El dejo se pega, pues

Sé que algunos que ya me han oído o leído contando historias sobre el dejo y el acento, dirán que soy un pesado por volver a tratar el asunto. Pero el tema sale en foros, comentarios y discusiones, así que traigo aquí la polémica: ¿por qué muchos peruanos perdemos nuestro dejo y adoptamos el habla del país al que emigramos? ¿Por qué hay peruanos que no lo hacen y a pesar de vivir muchos años en otro país siguen hablando como si hubieran llegado hace dos días?
Habrán notado ustedes que me incluyo entre los peruanos que perdieron el dejo. Sé que a alguno le parecerá una osadía que venga a contar esto en Yo también me llamo Perú. Pero no voy a pedir disculpas. Tengo un par de pretextos. Llegué joven aún a Madrid, cuando por aquel entonces en la ciudad eran pocos los latinoamericanos y me tuve que buscar la vida entre españoles. Y luego está mi pasado limeño. Mi vida allí era un continuo cambiar de acento.
Sabemos que en Lima se habla de muchas maneras. Muchas. ¿Por qué? Que si el barrio, que si la familia, que si los estudios… en fin, la capital del Perú es una maqueta del país y como a muchos limeños, a mí me tocó crecer con diferentes formas de hablar. En primer lugar, el habla mi familia piurana con sus superlativos imposibles, su buenasazo y su grandisísimo, su guá y su lisureo. El habla de Piura, sencilla y cantarina, sin tanta vaina de florituras. Sin cojudeces, que dirían los piuranos. Luego estaba el habla de mi antiguo barrio de Lima. Mis amigos del barrio hablaban con los requiebros del criollismo, con su cachita cachacienta. Por mi madre. Hablaban como la letra de los valses. En mi colegio se hablaba diferente. Era el habla de la clase media limeña. Después, ingresé a la Universidad Católica y allí me encontré con el habla culta de los profesores y el habla pituca de buena parte del alumnado. Antes de emigrar a España, mis días en Lima transcurrían en un continuo cambio de formas de hablar. Podía empezar el desayuno con una sabrosa conversación norteña –ni que fueras de Yapatera, guá- con algún piurano de paso por Lima, pues la casa de mis padres era el alojamiento oficial del familión de Piura. Luego, al salir a la calle, si me encontraba con algún amigo del barrio, la plática iba en tono criollazo: -“Cómo estás pe comadrito ¿qué tal? a ver si nos arrimamos unas chelas…” -“Y no va a ser”. Luego, al ir a la universidad, apretujado en el Cocharcas tendría que soltarle al cobrador un: “¡Oe choche dame mi vuelto, pe!”. Luego, al entrar a clase, había que cambiar totalmente de registro, el profesor podía señalarme con el dedo e interrogarme: Usted, ¿Díganos qué elementos aprecia en la sentencia de la aplicación del principio tuitivo? Por supuesto, había que contestar con el mismo tono, como si uno hubiera redactado la resolución judicial: “Este…, el principio tuitivo puede apreciarse en la valoración que hace el juez de los hechos alegados por el demandante…” Saliendo de clase me encontraba con las chicas lindas de Letras y les contaba -haciéndome el interesante- que estoy leyendo un libro “súper bacán, existencialista, ¿manyas?”. Ellas, además de bonitas eran muy distinguidas, pues venían de esos colegios tan pitucos que les enseñaron en inglés hasta la leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo. Y con ese bagaje, claro está, estas chicas tenían otra forma de hablar. Eran incapaces de mantener una conversación sin incluir palabras en inglés y francés, pues no encontraban en castellano la palabra precisa para su sonrisa perfecta. Ellas dirían que no es para tanto, que es una forma de hablar muy cool, un poco bizarre, pero sin ser naif, para expresar su verdadero feeling. Ustedes me entienden… ¿no?
Con esa esquizofrenia cotidiana de acentos y dejos, dejé el Perú y sus contradicciones. Corrían entonces tiempos de barbarie y no se veía un final a tanta tragedia. En cuanto terminé mis estudios en la PUCP, hice las maletas y emigré a España. Para seguir estudiando.
En Madrid, me esperaba la resaca de las celebraciones del año 92, un triste otoño y una crisis económica al caer. Había que adaptarse lo antes posible al cambio de vida: trabajar, sacar adelante la carrera y aprender a hacer en casa todo lo que uno nunca hizo en Lima. En esa adaptación, aprender el habla de Madrid era fundamental ya que al llegar uno se encuentra con muchas palabras nuevas y palabras conocidas con otro matiz. Para empezar, el papeo: al refrigerio se le dice almuerzo, al almuerzo le dicen comida y a la comida le dicen cena. No hay lonche. Hay merienda. En la Universidad los ciclos son cursos y los cursos, asignaturas. Los papayas son chollos y los trancas, chungos.
Iba a clase por las tardes y me puse a trabajar por las mañanas. Encontré que el lenguaje de los oficinistas también tiene muchas diferencias. Los problemas son pegas y los problemones son marrones. Los sobones son trepas, ya que sobones se les dice a los melosos. Pero lo meloso es pringoso. Y los que trabajan de más son pringados y los que se escapan son escaqueados. La chamba es el curro y los buenos trabajadores son currantes.
Buena parte de mi trabajo consistía en llamar por teléfono para ofrecer servicios de banca y seguros, por lo que tuve que asimilar la terminología española muy rápidamente, manteniendo mi forma de hablar de peruano. Eso me hizo incurrir alguna vez en una situación que desató la carcajada general en la oficina. Sin llegar al caso de una amiga de Lima, que entró en una administración de Lotería en Madrid, y le soltó a la lotera: “me da una polla, por favor”; me ocurrió algo igualmente bochornoso. Una mañana temprano, apareció la jefa –una rubia estupenda de muy buen ver- muy estresada, diciendo que tuviéramos cuidado de no decirle ninguna tontería por que venía con ganas de echarle la bronca al primero que encuentre. Y yo en vez de responderle con un comprensible –yo me escapo- le solté un peruanazo “yo me corro”. La jefa blanquísima se puso roja como un tomate mientras mis compañeros de oficina se reían a carcajadas. En cuanto vi la cara de estupor de la jefa, recordé que algo así se decían Antonio Banderas y Victoria Abril en una escena de sexo de una película de Almodóvar. En ese momento comprendí que había hecho un rochesazo. De película. Y es que correrse no quiere decir salir corriendo. Felizmente la jefa terminó riéndose al ver mi cara de compungido pidiéndole disculpas.
Tiempo después mi vida dio otro gran cambio. En mi familia, además de piuranos, también hay españoles. Me presenté a los parientes que no conocía y uno de ellos me dio trabajo en su empresa. Además de mejorar económicamente, aprendí mucho en ese trabajo. Mis parientes españoles, castellanos cerrados, fueron los que empezaron a darme la lata con lo de la ce, la ese y la zeta. Entendí que tenía sus ventajas pronunciarlas diferenciadamente. En Madrid todavía éramos pocos inmigrantes y si uno en el bar pedía un tercio de cerveza pronunciando: un “tersio” lo más probable es que el camarero te hiciera repetir tres veces el pedido hasta que conseguía entenderte. Pronunciar castellanamente facilitaba que a uno le comprendieran, pero seguía sin enterarme de toda la película. El habla de Madrid se sazona siempre con frases hechas, algunas de ellas difíciles de entender. Hay hasta diccionarios de frases. No faltaron los malentendidos cuando tuve mi primera novia madrileña. Cuando ella se molestaba mucho conmigo me decía enfurecida: “Javier, que te den morcilla”. A mí me encanta el embutido y no entendía su recriminación. Comprendí que ella lo decía molesta de verdad, cuando averigüé que una antigua forma de envenenar a los perros era con eso, con morcilla.
Con los años uno termina hablando raro. Después de haber pasado tantas horas estudiando una carrera o trabajando en una oficina, uno cambia la forma de hablar. Nos pasa a muchos. Hablamos con un acento que no es el de Lima ni el de Madrid. Un acento de ninguna parte, que algunos confunden con el de las Islas Canarias. Pero que tampoco es de allí, donde ya me han dicho, como en Lima, que tengo acento peninsular. Y en la península notan que uno es de fuera. Con todo, la peruanidad es como un sentimiento obsesivo que no se desvanece nunca y los peruanismos vuelven a aparecer tan pronto uno se emociona y de repente se suelta un ¡carajo! muy sentido. Como solo sabemos decirlo los peruanos.
PD. Soy consciente de que ahora vendrán peruanistas recalcitrantes con críticas severas por hablarles de mi dejo de ninguna parte. Pero esta entrada no va dirigida a ellos. Lo que me interesa es conocer la experiencia de los compatriotas que emigraron a países de habla hispana o con otra población hispana ¿Se les pegó el dejo? ¿Adaptaron las nuevas palabras? ¿Cómo fue eso?
Javier Távara, España
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