Una peruana en Afganistán
Salí del Perú en el 2005, al terminar la universidad, rumbo a París. Al cabo de un año y medio en Francia, mi esposo veía realizado su sueno dorado y yo mi mayor preocupación: ir a Afganistán.
Debo confesar la gran ignorancia en que me encontraba respecto a este país: tenía miedo… qué miedo, ¡tenía terror! Pensé que tenía que utilizar la burka, que no iba a poder trabajar nunca, que viviría encerrada en mi casa y sin derecho a salir, que si hablaba con cualquier otro hombre que no fuera mi esposo iría a la cárcel, que tendría que esconderme para que las bombas no me alcancen….. nada de eso era cierto.Llegué a Kabul en abril del 2006, cubierta de la cabeza a los pies por un velo negro que solo mostraba mis ojos. Mi esposo, que había llegado a Kabul un mes antes que yo, no me reconoció, es más, lo primero que me dijo fue “¿por qué te disfrazaste?”. Efectivamente, para la mayoría de personas en el aeropuerto, yo estaba ridículamente disfrazada. Camino a mi nueva casa miraba todo con una especie de miedo/curiosidad. ¿Qué tal me pareció Kabul? Me pareció tremendamente azul, una suerte de mezcla de Villa El Salvador y Áncash, por las casas en los cerros y las enormes montañas detrás. Los tanques y los hombres armados no me daban temor. Mi papá dice que seguramente era porque llevaba la época del terrorismo en mi inconsciente, que como lo había visto cuando era muy niña, ahora lo percibía como algo normal.
Ahora llevo más de dos años en Afganistán. He tenido la dicha de conocer casi todo el país (con excepción del sur), llevo una vida privilegiada considerando las circunstancias, trabajo manejando campanas de comunicación. No voy a decir que Afganistán es un paraíso (lo triste es que podría serlo). He vivido momentos infinitamente felices al lado de amigos extranjeros y afganos, he podido conocer de cerca la realidad de las mujeres en Afganistán, he podido comprobar que teorías sobre democracia no funcionan en ciertos lugares. Los afganos son la gente más amable y más valiente que he conocido. Diferencias culturales, ¡claro que hay!, muchas veces me parecieron catastróficas algunas de sus costumbres, así como les parecieron catastróficas algunas de las mías. Desafortunadamente, Afganistán no siempre se muestra azul como el día en que llegué. Así como he pasado momentos hermosos, también he tenido que soportar la pérdida de amigos, secuestros y la constante amenaza de atentados.
Seguramente se preguntarán qué hacemos acá, y más de uno dirá, “en vez de ayudar a gente por ahí, debería ayudar a su propia gente”. Mi aterrizaje en Afganistán se debió a un sueño ajeno, el de mi esposo. Este año diremos adiós a este país y tomaremos otros rumbos, otros lugares, pero Afganistán quedará en mi eterno recuerdo como, efectivamente, el país de los extremos: extremo frío, extremo calor, extrema amabilidad, extrema violencia, pero sobre todo, extrema belleza.
Xaviera Medina de Albrand, Afganistán
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