Juan León Durán tiene 31 años. (Foto: Pamela Ponce / GEC)
Juan León Durán tiene 31 años. (Foto: Pamela Ponce / GEC)
Christian Cruz Valdivia

El diminutivo lo hace grande. Más que una muestra de cariño, toda su fortaleza está inscrita en ese amigable ‘ito’. Es Juancito León Durán. El Juan de su DNI quedó atrás, en un accidente en el 2014. Desde hace seis años, Juancito afrontó la adversidad con el compromiso de esa hacerse una mejor persona. Un mejor deportista.

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“Es una historia increíble”, nos dice ahora Renzo Parejas, entrenador de paranatación en la Asociación Nacional Paralímpica hace unos años. “Yo estaba yendo a un entrenamiento de natación. Ese día, por una casualidad de la vida, tomé un bus para ir a comprar algo que faltaba. En el camino del Hospital Rebagliati al Campo de Marte, que el tramo es corto, ahí lo conocí”, recuerda. De hecho, ya no bajó en el paradero donde debía y siguió conversando con Juan hasta “ganar su confianza y convencerlo”.

“Yo no te voy a poder comprar pero si te puedo dar una oportunidad”, le dijo. Esa conversación se dio en noviembre del 2016 cuando lo vio en un bus, vendiendo libros de autoayuda. Una tarjeta, una invitación y la vida de Juan León Durán dio un giro tremendo. El año pasado compitió en los Juegos Parapanamericanos Lima 2019, en los 400 metros libres categoría S7. La amputación doble de piernas es una categoría es muy surtida, por eso Renzo pensó en él para esta práctica desde un primer momento.

(Foto: Ángela Ponce)
(Foto: Ángela Ponce)
(Foto: Ángela Ponce)
(Foto: Ángela Ponce)

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-EL INFORTUNIO-

La cronología de la vida de Juancito tendría días marcados en rojo, pero él prefiere hablar de los días que vendrán. Nació el mismo día que asesinaban a su padre. Su abuela, que lo ayudó durante toda su niñez en Ventanilla, falleció ahogada en su natal Huánuco. El 24 de julio del 2014, un accidente con una fogata de basura y una lata de tinner le quemó ambas piernas. Un 5 de octubre tuvieron que amputárselas. “Eso es escarbar un pasado que me causa dolor”, nos confiesa.

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Era renegón, por eso no le encontraba nada positivo a esa nueva vida que tenía sin sus piernas. Veía cómo sus compañeros de rehabilitación en el Hospital Daniel Alcides Carrión llevaban su discapacidad con buen humor mientras a él le costaba aceptarse sin sus miembros inferiores. La doctora Mary Silvia Querevalu lo inscribió en dichas terapias y lo guió para su nueva vida. “Me pedía hacer cosas rápido y yo le respondía ‘pero si no tengo piernas'. Ella me respondía: ‘tú no eres el único', y ahí empezaba a darme cuenta de todo”, recuerda ahora Juancito.

“Miraba a mi alrededor y me preguntaba cómo hacen ellos que se ríen y yo estoy renegando. Se hacían bromas entre ellos ‘oe camina bonito'. A mí no me gustaban esas bromas pero entendí que así se podía llevar todo”, sigue reflexionando este valiente paranadador.

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Cobrador de combi, carpintero, mecánico, albañil. “Trabajada de todo”, dice. Y en uno de esos trabajos, en una recicladora clandestina, sufrió el accidente. “Fueron quemaduras de tercer grado”, cuenta ahora ya con voz baja. El accidente lo llevó al hospital Carrión y con el apoyo de su familia logró salir adelante. “Mis hermanas eran mis psicólogas y mi mamá me ayudó bastante”, recuerda. En el hospital, la ONG Dreaming & Working Together (Soñar y trabajar juntos), le donó sus primeras prótesis. “Me dieron unas grandes, pero no podía caminar, me caía. Por eso me dieron las chiquitas y con esa podía hacer de todo”, dice León.

-EL CAMBIO-

Pero las terapias no solo le devolvieron la movilidad, ahí también conoció a Lindsay Masgo Cano, su actual novia. “Fue en mi rehabilitación que conocí a mi novia. Nació una amistad y de ahí a algo bonito, una relación”.

Ahora ambos viven en el distrito de Santa Rosa, un arenal pasando Ventanilla y cerca a Ancón. Una pequeña casa prefabricada en lo alto de un cerro es su hogar desde hace ya tres años, cuando Juan dejó de ser Juan y pasó a convertirse en Juancito. Él vivía en un cuarto, en casa de su madre. en Pachacútec, pero no era el espacio que buscaba para él, su novia y sus mascotas, sus perros. Por eso, tras trabajar un año de ambulante logró juntar una cantidad de dinero para comprarse un terreno en Bellavista del Mirador, en Santa Rosa.

“A raíz de mi accidente dejé inconcluso varios sueños. Después tomo la iniciativa de coger una mochila, agarrar las prótesis y salir con una mochila vacía de cosas pero llena de todos mis sueños. Salí a buscar cómo construir esos sueños. Si me quedaba en casa nunca iba a ser nada, siempre iba a estar dependiendo de mi madre y mis hermanas. Tuve que poner el pecho y salir adelante”, dice ahora.

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-NACE JUANCITO-

Tras el accidente, Juan empezó a estudiar en la Universidad de la Fundación Pachacutec. Asesoría en desarrollo personal, liderazgo, motivación de personas y asesoría de ventas y atención al cliente. Se preparó para lo que le pueda exigir su nueva vida.

Con la venta de libros de autoayuda llegaba a ganar entre 80 a 100 soles diarios, por lo que pudo ahorrar para comprar su terreno, pero una tarde de noviembre del 2016 recibió algo más valioso que el dinero que ganaba. Una tarjeta de presentación y una invitación para empezar a ser parte del mundo de la paranatación.

Renzo Parejas, que en ese momento era Head Coach en la Asociación Nacional Paralímpica, se encargaba de buscar personas con discapacidad para impulsarlos a la práctica deportiva. La fortuna hizo que se cruce con Juancito y trabajó con él durante un año. En aquel bus, Renzo le enseñó un video de otras personas con discapacidad entrenando, y eso motivó a Juan. “Él mostró el interés, pero se preocupó que no tenía ropa de natación ni gorra. “Yo te regalo mi gorra”, le dije. Y fue al entrenamiento”, recuerda ahora Renzo.

“Renzo subió al bus y me invitó a la piscina. ‘Te espero a las 5 en el Campo de Marte'”, me dijo. Fui y casi me ahogo”, recuerda ahora. No tenía la estabilidad en su cuerpo, pese a que antes era experto nadador. Sin embargo, su persistencia hizo que continué y acuda cada tarde a entrenar con Renzo y el apoyo de Lourdes Osores. Después de un día cansado vendiendo sus productos, la piscina lo despejaba y lo transportaba a otro mundo. Se descubrió deportista.

Con toallas y lentes recién comprados, Juancito empezó su nueva vida. “Se entrega al 200%”, comenta Renzo Parejas. “En la primera semana cruzó la piscina del Campo de Marte de 50 metros. Fue todo un logro y lo celebramos comiendo pollo a la brasa”, recuerda ahora el entrenador.

“En el mundo hay muchos comentarios que dicen ‘gracias a que me pasó esto soy esto… deportista, medallista, campeón'. Se da un vuelco total porque la discapacidad les hizo un bien y pasó de ser ‘por culpa de’ a ‘gracias a'. Ahora están mejores”, reflexiona también Fernando Cuadros, quien fue entrenador de Juancito con miras a los Parapanamericanos Lima 2019.

Las condiciones fisiológicas de Juancito permitieron que se le pueda considerar para el alto rendimiento. “Tiene brazos largos y muñones cortos”, explica Fernando. Con eso, la mira estaba puesta en grandes logros.

“Yo me doy cuenta de eso de ‘gracias a', cuando viajé a mi primera competencia en el extranjero. Cuando fui a Brasil y gané una medalla de bronce me di cuenta que todo valió la pena”, dice ahora Juancito. Fue en el 2018. Luego viajó a Colombia y se hizo de tres medallas y se trajo del país cafetero la clasificación a los Parapanamericanos.

A los entrenamientos lo acompañaba su novia y lo esperaba en las tribunas, hasta que ella también decidió meterse a la piscina. Ahora ambos son paranadadores.

-ORGULLO Y PASIÓN-

En agosto del 2019 Juancito cumplió otro de sus sueños. En la piscina del Centro Acuático de la Videna le enseño al país que hay pasos en la vida que van más allá de tener piernas. “Nos presentamos creyendo que iba a bajar a lo mucho 10 segundos. La perseverancia con la que entrenó dio resultado y bajó su marca en 22 segundos. Fue una meta cumplida”, cuenta Fernando Cuadros.

Aquella mañana Juancito se ganó las palmas de los asistentes y el respeto de quienes aún no lo conocían. “La pérdida de piernas fue un proceso y seguí. No conseguí grandezas, no conseguí dinero pero sí representar a mi país y que mi familia esté orgulloso de mí”, dice ahora Juancito.

También trabajaba dando charlas en la Municipalidad Provincial del Callao y orientaba a niños en la natación. Su vida había dado un giro tremendo y por eso ahora es Juancito.

“Juan fue la persona que sufrió el accidente. Juancito es el joven que ha traído orgullo a su familia y a su país”, sentencia ahora.

-AYUDA SOCIAL-

Es un León que, cual cabeza de la manada, ha decidido que su tributo al país no solo pasa por representarlo en diversas competencias internacionales, sino también en dar la mano a quien más lo necesitan. Siendo él un afectado por esta pandemia del coronavirus, Juancito no baja lo brazos y al contrario, se mueve por dónde puede para conseguir ayuda. “Somos más de 7 mil familias en Santa Rosa y claro, la ayuda no alcanza para todos, pero lo vamos repartiendo a las familias más vulnerables de cada sector”, nos cuenta. La cuarentena ha golpeado su economía, pero no su ha achicado su enorme corazón.

“Yo salía de mi casa a las 7 de la mañana y regresaba a las 11 o 12 de la noche. Antes no tenía mucho contacto con mis vecinos, pero ahora con la cuarentena he podido compartir más con ellos”. Las ollas comunes, las reuniones con ONGs y el reparto de donaciones los ha unido más.

Ahora siente que ser deportista va más allá de cumplir un rol de entrenamientos y representar al país. Igual, sigue entrenando en casa junto a su novia Lindsay con trabajos para mantener la musculatura ya que el trabajo en agua le resulta imposible aún. Se han improvisado algunas herramientas como pesas con cemento y condicionado un espacio en su casa para esto.

El shock de la amputación, la depresión, el alcohol… hubo de todo en la vida de Juan, pero ahora “ya ni me acuerdo de eso”, dice. Ve la parte buena de la vida y desde Santa Rosa puede ver el horizonte del mar y seguir soñando. Su mochila sigue llena, no de riquezas, pero sí de los más grandes sueños que aún le quedan por cumplir.

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