Costumbres peruanas: Lo que me dejó mi primera elección fuera del Perú
Desorganización, caos y desconocimiento. Eso fue lo que caracterizó el referendum que se llevó a cabo en Buenos Aires para decidir si los aportes al Fonavi deben ser devueltos. ¿Cómo se vivió en otras ciudades del mundo?
Una vez una persona que entrevisté para un trabajo de la Maestría me dijo que las autoridades diplomáticas de un país son el mero reflejo de los funcionarios del gobierno central. Ese día me dejó picando la frase en el cerebro y ayer durante las elecciones del referéndum esa frase fue más cierta que nunca.

En el Perú nunca fui miembro de mesa titular ni suplente y mucho menos iba temprano a las votaciones. La recomendación de los mayores de mi querido barrio de Pueblo Libre era “anda después del almuerzo que todo es más tranquilo”, la regla siempre funcionó a la perfección. Hace cinco años que vine a vivir a Buenos Aires y son las primeras elecciones en las que estoy habilitado a votar y en las que vi de forma más detenida los detalles que involucran el desarrollo de la justa electoral.
Hace un mes, al revisar la página web de este Diario, me encontré con la opción de “sepa usted si es miembro de mesa”, ingresé mi número de DNI y, para mi sorpresa, era el primer suplente. Asumiendo que todos somos ciudadanos con algún tipo de responsabilidad pensé que atemorizados con el tema de la multa no iban a faltar los miembros titulares, me quedé tranquilo con la esperanza de que podría disfrutar del, para ese entonces, lejano domingo 3 de octubre.
El tiempo pasaba e imaginaba que tendría que haber alguna capacitación para desempeñar mí deber de ciudadano. Faltaba poco menos de una semana y la página web del consulado peruano no daba información acerca de eso, solo se limitaba a redireccionar a la página de la ONPE. La central telefónica del consulado nunca responde, así que no era nada extraño que una vez más la voz robótica me informará del número de fax y que en pocos minutos me iban a atender, para luego quedarme en una espera eterna que terminaba luego de varios minutos y no me quedaba otra que cortar la comunicación. El mail del consulado era otra posibilidad, envié un corto correo el 22 de setiembre con mi pregunta y la respuesta la recibí luego de un par de horas en la que me agradecían mi interés por el tema y me indicaban que la próxima semana se comunicarían conmigo. Me quedé más tranquilo. Estaba a menos de una semana de las elecciones y no llegaba el tan ansiado mail. El miércoles de la semana pasada, a las once de la mañana, envié una mail preguntando por la capacitación y a las dos de la tarde me respondieron que se iba a llevar a cabo ese mismo día a las seis de la tarde. Era un mal presagio de lo que podría pasar. Por motivos laborales no pude ir a la sorpresiva sesión de preparación electoral.
Un día antes del referéndum imprimí mi credencial, que nunca me fue solicitada, y me fui a dormir temprano para cumplir con mi deber. El local de la Sociedad Rural Argentina, ubicado en el barrio de Palermo, fue el lugar designado para la votación de las personas que viven en Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Según el cálculo del propio cónsul, informado meses atrás en una entrevista, unos 70 mil peruanos asistirían a sufragar. Los miembros de mesa y algunos madrugadores votantes fuimos recibidos por un impecable lugar, exterior e interiormente hablando. El ingreso estaba previsto para las 7.30 a.m. pero se realizó media hora más tarde y sin la verificación de la simple credencial. Mi esperanza de ser un mero suplente se desvaneció cuando llegué a mi mesa de votación y no había nadie, luego de diez minutos llegó el presidente titular y la confianza en mis paisanos parecía renacer. Eran las 10:30 a.m., tuvimos que fusionar dos mesas de votación y una chica que estaba en la cola fue el tercer miembro de la improvisada mesa.
Al cónsul lo pudimos ver en los primeros minutos del acto mientras que algunos canales de televisión locales seguían las incidencias del referéndum. “¡Qué bien! Nuestra votación concita tanto interés como las elecciones presidenciales en Brasil”, pensé a propósito de la coincidencia de ambas votaciones. Por la noche, ningún noticiero propaló las imágenes de nuestra justa electoral. Así como se fueron las cámaras, también dejé de ver al cónsul, quiero creer que estaba coordinando algunas situaciones más importantes para el mejor desarrollo de las elecciones.
Alrededor de mi mesa había otras que no se habían instalado, nadie quería hacerse cargo de la mesa en que debían de votar y peor aún era observar mesas donde las ánforas de votación estaban selladas con todo el material intacto en su interior. Algunas personas cansadas de esperar que se instalaran sus mesas optaron por hacer a un lado el material electoral de la solitaria y miraban los clasificados laborales de un diario porteño.
A mediodía, el que parecía haberse quedado a cargo del evento era otro cónsul que además es historiador. Los primeros gritos, que luego se extenderían por un par de horas, comenzaban bajo la consigna de “¡Queremos votar!”. Mucha gente no sabía que el voto no era obligatorio, salvo para los miembros de mesa. El cónsul era apoyado por unos caballeros y unas mujeres vestidos con unos chalecos fosforescentes que tenían como función la de ayudar a los miembros de mesa y a la población en general. “¿Puedo votar con mi DNI vencido?”, preguntó una señora con un bebe en brazos, a lo que el chico de lentes que tenía el llamativo chaleco le respondió: No sé.
Entre las mesas fusionadas, las que nunca abrieron, las personas de chalecos que no sabían lo básico de una votación (fueron capacitadas y pagadas) y la gente gritando su deseo de querer votar, el panorama era más que preocupante. “¿Señor, y la lista de los alcaldes?”, fue la pregunta que me hizo una señora que venía de la zona sur del Gran Buenos Aires, acto seguido le expliqué el motivo de la votación. Me miró y me dijo que la semana pasada había asistido al consulado y que nadie le había comunicado el motivo de la votación.
A las tres de la tarde, y cuando estábamos a una hora de cerrar la mesa, nos enteramos que había mucha gente afuera de La Rural y que nadie sabía por quñe no la dejaban entrar. Pregunté a una chica de chaleco fosforescente y me dijo que no sabía nada, a esa altura ya nada me sorprendía. Entre las dos mesas fusionadas, donde realicé mi labor de secretario, votaron 42 personas de las 388 que podían asistir. A las 4:30 p.m. cerramos la mesa, hicimos el conteo de los votos y fuimos de los primeros en salir. En la mesa de al lado, dos señoras que pasaban los cincuenta años recién empezaban su labor pero era más rescatable el deseo de colaborar sin ser las titulares. Salí de La Rural y el sol estaba cayendo, había sido un domingo espectacular. Los residuos de comida peruana estaban desperdigados por la zona acompañados con las botellas plásticas de una bebida gaseosa que imita a la entrañable Inca Kola. Era una imagen que avergüenza y me di cuenta que muchas de las malas costumbres no cambian, incluyendo las de nuestras autoridades en el extranjero.
Luis Vilchez, Argentina
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