Sin fútbol en Colorado
Más que escribir sobre una anécdota o una gran experiencia, quisiera escribir sobre una gran frustración. Como buen peruano, tengo al fútbol en mis venas. Siempre he vivido al máximo los éxitos de mí querida crema y los del equipo de todos. Pocas veces en mi vida me he emocionado y gritado tanto por un gol como con esos Chorrigolazos (mis preferidos: el que le hizo a Uruguay en el 97 y el que le hizo a Paraguay en el 2000), y pocas veces he sentido una decepcionante amargura como la que me produjo aquel trágico 4-0 en Santiago. Desde que empecé a ver fútbol me identifique con la U.
Recuerdo deleitarme de niño con los goles de Baroni y Nunes, pasando por el imparable “Toro” Cantoro, la elegancia de Grondona, la rapidez de Paolo Maldonado y la poca técnica (aunque mucha vitamina H) del “Puma” Carranza.

Como verán, yo nunca tuve la maravillosa oportunidad de disfrutar de la época de oro de nuestro querido fútbol. Mi padre, siendo él tan culto en materias futbolísticas, se dio cuenta que nuestro fútbol estaba en caída libre y que yo no tendría la oportunidad de disfrutar (por lo menos en un futuro cercano) de buenos partidos si continuaba viendo nuestro alicaído campeonato descentralizado.
Por eso, sabiamente me formó el buen hábito de ver fútbol español todos los sábados en el 4 y fútbol italiano todas las mañanas en el 13. Desde esa época me hice hincha del Barcelona. Conocí lo que es un buen partido de fútbol cuando el Barça le metió 5 al Real Madrid en el Camp Nou. Me hice hincha de Romario, Stoichkov, los hermanos Laudrup, Zubizarreta y Pep Guardiola entre otros.
El cable llegó a mi casa en 1996, pero no descubrí la Champions League hasta 1998 con la final entre el Madrid y la Juventus, aquella que definió magistralmente por Mijatovic. Todo era perfecto porque si no me gustaba algún partido del campeonato apertura, cambiaba de canal y me ponía a ver el fútbol español o el argentino. Tenia fútbol hasta para embriagarme.
Todo cambió repentinamente con la oportunidad de venir a estudiar a Estados Unidos. Yo muy cándido y contento (aunque por supuesto también triste) me subí al avión si saber que esta decisión me alejaría inevitable e indefinidamente de una de mis grandes pasiones como lo es el fútbol. No sé como será en otras partes de este país, pero aquí en el estado de Colorado no he visto hasta ahora una cancha de fútbol, fulbito ni futsal. Es más, ni siquiera he visto un parque en donde poner 2 piedras pichanguear con la gente.
Los gringos tienen el descaro de llamar al deporte rey por otro nombre: soccer. Lo peor es que la gente aquí no vive el fútbol. Lo que ellos conocen como “Football” ni siquiera lo juegan con los pies, sino mayormente con las manos, y es tan complicado de comprender que lo único que he aprendido hasta ahora son las reglas básicas que son correr con el balón y tacklear al adversario.
Lo más patético de este asunto es que el que está verdaderamente desesperado por respirar fútbol se hace voluntario para enseñarles a niños de 5 años a dominar el balón por algunas horas. Aunque la chamba te puede dar cierta satisfacción (rodeado de las populares “soccer mom”) por el progreso de la chiquillada, no se puede comparar a una pichanga de cuatro horas con la gente del barrio o con la gente de la promoción de tu colegio.

Me entristece no poder ver jugar a mi querida U, especialmente ahora que muestra signos de vida. Pero lo que siempre me desesperó y frustro fue el no poder ver las eliminatorias para Alemania 2006 por lo incondicional que soy con la selección. Gracias a Dios, a través de internet he podido escuchar los partidos. Lo que más recuerdo de estas eliminatorias fue estar 2-2 jugando en Lima contra Ecuador y escuchar la desesperación y rabia en la voz de los narradores y comentaristas después que el “Cóndor” Mendoza se falló aquel gol. Me dije que no podía ser tan malo, pero estaba completamente equivocado. Meses después, de visita por Lima, tuve la oportunidad de ver esa jugada y unirme a la crítica de casi todo el país.
Aquí en el estado de Colorado los que no gozamos de cable no tenemos la suerte que pasen fútbol español o italiano, ni siquiera en cadena sur. Me entero de la situación de nuestro fútbol por medio de los diarios en internet y del europeo gracias a UEFA.com. Estoy tan alejado del fútbol que ya ni sé cuál es el equipo titular de la U. Nunca he visto jugar a Drogba, Ballack o Schevchenko por el Chelsea. Me perdí de la despedida de Zinedine Zidane del Madrid aunque por lo menos los gringos si pasaron el mundial (y eso que lo pasaban a medias por señal abierta) así que me pude ganar con aquel cabezazo a Materazzi. Lo que si no tiene perdón es que tan solo he visto jugar un partido a Ronaldinho por el Barcelona en ya casi cuatro años que tiene en el club. Sencillamente descrito, una situación muy triste.
Nunca me imaginé que la oportunidad más grande de mi vida me iba cortar uno de mis grandes pasatiempos y pasiones. He aprendido que nada es gratis en la vida y que todo beneficio tiene su precio.
Para los que me llamen dramático les digo que si algo tienen los gringos que envidiarnos a nosotros es el hecho que el fútbol nos une en multitudes. No importa si eres blanco, cholo, negro, arequipeño, limeño, tacneño, pobre o rico, el resultado es el mismo: nos olvidamos de nuestras diferencias y prejuicios y nos unimos en un solo grito y en una misma pasión para alentar a nuestro equipo.
Eso rara vez se ve por estas latitudes. Es precisamente esto lo que me frustra (porque no existe aquí) y una de las cosas que más extraño de mi país: esa facilidad que tiene el fútbol para desbordar pasiones y sentimientos. Eso y el sentarme en el sofá de mi casa los sábados y domingos (comiendo mi rico ají de gallina con Inka Kola) a disfrutar de un buen partido de fútbol por televisión.
César González Fernández
Colorado, EE.UU.

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