La pérdida de un ser querido

El día miércoles 20 decidí faltar a la escuela para aprovechar la mañana completa y poner calificaciones en el sistema electrónico. La verdad es que no avancé mucho con eso, pues estuve leyendo publicaciones por Internet (llámense blogs, recortes deportivos, correos electrónicos de los compadres, programaciones culturales -conciertos- para las siguientes semanas, calendarios de Monty Python para comprar, y buscando el segmento del pasaje Dallas-Miami que aún necesitaba para llegar a Lima en marzo) y siguiendo el consejo de mi amigo y colega Héctor (“ráscate bien la panza”, me había dicho). Fue precisamente él quien me sacó de la nula concentración con su llamada entre la 1 y las 2 de la tarde.
- Juancito, ¿cómo va todo mi pana? (mi ‘bro’ es de Caracas, por si no lo mencioné).
- Bien muchachón, acá tranquilito. ‘Hueving’ en el sentido estricto de la palabra.
- Mira, J… te llamo porque acabo de recibir notificación de algo demasiado delicado y sobre lo que la escuela está tratando de averiguar más…
- ¿Algún problema con nosotros?
- No necesariamente… pero es algo que me ha descompuesto por completo. El papá de Yesenia ha fallecido hoy en un accidente de auto.
- …
- Y no sabemos los detalles, pero la tía ha venido a llevarse a la niña. Estamos a la expectativa.
- Héctor, esto no puede ser… no es justo…
Yesenia es una de las criaturas más hermosas e inocentes que he conocido en mi vida. Su rostro, su dulzura, su natural simpatía, su sentido del humor y su cariño hacia mí pasaron en cuestión de segundos ante mis ojos mientras tenia aún el celular en la mano. Además, empecé a temblar cuando recordé inmediatamente su veneración hacia su padre, un honrado y buen ciudadano salvadoreño casado con una adorable señora mexicana. Efectivamente, no es justo que la vida de un hombre de 39 años, sostén de su familia, imagen eterna de sus 2 niñas (mi alumna de 11 primaveras y su hermanita Janet, de 6) sea arrebatada de un segundo a otro por la imprudencia de un conductor de camiones pesados.
Inmediatamente llamé a la viuda (feliz idea mía -aunque le parezca repudiable a la mayoría de educadores amigos míos- la de tener TODOS los números de teléfonos de mis alumnos en mi celular… y viceversa, puesto que ellos me pueden llamar cuando quieran). Sabía de antemano que no respondería, pero cumplí con mi intención de reasegurar mi apoyo tangible e incondicional en cualquier cosa para lo que pudiera ser útil. Las horas pasaron dejándome melancólico el resto del día. Comí una hamburguesa en Wendy’s antes de dirigirme a la escuela en la que laboro por las tardes, y ya allá, recibí una llamada de la consejera de mi campus para volver a darme la noticia y pedir mi sutileza frente a ella.
Al día siguiente, Yesenia no estuvo en mi salón. Como no es una situación anormal que un estudiante falte, hicimos la clase de la mejor manera. Siempre, claro, con la expectativa de que alguien de la familia se comunicase con nosotros. Los chicos se fueron a sus casas a las 2:45 p.m., como cada día, y 25 minutos después recibí una llamada de Francelia, otra alumna de mi grupo.
- Mr. Carpio, ¡ya sé por qué Yesenia ha faltado!
- ¿Qué es lo que sabes, Francelia?
- Su papa se ha…
- Escúchame por favor, ¿ella te ha llamado?
- ¡Sí! Hace un rato.
- Aunque te parezca raro, te voy a pedir que por favor no comentes esto con nadie, excepto con tu familia, y no llames a los otros estudiantes.
- OK, maestro.
Igual esperaba el reguero de pólvora y suponía que las noticias malas se extenderían rápido.
El viernes por la mañana la pequeña Salma se acercó a mi escritorio con Francelia para decirme que ella también sabía lo que había pasado. Luego de que les repetí encarecidamente mis instrucciones de silencio, me fui a la mitad del salón para dirigir la primera actividad del día. Pasó esa media hora que se acaba a las 8:30 a.m. (hora en que van a sus clases de música, arte o educación física dependiendo del día de la semana) y los ordené para que formen filas en los pasillos. Entonces, abro la puerta… y allí estaba ella, acompañada por su tía.
Sé que la pobre quiso pasar desapercibida, sé que traté de decirle solamente “buenos días, Yesi” (aunque se me hizo un nudo en la garganta). Sé que la tía la trajo porque la situación en casa era insostenible e inconsolable y mi alumna necesitaba estar fuera de toda esa presión y distraerse un poquito. Sé que era yo el que había pedido prudencia a quienes me habían participado de su preocupación… pero claro, el asunto fue que las niñas también sabían mucho. Solo recuerdo a Kenia, Francelia, Salma y Vanessa abrazándola sin decirle una sola palabra… y Yesenia estallando en llanto.
Intenté dirigirme a la tía en décimas de segundo para: 1) reafirmar mi compromiso con la familia, 2) asegurarle que había hecho lo correcto al traerla a clases, y 3) rogarle que regrese más tarde con la información sobre los arreglos funerarios que correspondían en el momento. Mandé de una manera delicada, pero cortante, a todos a sus clases especiales y llamé a Yesenia, quien se tiró en mis brazos sin parar de llorar. “Te hemos extrañado mucho ayer”, es lo único que creo haberle dicho.
- You know that I love you so much and I would do anything in this life for avoiding you this pain, baby.
- Yes, Mr. Carpio.
- Y nada de lo que yo te diga va a cambiar las cosas, pero quiero que tengas presente que tu papi no querría que estés triste y el mismo vendría a secar tus lágrimas como supongo lo ha hecho muchas veces, ¿no?. El amor que siempre ha sentido por ti es muy grande. Recuerda que eres la hija mayor y tu mamá necesita todo tu apoyo, ¿sí?
- Ok.
- Acá somos muchos los que te queremos, Yesi. A propósito, ¿has tomado desayuno?
- No.
- ¿Tienes hambre? (sonriendo) ¡Hoy me han traído algo que se ve muy bueno!
- (Sonriendo también). Sí, tengo un poquito de hambre.
Nunca he agradecido en silencio tanto a Kenia antes. Otra de mis estudiantes salvadoreñas me había traído esa mañana dos tamales hechos por su mamá y que estaban “bien ricos, Mr. Carpio. Ojalá le gusten”. Una rápida parada en la cafetería para proveerme de cubiertos, otra más donde Ms. Lewis (quien tiene su negocio caleta de Coca-Colas en su salón) y ya estábamos listos para saborear cada uno un tamal. Eso sí, metí la pata al comentar si le gustaba la comida salvadoreña, sabiendo de antemano solo la mitad de la respuesta. “Sí me gusta mucho porque mi papi siempre nos trae”.
Aquella tarde hable con la mamá por teléfono y me dio los detalles que necesitaba mientras trataba de consolarla un poco. La noche del sábado me acerque a las 8 p.m. a la iglesia católica en la que velaban el cuerpo y llegue justo cuando todos se trasladaban a otro templo (esta vez bautista) pues en el primero no se permitían las amanecidas. Pasé algunas horas con la familia completa, hablando mucho con Yesenia -más calmada ya- y tratando de alegrar esta vez a Janet, quien es la más afectada. Es más, les pedí un favor muy especial y fueron tan buenas que me lo hicieron.
- Niñas, a mí no me gusta comer solo y mañana estoy antojado de ir al McDonalds. ¿Ustedes creen que le podríamos pedir permiso a su mamá para que me acompañen a almorzar como a las 2 p.m.?
- Síiiii, gracias Mr. Carpio.
- Gracias a ustedes. Entonces nos vemos mañana (realmente debí decir “más tarde” porque me fui después de la medianoche).
El domingo llegue a las 2:30 p.m. (raro en mí llegar tarde, ya sé) y supe, por boca de la comadre de la señora que las chicas habían estado todo el día entusiasmadas porque “su maestro las iba a llevar a comer”. La mamá de Yesenia y Janet nos dio su permiso y en mi carro, cuyo espejo derecho destrocé hace tres viernes por cierto, llegamos a la tierra de Ronald McDonald (“Nice car, Mr. Carpio”, dijeron antes de subirse).
Pocas cosas me alegraron tanto como verlas con un apetito tan bueno. Dos combos de sándwich de pollo y mi BigMac desaparecieron en cuestión de minutos. Luego, helados para ambas y una conversación bastante alejada del triste episodio.
Al poco tiempo me fui a mi casa dejándolas un poquito contentas (no las dejé en el McDonalds, por si acaso). Conozco a Yesenia desde hace 3 años y, aunque esto no es justo, tenemos que aceptar que la vida sigue y a todos nos golpeará mucho o poco en algún momento.
Hoy ella no vino porque el entierro era a las 10 a.m. En pocas horas espero verla de nuevo… y haré todo lo que esté en mis manos para que esa sonrisa tan preciosa que tiene se mantenga todo el tiempo que sea posible.
Juan (Jota) Carpio, Estados Unidos
(Escrito el martes 26 de febrero del 2008)
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