Por Ana Bazo Reisman, Mayté Ciriaco Ruiz

Han pasado casi 30 años desde que Adriana perdió a su hijo Rodrigo. Al momento de fallecer por suicidio un 15 de febrero, Rodrigo tenía 18 años y el corazón roto por una decepción amorosa. Adriana cuenta a El Comercio que, durante más de una década, fue semanalmente al cementerio para darle compañía a su hijo y perfumar la tumba. Hoy, asegura que acudir a terapia le permitió encontrar paz personal en medio de un duelo lleno de preguntas.

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