ARROZ CHAUFA EN PAR
Por: Ernesto Apolaya Canales
«Anda al chifa», me dijeron cuando quedaba poco tiempo antes partir hacia París. Hoy, luego de haber pasado años intercalando domingos de pollo a la brasa con domingos de chaufa y wantan, cumplo siete meses sin pisar uno. Según el horario que me impuse desde que llegué a Francia, los lunes hago las compras; los domingos, la lavandería; y los sábados, limpieza del hogar. Nunca pensé que pasaría más de veinte lunes buscando un poco de kion.Varias madrugadas en Lima las pasé con Gonzáles y Cheng, sea haciendo maquetas o bebiendo, pero siempre hambrientos. Cheng hacía gala de sus ancestros y preparaba arroz chaufa en dos minutos. Recordé eso mis primeros días y compré salsa de soya, hice la tortilla, el arroz, y ¡voila!, el resultado fue una mazamorra de sillao. Tuve otro fracaso más con el arroz chaufa y dejé de intentarlo pues no me podía dar el lujo botar euros convertidos en arroz. Recordé todos los años de mi niñez en que me repetían que la gente no tiene qué comer y que daría lo que sea por ese lomo saltado que estaba botando. Si bien decir que no tengo qué comer es una exageración, existen días en los que daría mi vida por un lomo saltado.
Estas vacaciones decidí que había llegado el momento de saldar mi deuda con el arroz chaufa. Caminé mil cuadras hasta encontrar cebolla china, descubrí (disculpen la ignorancia) que el kion que nunca encontraba se llamaba jengibre, compré salsa de soya y me dispuse a finiquitar la Operación Dragón. Fue un éxito de taquilla. Para celebrar invité al grupo de amigos de siempre (cinco meses) y al nuevo (una semana) a mi hogar pasando de un arroz frito a una cena para ocho. Sucede que en París, todo avanza a pasos de gigante.
Con los amigos de siempre fuimos esa semana a una conferencia del arquitecto español Iñaki Abalos. Abalos es un gran arquitecto y todos estábamos felices de poder ver sus proyectos. En cambio su telonero, el arquitecto australiano John MacArthur habló de un tema que si me lo hubieran anunciado quizás habría llegado tarde. Mr. John habló sobre el pintoresquismo, habló de Civilia, de Collage City y de otros movimientos distintos y desconocidos para mí que él relacionaba según la perspectiva de las imágenes. Aproximaciones urbanas que parecían diferentes pero en realidad, explicaba él, sólo se planteaban unas vistas desde arriba y otras vistas de frente; vertical y horizontal. Y esa noche el telonero se llevó todos mis aplausos.
Saliendo de la conferencia, Susana, la colombiana, pidió mi opinión sobre una pareja de amigos. Le dije que la niña era mucho lomo para tan poco arroz. A Susana le cuesta comprender por qué siempre la comida es una metáfora para el peruano. Creo que toda mi vida parisina se podría reflejar en mis avances con la cocina: de llegar sin saber absolutamente nada y pasar por días frustrantes y difíciles, días de botar el arroz; he aprendido a desenvolverme con comodidad, saber dónde comer, pasear, comprar la cebolla china y cómo decir kion. Me acostumbro a la relatividad del tiempo francés: las personas que conozco cinco meses siento que las conozco toda la vida y al grupo de franceses y francesas que conocí en un bar los invito a comer a mi casa luego de diez minutos de plática alcohólica.
Hoy me preguntaron si me gustaba la vida en Paris. ¿Qué es vivir en Paris?, me pregunté y al instante vinieron a mi mente los Campos Elíseos, el caviar, la champaña y mil cosas que me hicieron pensar que yo no vivo en París sino que sobrevivo. Pero luego me di cuenta que, como dice Mr John, todo depende de la perspectiva de las imágenes; de cómo son tus sueños y tus pesadillas. También existe lo inesperado, aquello que va más allá comprar en los Campos Elíseos, de leer a Bryce en el Bosque de Vincennes o mirarme la cara en el Salón de los Espejos de Versalles. Inesperadamente naif como un triunfo frente al arroz chaufa o preparar una cena para amigos nuevos y de toda la vida. Y en muchos casos, el París telonero se lleva todos mis aplausos.

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