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Eran las 4 de la mañana y comía mi avena con proteína mientras me cuestionaba todo. Por qué había caído en la tentación de meterme a una competencia otra vez. Lo cuestionaba pero en el fondo sabía la respuesta: porque competir es la mejor manera de sentirte vivo, es demostrarte que todavía puedes, y yo estaba necesitando mucho de eso.
La música estaba a tope, el ambiente era una fiesta de geles, maletines, bebidas isotónicas y adrenalina. Hice un barrido visual 360... debo haber encontrado a un 10% exagerando de personas de mi edad.
— ¿Pensarán qué hace esta “tía” aquí? Ahí recordé que la verdad nunca me ha importado tanto lo que piensan de mí, pero sí mucho lo que pienso de mí. Y entre el sudor y el cronómetro, entendí que no era la rezagada de un grupo joven, sino la vanguardia de mi propia generación y eso fue energía pura para gozarme cada segundo.
Si hasta aquí no te identificas porque estás lejos de sentirte viejo/a: parpadea 3 veces... así de rápido se pasa. Por favor, ruégale a la vida que te regale ese privilegio.
Hablemos de potencia relativa.
En el deporte, la potencia no es solo fuerza bruta; es fuerza multiplicada por velocidad. Es la capacidad de desplazar tu propia existencia con explosividad.
A medida que envejecemos, no perdemos solo músculo, perdemos fibras de contracción rápida. Entrenar potencia —saltar cajones, lanzar balones pesados o hacer un sprint— es el antídoto contra la fragilidad. Es lo que te permite reaccionar ante un obstáculo, evitar una caída o, en mi caso, seguirle el ritmo a alguien de 20 años.
Hace unas semanas, estábamos en clase y una alumna, al escuchar la edad de las otras chicas, dijo: “¡Mejor no digo mi edad, qué vergüenza!”. Recordé cómo me sentí ese día y le dije: “Mejor dila, ese debe ser tu mayor logro. Estás aquí, entrenando a la par con ellas. Mira a tu alrededor: ¿a quién más de tu edad ves?”.
Hace basta solo un clic para cambiar el mindset: la vida nos va quitando facultades por defecto, pero entrenar potencia es una rebelión contra la entropía. Ser la “última en pie” no es soledad, es maestría.
Claudia.



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