
El canto de las ballenas azules frente a la costa de California ha disminuido notablemente, causando preocupación entre los científicos. Los expertos temen que este silencio no solo afecte a las ballenas, sino que sea una señal de un problema mucho más grande en el ecosistema marino.
Durante seis años, un grupo de investigadores estudió los sonidos de tres especies de ballenas, azules, de aleta y jorobadas, en el océano Pacífico Norte, dentro del Ecosistema de la Corriente de California.
Para este análisis, usaron un hidrófono colocado en el fondo del mar. Gracias a este instrumento, lograron captar y estudiar la frecuencia de los cantos organizados que emiten estas ballenas, conocidos como “songs” (“canciones” en español).
El objetivo era entender con qué frecuencia cantaban en esta zona de alimentación y cómo eso podía ayudar a conocer mejor su comportamiento. Los resultados, publicados en febrero en la revista Public Library of Science, revelaron una caída importante en la detección de cantos de ballenas azules y de aleta después de 2017.

Las grabaciones comenzaron en 2015, justo en medio de una ola de calor marina que duró varios años. Este fenómeno inusual empezó en 2013, cuando una gran masa de agua caliente, conocida como The Blob, viajó desde el mar de Bering y el golfo de Alaska hasta la costa oeste de Estados Unidos.
A la vez, se produjo una floración de algas tóxicas que contaminó gravemente la cadena alimenticia del ecosistema, provocando lo que el estudio describe como “el envenenamiento más extendido de mamíferos marinos jamás documentado”.
El agua llegó a registrar temperaturas 4.5 grados por encima del promedio y cubrió unas 2,000 millas del Pacífico para el año 2016. Este calor extremo ayudó a que las algas tóxicas crecieran sin control, lo que afectó directamente a las poblaciones de krill, la principal fuente de alimento de las ballenas azules, y provocó una reducción drástica en sus cantos.
“Cuando lo piensas bien, es como intentar cantar mientras te estás muriendo de hambre”, explicó John Ryan, oceanógrafo biológico del Instituto de Investigación del Acuario de Monterey Bay, en conversación con National Geographic.
“Pasaban todo su tiempo tratando de encontrar comida”, agregó.

Durante el período analizado, los cantos de las ballenas azules disminuyeron en un 4 %. En 2019, tuvieron que ampliar su zona de búsqueda de alimento debido a la escasez de krill en el área monitoreada.
Las ballenas jorobadas, por otro lado, pudieron adaptarse mejor al cambio, ya que su dieta incluye tanto krill como peces como sardinas y anchovetas.
A diferencia de las ballenas azules, las jorobadas no se vieron tan afectadas por The Blob. De hecho, el estudio encontró que sus cantos aumentaron, pasando de detectarse en un 34% de los días al inicio de la investigación a un 76% al final. Esto sugiere que los peces que ellas consumen no sufrieron tanto con la ola de calor, pero los científicos siguen preocupados por el futuro de las ballenas azules y el ecosistema en general.
“La falta de alimento afecta su capacidad reproductiva, lo que lleva a una reducción en su población”, dijo la bióloga marina Kelly Benoit-Bird.

Por su parte, Dawn Barlow, ecóloga de la Universidad Estatal de Oregón, resaltó que “dónde están y qué hacen las ballenas puede decir mucho sobre la salud del ecosistema”.
Según ella, The Blob dejó claro que estos eventos tienen consecuencias a largo plazo.
“La ciencia demuestra que el cambio climático está afectando los océanos. Escuchar y aprender de estos lugares es esencial para nuestro futuro. Ahora más que nunca, es importante escuchar”, añadió.
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