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Lima, 24 de julio de 2026Actualizado el 24/07/2026, 08:44 a.m.

Durante años entrenamos para escapar del lactato. Hoy, los mejores atletas entrenan para convivir con él.

El lactato es una molécula que el organismo produce constantemente y cuya concentración aumenta a medida que el esfuerzo se vuelve más intenso. Durante décadas fue considerado el gran villano del rendimiento deportivo. Se le atribuía el ardor muscular, la fatiga y, sobre todo, el momento en que el cuerpo dejaba de responder. La misión era clara: evitar que apareciera.

Si terminabas una carrera con las piernas quemando, era culpa del lactato. Si no podías sostener el ritmo, era culpa del lactato. Si sentías que el cuerpo dejaba de responder, la explicación parecía sencilla: el lactato se estaba acumulando.

Todos tenemos una idea de lo que significa cruzar una línea roja. Hasta dónde pelear. Hasta dónde empujar. Hasta dónde correr. Hasta dónde gastar.

Cruzar esa línea es llegar a ese punto donde sentimos que ya no podremos sostener el ritmo.

Durante décadas, el umbral de lactato fue exactamente eso para los atletas: una frontera que había que evitar.

Hoy sabemos que los mejores no entrenan para mantenerse lejos de ella.

Entrenan para convivir con ella y, sobre todo, para desplazar el umbral a partir del cual el esfuerzo deja de ser sostenible.

Y mientras investigaba sobre este tema, fue imposible no darme cuenta de que, como suele pasar con las mejores ideas de la ciencia, esta historia ya no hablaba solo de fisiología.

También hablaba de nosotros.

Todos tenemos una zona aeróbica. Ese lugar donde trabajamos con relativa estabilidad, donde las demandas son desafiantes pero manejables, donde podemos sostener el esfuerzo sin perder claridad. Esa zona no es menor. De hecho, es la base sobre la que se construye todo lo demás.

Pero el liderazgo, el crecimiento y el carácter rara vez se revelan ahí.

Se revelan cuando cruzamos nuestro propio umbral.

La pregunta no es quién eres cuando todo está bajo control.

La pregunta es quién eres cuando el lactato empieza a subir.

Para mí, entrenar en altas pulsaciones ha sido, sobre todo, un reto mental. Durante mucho tiempo escapé de ese lugar porque no era cómodo. Sabía que, al terminar, llegaría esa sensación indescriptible de satisfacción. Pero el verdadero desafío nunca fue el final.

Era atravesar el bache.

Quedarme ahí unos minutos más.

Ganarle a ese instinto que me gritaba que bajara el ritmo, que parara, que volviera a un lugar seguro.

Y fue justamente ahí donde descubrí algo inesperado: cada vez que elegía permanecer en la incomodidad, mi mundo se hacía un poco más grande.

Curiosamente, creo que en mi caso el aprendizaje no fue del deporte hacia la vida.

Fue al revés.

La vida me enseñó primero que era capaz de hacer cosas difíciles. Entonces me pregunté: si puedo sostener conversaciones incómodas, ser creativa a pesar del cronómetro, atravesar momentos inciertos y reconstruirme después de caer… ¿por qué no podría hacer lo mismo con mi cuerpo?

¿De qué estaba escapando realmente?

¿Del esfuerzo?

¿Del dolor?

¿O, quizás, del miedo a fallar? ¿A no cumplir con los estándares que yo misma me había impuesto?

Nadie descubre una nueva versión de sí mismo estando cómodo. Ningún atleta desplaza su umbral sin acercarse a él una y otra vez. Y ninguna persona amplía su capacidad de liderar, decidir o crear si nunca se permite permanecer un poco más en el lugar donde todo parece decirle que retroceda.

Quizás llevamos años culpando al estrés del mismo modo en que culpamos al lactato.

El problema nunca fue su existencia.

El problema fue nuestra falta de entrenamiento para responder cuando aparecía.

Hace poco, mi amiga Erika Tejada me dijo algo que conectó algunos cables en mi cabeza y cambió mi manera de entender el entrenamiento.

“Yo sufro en los entrenamientos”, me dijo. “Ahí lo doy todo. Ahí me equivoco, ahí me exijo, ahí me quedo sin aire. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Fallar? Prefiero que pase ahí. Porque el día de la competencia... la competencia es una fiesta.”

Me quedé pensando en esa idea durante días.

Y entonces entendí algo que me hizo clic.

El entrenamiento no existe para demostrar de lo que eres capaz.

Existe para ampliar el umbral de lo que crees que eres capaz.

Y sin duda, la vida también funciona así.

Como entrenadora física, te diría que nunca conviertas la incomodidad en tu señal para huir. Que el lactato no sea tu señal para detenerte. Quédate un poco más. Respira. Aprende a pensar cuando el cuerpo te pide escapar. Porque es ahí, precisamente ahí, donde empieza la adaptación.

Y para la vida... te diría exactamente lo mismo.

No dejes que el estrés sea la primera razón para renunciar.

No dejes que el miedo sea la primera razón para no intentarlo.

No dejes que la incomodidad decida por ti, porque nadie descubre un nuevo continente caminando siempre por la misma orilla.

Nadie mueve su umbral sin acercarse a él.

Y nadie llega a un lugar donde todavía no sabe si puede ganar, sin aceptar antes la posibilidad de perder.

El objetivo nunca fue vivir sin lactato.

El objetivo era dejar de tenerle miedo.

Claudia Ugarteche

Head Coach KO

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