Nuestros viejitos inmigrantes
¿Cómo es el reencuentro entre un hijo y su madre que emigró hace muchos años para buscar un futuro mejor?
Cuando bajé del avión a finales de noviembre del 2007 eran las seis de la tarde, ella me esperaba en la Terminal Uno de Barajas, el aeropuerto de Madrid. Cuando la vi, su sonrisa me encandiló y me llenó de amor, reencontré un sentimiento por mucho tiempo guardado, aprisionado dentro de mí por la lejanía y la distancia. Me recibió con un largo abrazo y un beso muy tierno, también estaba mi hermana con su esposo español. Yo derramaba lágrimas por varias razones: por la emoción de verlas después de casi diez años; por los que había dejado en el Perú: mi compañera, mi hijo y mis amigos de la infancia y el colegio; y por la incertidumbre de llegar a un país desconocido. Ese era mi sentir en un nuevo comienzo aquí en España.

Sabía que no sería muy fácil, pero a diferencia de muchos inmigrantes, tenía dónde llegar y una familia que me ayudaría y guiaría, eso lo sé y lo comprendo ahora que han pasado ya casi tres años desde aquel día. Camino a casa, en el auto, mi madre no dejaba de mirarme, de sonreírme, de preguntarme por mi hijo, su nieto, y tomando mi mano demostraba su alegría por mi arribo. Finalmente llegamos a casa de mi hermana, en donde fui recibido por mis sobrinos con algarabía y muchas preguntas sobre el Perú. Aquella noche, ellos me dijeron que si bien son españoles por haber nacido acá y por ser hijos de español, por sus venas corre sangre peruana por mi hermana y nosotros su familia. Conociendo su cariño por la patria lejana me di cuenta que mi madre les había inculcado ese cariño por el Perú. Aquella noche no logré conciliar el sueño, el cambio de hora y las preguntas y temores por el futuro me impedían dormir, las ausencias de los seres más cercanos en mi vida marcarían mi presencia. Desde ese día aquí me acompañan siempre una tristeza y una nostalgia que mi madre se esfuerza en compensar con su presencia y compañía.
Días o semanas después de mi llegada conseguí trabajo y pude observar y darme cuenta que mi madre es una mujer distinta a la que recordaba de cuando estaba en el Perú, ahora es más independiente, más activa, con mucha vitalidad y energía, se conduce por Madrid con una confianza que dudo mucho tendría en el Perú. Ella vino a este país solo por tres meses cuando mi hermana quedo embarazada, vino para ayudarla en los últimos pre y post parto. Por ese entonces mi hermana estudiaba y comenzaba a ejercer como médico luego de homologar sus estudios en San Marcos. Vino por tres meses en diciembre de 1998 y se quedó en España por casi 12 años. Fue una decisión difícil, pero sus sueños y la decisión de reunir a su familia acá, luego de que se percatara que España pasaba por un buen momento económico, hicieron que tuviera el valor y el coraje de quedarse acá, dejando su cómoda casa en Pueblo Libre, su vida tranquila y armoniosa. Para ella vivir en tierra extraña y con costumbres diferentes no fue fácil, como tampoco fue fácil tener que vivir en una casa que no era la suya ni con amplios espacios como la que tenía en el Perú. Sin embargo, nada de eso la desanimó en su afán de mejorar, de progresar y lograr que yo llegara aquí y tuviera así una oportunidad diferente a la vivida hasta ese momento. En mis largas conversaciones con ella me doy cuenta cómo ha logrado lo que hoy tiene, no ha sido fácil conseguirlo, pero no se amilano. Ella ingresó a España como turista y al quedarse más tiempo de lo programado se convirtió en ilegal, fue indagando y averiguando cómo regularizar su situación y así se acogió a la figura de arraigo y permanencia para solicitar la nacionalidad. Ella pensaba que nacionalizándose podía pedirme como su hijo, pero eso no era posible porque en España solo se reagrupa a los hijos hasta los 18 años, sin embargo, nunca dejó de preguntar por la forma en que podría reunir a su familia, ese era su único afán porque nunca dejó de pensar en su tierra, de quererla y añorarla hasta las lágrimas, como lo hace, cuando habla del Perú.
Mi madre sonríe cuando me comenta orgullosa sobre aquella vez que juramentó la nacionalidad española, le preguntaron si renunciaba a la nacionalidad peruana, a lo que ella contestó casi ofendida que no. “Mis huesos descansarán en Trujillo, mi tierra, en la playa de Buenos Aires”, dice orgullosa cada vez que recuerda aquella pregunta. Creo que de haberse quedado en el Perú su vida no sería diferente a la de muchas abuelitas que tenemos allá, dedicada a su casa, a su cocina, a su jardín, a su vida que transcurriría entre el mercado, sus visitas a la familia y a sus amigas, pendiente los fines de mes de recibir su pensión del Seguro Social, haciéndo largas colas junto a los viejitos o madrugando para conseguir una cita médica en el hospital, exponiéndose a tantas cosas que suceden con nuestros queridos “viejitos”, como alguna vez les llamó algún político.
En el tiempo que llevo en España una de las cosas que han llamado mi curiosidad ha sido siempre la seguridad social que tienen los ancianos, la atención especial para las personas de la tercera edad, el respeto y cuidado que reciben, las ayudas constantes que poseen, así como los beneficios en casos puntuales. En el transporte tienen un bono mensual especial de color amarillo, solo pagan por él diez euros, permitiéndoles utilizar todo tipo de transporte, bus, metro o el tren dentro de la comunidad de Madrid. En caso de solicitar asistencia médica, el médico de guardia puede ir al domicilio, para solicitar citas médicas no es necesario que madruguen, lo hacen por teléfono. Normalmente los ayuntamientos organizan viajes con descuentos especiales solo para jubilados y/o ancianos, ellos tienen acceso libre a todo tipo de cursos, programas y actividades especiales, la pensión a la que tienen derecho no es exigua y les permite vivir decentemente, y en caso de que no tengan aportaciones, como es el caso de mi madre, que no trabajó desde que llego por ayudar a mi hermana y cuidar de mis sobrinos, ella puede solicitar una pensión no contributiva y recibirá medicinas gratuitamente para cualquier tipo de dolencia.
Ella tiene hoy 73 años pero posee una vitalidad que ya quisieran tener muchos jóvenes, los lunes y miércoles hace gimnasia, los días martes tiene clases de costura, los jueves sigue un curso que tiene por nombre “Saber Envejecer” y los días viernes se va a la piscina. Lo bueno es que todas estas actividades son ofrecidas gratuitamente por el ayuntamiento de la comunidad de Madrid o de Collado Villalba en donde vivimos. Junto a muchas personas de su edad, ella tiene la opción de participar en cuanto curso o actividad ofrecen los ayuntamientos, compartir así su experiencia, instruirse en algo nuevo y sobre todo no sentirse excluida. Me ha comentado que se matriculará en informática porque quiere ver por Internet los canales de cocina, que es su pasión y diversión constante. Hace tres años, antes de mi llegada, tuvo conocimiento de que la comunidad de Madrid puso en marcha un programa de viviendas de protección social, con ayuda de una amiga recabó la solicitud, llenó los formularios, caminó y trajinó por conseguir los documentos y requisitos que necesitaba para presentarse a este concurso. Con apoyo y aval de mi hermana ingresó la documentación con mucha ilusión, logrando ser favorecida con un pequeño departamento, en el que ahora vivimos, pagando un alquiler económico con opción de compra futura. En un país en crisis como lo es España, una renta económica es importante. Yo he trabajado en cuanta oportunidad se me ha presentado y estoy intentando homologar mis estudios, con el apoyo de ella, no solo mi madre sino también mi ángel de la guarda.
Cuando la observo llegar agitada de sus actividades o cuando converso con ella, no dejo de pensar en lo diferente que sería su rutina en el Perú, ella también lo reconoce dejando escapar una lágrima porque extraña mucho la patria, pero sabe que ya no se acostumbraría, dice que la vida allá es muy rápida e insegura, caminaría intranquila, agrega justificándose. Así y todo está planeando un viaje al Perú, creo que es su forma de sentir que no traiciona sus raíces, quiere ver a su nieto, mi hijo, a su hermano, a mis primos y demás familiares que aún están allá. Mi madre es una persona especial que encontró en una sociedad diferente a la nuestra la oportunidad de sentir que sus años vividos y sus canas son respetados y considerados. Esa es una de las cosas que me precio de reconocer aquí, la seguridad social con respecto a las personas de la tercera es buena, vela por el bienestar de quien ya es un anciano y no por eso pierde sus derechos, ni es segregado o apartado, como quien lo hace con un mueble gastado. Debemos imitar las cosas buenas y pienso que nuestro país sería un poquito mejor si no olvidamos a nuestros “viejitos”, ellos son nuestro pasado más cercano y también nuestro futuro, todos llegaremos a pintar canas, aquí o allá. Sé que en Perú hay actividades a favor de la ancianidad, pero sé también que son más los ejemplos de frustración y abandono que sufren, por ello mi reflexión.
Mi madre adora su patria, ama el recuerdo que tiene de ella, pero sabe que regresar con sus años a nuestro Perú sería para ella muy difícil, por ello muchas veces deja escapar una lágrima, distrayendo la pena en su cocina, preparando siempre un arroz con pollo, un ají de gallina, un escabeche de pollo, una carapulca, una papa la huancaína, que son la delicia de quien por casualidad nos visita. Esa es su manera de acercarnos a nuestro país y de enseñarles a mis sobrinos que el Perú es una patria hermosa que tiene mucho que aprender y dar.
Por mi parte pienso que mi madre es una más de tantos inmigrantes, que a su manera y con sus sueños se adaptó a una sociedad que bien debemos de intentar lograr en nuestro querido Perú.
Iván Adrianzen Sandoval, Madrid
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