Pelear en el extranjero

Imagen: www.comic.org
Con un inglés de puntaje TOEFL aceptable (~300) puedes desenvolverte con relativa soltura en cualquier país de habla no hispana. Por ejemplo, puedes regularizar tus documentos en las oficinas de migración, negociar el alquiler de un departamento, buscar trabajo, tener conversaciones coloquiales, asistir a clases universitarias e inclusive escribir una tesis. Al principio como que todo te lo tienes que pensar un poco pero con el tiempo logras expresarte con mayor naturalidad.
Ahora, problemas pueden surgir cuando te encuentras en situaciones en las cuales tu Yo racional tiene dificultades para guiar tus palabras y actos. Por ejemplo: estás algo bebido y quieres contar un chiste, quieres enamorar a una chica local con frases menos huachafas que “I must be dead because I see an angel” o “we Incas are good lovers”, pero en lo personal, creo que la dificultad mayor se presenta cuando te enfrascas en una discusión acalorada o en alguna pelea.
Recuerdo el chifa de mi barrio en Magdalena (¡se me acaba de antojar una sopita wantán!). No fueron pocas las veces en las que palomillas se daban a la fuga sin pagar y el dueño, lleno de furia, los perseguía mientras propalabas insultos en un español que sonaba bien chino. La escena resultaba muy graciosa a pesar del mal momento que estaba pasando mi querido y añorado cocinero.
Una situación similar me ocurrió, pero con un resultado un poco distinto.
Radico desde hace unos años en Bélgica junto a mi pequeña familia. La tranquila ciudad en la que habitamos se llama Leuven (o Lovain en francés), la cual es famosa por su universidad: la Universidad Católica de Lovaina (KUL, siglas en neerlandés), por cuyas aulas pasaron, entre otros, el actual presidente del Ecuador, Rafael Correa.
Bien, mi esposa y yo nos encontrábamos en una noche fría de noviembre acurrucados en el sofá, vistiendo pijamas y sandalias después de haber puesto a dormir a nuestro hijo. Mientras veíamos televisión, acariciaba la barriguita de mi esposa para hacerle cariñitos a mi hija que nacería meses más tarde.
De repente escuchamos un griterío en la calle que se hacía cada vez más intenso. Salgo a la puerta y veo que dos jóvenes de unos 20 años golpeaban a un muchacho que se encontraba tirado en el piso. Mientras los vecinos salían por sus ventanas y llamaban a la policía, yo me acerqué a disuadirlos y pedirles que paren.
Uno de ellos vino hacia mí con una cara de loco e instantáneamente me di cuenta de cuáles eran sus intenciones. Siempre he sido un tipo más o menos pacífico, en parte por mi naturaleza y en gran parte porque no sé pelear. Más allá de dos conatos de bronca en el colegio (esos en los que sabes que tus amigos te van a separar y acto seguido te pones a gritar “¡suéltame que lo mato!”), nunca más me vi envuelto en una.
Efectivamente, el tipo me asestó un golpe en la cara. A partir de ese momento el tiempo se hizo lento y como en las películas, recordé, cual aprendiz de monje Shaolin escuchando a su maestro: “todos sentimos miedo, mi pequeño Saltamontes, la diferencia entre un cobarde y un valiente es cómo reaccionas ante ello” y PLUM, misma serie de Batman, le devolví un golpe más fuerte abalanzándome sobre él. No sabía si estaba siendo valiente o estúpido. Entre puñetes y patadas, parte de mi mente se encargaba de rebuscar en mi pequeño repertorio de insultos en inglés y disparaba un “motherf…!!!!”, “asshole!!!”, “fu… redneck!!!” y unos pocos más.
Créanme, es difícil pelear en inglés por más Guns and Roses o Eminem que uno haya escuchado. La idea es amedrentar con insultos, no cantarles “get in the ring”.
En eso, el otro agresor me agarra por atrás y veo que mi esposa buscaba algo con qué pegarle. Eso me dio miedo porque ella es de esas peruanas que no aguantan pulgas y pensé que si se proveía de una botella o de algún otro objeto contundente mi segundo agresor iba a terminar en el hospital y ella en la cárcel. Felizmente solo encontró un pan baguette y una botella de Coca Cola de plástico en el suelo que pertenecía al primer agredido, quien, dicho sea de paso, se refugió detrás de mi esposa mientras ella diezmaba el baguette en la cabeza del agresor número 2.
Yo ya estaba caliente, me enfurecí por la agresión, por ser agredido, por ver que podían atacar a mi esposa embarazada y que encima de todo eso, ¡tenía que defenderme en otro idioma! Ah no, dije, me saqué la chompa (mis lentes salieron volando por los aires), boté las sandalias y mismo peleador de barrio empecé a golpearlos (es mucho decir, ya que la mayoría de los golpes terminaron en el aire) y a insultarlos con un repertorio que los cómicos ambulantes quedarían horrorizados cual beatas en concierto de perreo. Entre que hacía mis “fintas”, soltaba frases como: “rec… tu m… ahora ponte valiente pé ca… de m….” y no continúo para no ofender a la audiencia.
Por lo visto, un peruano furioso puede causar miedo y no gracia. Los tipos se asustaron y mi primer agresor con cara de palteado me preguntó: “why do you beat me?”. Esa pregunta, totalmente surrealista en ese momento, me enfrío y solo atiné a responderle: “because you started”. Mientras tanto, la gente había salido de sus casas, la policía llegaba y los tipos al ver los problemas que se les venían se dieron a la fuga. Yo empecé a sentir el frío de la noche (estábamos alrededor de los cero grados) y comencé a recoger mis cosas: me puse mi chompa, busqué mis lentes debajo de los carros, me puse de nuevo las sandalias mientras sentía que mi mano derecha y pié izquierdo empezaban a hincharse. Lo peor de todo era que mi vecino es policía y en todo esto solo atinó a llamar a sus colegas por teléfono y recién salió de su casa luego de que los agresores se fueron. Para colmo, cuando dio su declaración, se describió como el gran héroe. Yo ya no quería pelearme más, ni en inglés ni en ningún otro idioma así que ya no dije nada. Felizmente todo esto no pasó de ser algo anecdótico y las hinchazones no duraron más de 3 semanas. Hoy sigo siendo el mismo tipo tranquilo de siempre y espero no tener que volver a pelearme, menos en extranjero.
P.d.- Conclusiones que pude sacar de esta experiencia:
Pelear en otro idioma es difícil.
Una diferencia entre un buen peleador y un mal peleador (como yo) es la efectividad, es decir, mayor número de golpes que dan en el objetivo.
Einstein tenía razón: cuando las cosas pasan rápido, el tiempo se dilata.
Francisco Rosas, Bélgica
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)