Sobreviviendo en el Reino Unido

Foto: Mark Connell
Cuando me mudé a Inglaterra, poco después de casarme con mi novio inglés, a quien había conocido en Barcelona (donde yo vivía), pensé que todo iba a marchar viento en popa y que aquella decisión que habíamos tomado había sido sin duda la mejor para los dos, pero para mi mala suerte no fue así. Yo, una peruana de 29 años que hacía 7 había llegado a España en busca de un futuro mejor y había pasado por un duro proceso de adaptación, me encontraba nuevamente en la misma situación en Inglaterra.Nada más pisar suelo londinense me empecé a sentir extraña, pues veía a la gente diferente en todos los sentidos y además hablando en inglés, idioma que yo hablaba, aunque no de manera fluida. Anteriormente ya había estado de vacaciones en Europa pero jamás pensé que me quedaría a vivir en un país en el que se habla otro idioma y en el que la gente es completamente distinta a la latina. Eso no era para mí. Sin embargo, mi esposo, que ya masticaba su español, sonriente me tomó de la mano y me dijo: “Tienes cara de asustada, no te preocupes por nada, todo estará bien”. Yo solamente le sonreí y realmente esperé que fuese así.
Después de salir del aeropuerto tuvimos que abordar un tren y recorrer un camino de aproximadamente 1 hora para llegar a lo que supuestamente sería nuestro primer hogar, un pueblito ubicado en las afueras de la ciudad de Cambridge en el que lo primero que pude divisar al salir del tren fueron arboles, plantas y animales por todos lados. “Dios mío, dónde estoy”, pense casi aterrada. “Esto es el campo”, volví a decirme mentalmente.
Mi esposo, a quien yo tanto amaba y por el cual había hecho el sacrificio de mudarme de España, no dejaba de abrazarme y hacerme sentir como en casa. Empujando ambos nuestras grandiosas maletas, salimos de la estación para encontrarnos con mis suegros, quienes nos esperaban ansiosamente (en especial mi suegro) para llevarnos a su casa. Mi martirio recién había comenzado, y se me llenan de lágrimas los ojos al escribir esto…
Mi esposo, creyendo que era lo mejor para nosotros hasta que ambos encontráramos trabajo, me había llevado a vivir a la casa de sus padres, en un countryside (esto es el campo), lejos de la ciudad y de la modernidad, y donde solo podías desplazarte en coche. Y aunque tengo que decir que los ingleses hasta en el campo son muy avanzados, cada día que pasaba, yo me desesperaba por volver a Barcelona, donde había vivido muchos años.
Él encontró trabajo en su profesión a la segunda semana de nuestra llegada. Eso fue muy bueno y me llenó de alegría, pues me dio la esperanza de poder marcharnos pronto de esa casa en busca de la nuestra, pero lamentablemente tuve que esperar un par de meses para que esto sucediera, y digo que fue lamentable porque mi suegra tenía un carácter muy especial y ya empezaba a agobiarme con sus intromisiones en nuestra vida de pareja. Yo no salía de esa casa todo el día y forzadamente tenía que estar con ella y aguantarla hasta que mi esposo regresara por la tarde de trabajar.
Por otro lado, mis intentos por encontrar trabajo eran fallidos, casi nadie me quería a tiempo completo y si me daban trabajo, era de cocinera o de mesera en algún restaurante aburrido del pueblo. Ya se imaginarán cómo se puede sentir una profesional trabajando en esos oficios y lejos de su país. ¡Qué ironía de la vida!
Me sentía encerrada en una casa de campo. Solo podía escuchar a los cuervos graznar y ver a los conejos saltar de un lado a otro, a los erizos caminando por las puertas y a las ardillas subiéndose por los arboles. Tal vez más de uno piense que tenía suerte de estar allí porque la naturaleza es hermosa, pero definitivamente eso no era para mí. Nunca fue así, yo siempre preferí la ciudad al campo durante toda mi vida, incluso cuando vivía en mi hermosa ciudad de Trujillo. Yo me sentía un bicho raro, y muchas veces quise echarme para taras, dejarlo todo y volver a España, pero no podía hacer eso pues quería pasar la prueba de adaptación, perfeccionar mi inglés y sobre todo, hacer feliz a mi esposo. Estaba pensando en todo menos en mi… (Continuará en una próxima entrega)
Señora Rose, Inglaterra
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