Un gran partido de fútbol en Bahrein
Animado por su pasado futbolero en el Perú, un compatriota se animó a jugar un partido en el lejano reino asiático de Bahrein. De pronto, casi al final del encuentro y cuando estaba a punto de anotar el gol de honor que iba a maquillar una estrepitosa derrota… un suceso inesperado obligó a la paralización del juego.En medio de un pique me quedé sin aire y al tratar de respirar comencé a mirar alrededor y no sabia si estaba en el Sinchi, la Pascana, el Híper o el Parral en Comas. Se me vino a la memoria un partido de fútbol que jugué para el equipo de mi mejor amigo, el ‘Chato’. Estábamos en una cancha cerca al parque zonal Sinchi Roca. Yo era el arquero e impresioné a la gente del equipo contrario —y a los de mi equipo— con mi vestimenta que parecía de un jugador profesional. Recuerdo que empatábamos 1-1–me había comido un gol en el primer palo—y casi se arma la bronca en el segundo gol porque cuando salí a cortar la pelota alguien me cargó en el área chica. Fui a reclamar al árbitro, el que tenía una voz muy suave y debía medir 1.50 m y pesar 40 kilos. Lo miré fijamente a los ojos y le dije que se retracte o lo paraba de cabeza. Se intimidó muy fácilmente y anuló el gol. La barra contrincante nos quería matar y estaban en su derecho, el que me había cargado no había sido un jugador contrario, mi propia defensa me cargó o quizás yo choqué con ellos.
De esa cancha me acuerdo mucho del poste de luz que estaba en una de las bandas. He visto a más de uno chocarse de frente con ese poste cuando iba como caballo de carrera para sacar un centro. Los huecos de la cancha eran espectaculares, parecía que estábamos jugando en la luna, los futbolistas tenían que driblar a los oponentes y a los cráteres. Supuestamente era de pasto, pero un 80% era mala hierba, aunque no nos podíamos quejar porque la cancha del Híper era 100% polvo. El olor era muy bueno, cada vez que me tiraba aparatosamente para atajar una pelota, podía oler el culantro o el perejil que crecía en el área chica.
Ahora ya no tapo, trato de hacer un poco más de ejercicio jugando en otra posición. Aunque quiero creer que soy muy veloz, que he mejorado en mi toque de pelota, que mi técnica se ha desarrollado con el paso de los años y que debería estar jugando por Alianza Lima, tengo que aceptar que todo eso es quimera y pura fantasía—como dice la muy conocida canción—, la conexión entre mi cabeza y cuerpo está rota o dañada. Así que no soy tan rápido como pienso y mis pases o movimientos son muy descoordinados.
¡Debo estar loco!, ¿Cómo dejé mi laptop, mi billetera, mi anillo de graduación —que me regalo mi mamá, uno de oro con un rubí muy lindo— y mi Rolex—el verde de colección por los cincuenta años del modelo submarino que usó James Bond—en mi carro?. ¿O cómo vine en auto?, quizás debí venir en tricicholo. ¿Pero a quién le dejo mis llaves?, le pregunté a mi amigo Adán. Agarró mis llaves y se las dio a un tipo que estaba mirando el partido y que parecía un pirañita. ¡¿Estás chiflado?!, le dije, tengo mi laptop en mi carro—no quise decirle que otras de mis pertenencias también estaban allí—. Me dijo “don’t worry, we are in Bahrain”. Allí me di cuenta que no estaba en Comas o Independencia –aunque el barrio se parecía mucho por la pobreza, porque la gente te mete presión al jugar y por la cancha–, estaba en un país musulmán, donde si robas te castigan corporalmente o te expulsan del país.
La cultura es muy parecida a la nuestra, muy machista y la familia es prioridad. No hay bares llenos de amigos jugando cachito—me encanta jugar tortuguita o burdelito mientras tomo unas cervezas—porque el alcohol está prohibido en el Islam, pero los cafés están llenos de amigos jugando cartas y fumando Shisha.
Fumar Shisha es algo social, en los cafés se sientan alrededor de esta pipa gigante que más parece una lámpara o una pieza hermosa de decoración. La Shisha básicamente consta de tres cuerpos: la base es una botella de vidrio decorativo donde se pone el agua—aunque escuché que algunos westerns están poniendo vodka o ron—; el cuerpo es de metal muy brilloso y de allí salen una o más mangueras que terminan en la pipa que sirve para inhalar el humo; y la cabeza que es de cerámica donde se pone el carbón caliente encima del tabaco saborizado con manzana, café, fresa, etc. El calor del carbón hace que el agua hierva y el vapor del agua se combina con el tabaco para luego ser inhalado a través de las mangueras.
Dependiendo de qué tan cercanos sean los amigos se puede fumar compartiendo la misma manguera—como compartir la misma bombilla para el mate en Argentina o el mismo vaso de cerveza en el Perú—o se usa una Shisha con múltiple mangueras estilo gringo donde cada uno tiene su propia lata o botella de cerveza.
La gente es muy tranquila, educada y no habla groserías. Pero ellos se alocan con el fútbol. Me contó mi amigo Hamza que casi lo matan en un juego el año pasado por la liga de Bahrein. “We are going to fuck you”, le gritó un hincha que entró a la misma cancha donde estoy ahora. Es increíble cómo el fútbol convierte a cualquier hijo del vecino en un ‘hooligan’. “¿Vas a jugar en Malkia? Cuidado que son bravos” me dijeron Hamza y Fahad y yo no le paré bola.
Un tipo muy fuerte y habidiloso al que le quité la pelota cometiéndole un foul me dijo algo en árabe que no le entendí nada, pero por su actitud seguro que estaba mandándole saludos a mi mamá que está en Lima. Le dije: “English please, I don’t speak arabic”. “You don’t speak arabic and your name is Omar?” me dijo. Creo que pensó que me hacía el tonto para no recibir unos puñetes.
Mi nombre, por ser musulmán, confunde a muchos de ellos y piensan que debo tener familia árabe o yo soy musulmán pero no quiero aceptarlo, el nombre se lo debo a mi mamá y a su eterna admiración por Omar Sharif.
Pensé “no voy a salir vivo de acá”. Miraba a Mohamed 1, Mohamed 2, Hussain y Osama, mis amigos y compañeros de equipo, y me dije “ellos no paran una bronca con toda esta gente ni de vainas”. Además, he perdido mucha práctica de pelea callejera, desde que dejé el Perú solo estuve involucrado en una bronca. Siempre pensé que era un ‘street fighter’ de primera, que mi entrenamiento por el Rímac, San Martín de Porres y Comas me daba la lleca que muchos no tienen, pero esa fantasía la esfumaron hace unos años en Argentina. Le dije que soy del Perú, me miró y me dijo: “Ah Biru!!! Claudio Bizarro!!!! —los árabes no tienen la letra “p” en su abecedario y casi nunca pueden sentir la diferencia entre “p” y “b”— y posteriormente cambió de cara, sonrío y nos hicimos amigos.
Nos estaban goleando 8-0. Ya estaba muy amargo cuando Hassan me da un pase y me grita Yala, Yala. Me llevé a dos y le rompí la cintura a un tercero. Me sentía un Messi y me di cuenta que no había nadie entre el portero y yo. Comencé a correr como un loco, estaba cerca del arquero y ya iba a disparar, veía la cara de terror del golero, pensaba que es mejor disparar con la parte interna, quizás la externa, a lo mejor necesitaba pegarle con tres dedos o le metía un puntazo para asegurar… y en eso el llamado al rezo comenzó, los parlantes de las mezquitas retumbaban y solo entendía las plegarias a Alá. Allí todos pararon el juego. Ya sabía lo que pasaba, lo mismo me ocurrió en Indonesia. Espero que la próxima vez tenga más tiempo para anotar y yo sé que tendré mi oportunidad, Inshaallah.
Omar Lisigurski Gálvez, Bahrein
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Foto de portada: Ashelia

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