su ciclo. La muerte lo reinició sin pensarlo: deseaba tener más tiempo para apreciar ese sonido encantador. El músico hizo una breve pausa para continuar con su clarinete. De pronto, se detuvo de nuevo. La muerte se levantó cogiendo el reloj y la guadaña, automáticamente, de forma amenazante. El hombre, mirando el tiempo faltante en el reloj, prosiguió. La música, esta vez, se tornó más vivaz. El pie del músico acompañaba el brillo y la intensidad de la tonada. La muerte le dio vuelta a su pieza preciada: el instrumento que medía el tiempo.

     

    Ella, cautivada y fascinada, levantó el velo que envolvía su rostro. Sus ojos oscuros y hechizados, que daban directamente hacia el músico, se dieron cuenta de que el reloj de arena había terminado su ciclo. Cogió su guadaña y su reloj; se tapó la cara, y se desvaneció en la habitación al compás de la musicalidad.

     

    Antes de marcharse por el mismo camino, prendió una vela más alta que las demás y continuó su rumbo. La muerte, satisfecha, se desvaneció poco a poco hasta llegar a ser esa sombra blanca inicial para ser parte del fondo oscuro sin fin.

     

    Katherine Fiorella Flores Yañez

    DNI 71888549

     

     

     

     

    Celeste mía

     

    Sorbiendo un café oscuro y sobrevaluado, con la actitud gélida como la de un cuervo o la de alguna ave carroñera, observaba a su alrededor el anciano.

    Entrompaba los labios para beber porque el líquido negruzco en su taza humeaba de lo caliente, pero así le gustaba a él. Incluso sus quejas al quemarse los labios o la lengua eran parte del encanto ritual del café por las tardes.

    Ya habiendo sacado sus propias conclusiones sobre las noticias con sólo leer los titulares en el diario, no le quedó más que aguardar. En las demás mesas exteriores no había mucha gente ni razón para quejarse. Y no poder quejarse era tal vez la situación que más lo irritaba. Don bilis, le decían sin que él lo supiera.

    La esposa lo había abandonado después de haber sacrificado su paciencia durante cuarenta años, esperando, la cándida, que esos arrebatos cascarrabias de su esposo se aminoraran con el avance del tiempo hasta llegar a desaparecer. A sus hijos varones, hasta por teléfono se les hacía un padecimiento una simple conversación con su padre. No significaba esto que no sintieran cariño por él, sino que les era sumamente difícil hablarle o estar en su compañía y no terminar deseando un relajante alejamiento.

    Celeste se llamaba la única persona que aún lograba verlo casi a diario sin sentir deseos de ahorcarlo. Se hacía un tiempo después de sus horas con su esposo y con sus hijos para visitar al solitario anciano. Conversaban, almorzaban juntos a menudo, hasta salían a tomarse un café varias veces por semana. Celeste, esa tarde, no aparecía por ningún lado. Con semblante arisco y murmurando quejas, el viejo buscaba con sus ojos antiguos a su única hija y ella nada de llegar.

    La lengua le dolía de lo caliente que seguía su café, mas esto no era motivo para detenerse. Ojeó su reloj y ya había pasado un cuarto de hora y ni luces de Celeste. Los quince minutos se convirtieron en treinta. Ya no había café en la taza y en el establecimiento nadie se atrevía a acercarse a preguntarle si no pediría algo más, pues la mirada del anciano advertía con indudable claridad que no estaba para esas tonterías. Mejor era dejarlo en paz. El frío se aunó a sus motivos para refunfuñar. Los treinta minutos llegaron a una hora. Rojo de la cólera, pagó el café dando toda la impresión de que en cualquier momento ladraría a cualquiera o mordería al que se atreviese a dirigirle la palabra.

     

    Sus ojos antiguos ya no le permitían manejar su auto y no existía chofer que durara tres días a su servicio, motivos por los cuales sólo se movilizaba en taxi, como ahora que tomó uno y se marchó.

    Mientras los últimos e inclinados rayos del sol se colaban por la ventana del auto, el viejo se preguntó:

    ¿Estará molesta? ¿Será que mis reclamos de ayer por mi ropa mal planchada y el exceso de sal en mi comida la hayan afectado tanto y por eso no ha venido? Sí, ya sé que lloró mucho, pero luego dijo que estaba bien… Ahora que recuerdo mejor, esas fueron las últimas palabras que me dijo. Y fui yo quien propuso tomarnos un café hoy… Sí, ella sólo asintió sin palabras ni ganas.

    Después de estar sus pensamientos callados por unos minutos,  aceptó sin dudas y en voz alta:

    -No volverá… ella tampoco volverá.

    En aquel instante, después de años y sólo por pocos segundos, su entrecejo fruncido desapareció y algo húmedo en los ojos antiguos del anciano desdibujó los colores de la tarde.

     

    Piero Duharte

    DNI 80215284

     

 

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