(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Maria Cecilia  Villegas

Autora del libro “La verdad de una mentira”

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En los próximos días, asumirá la presidencia del país. Un país que hasta marzo del 2020 había alcanzado a reducir la pobreza de 54% en el 2004 a 20,3%, logrando que cerca de 9 millones de peruanos dejaran de ser pobres. El 85% de esa reducción de pobreza es producto del crecimiento económico. Nunca antes el Perú había logrado que la mayoría de peruanos tuviese necesidades básicas satisfechas, donde el 98,3% de la población tiene acceso a electricidad, el 90,8% tiene acceso a agua por red pública y el 89% de la población urbana tiene acceso a alcantarillado. Sí, es cierto, nos falta muchísimo por hacer y hay una brecha en cuanto a acceso a servicios de educación, salud, vivienda e infraestructura que tenemos la obligación de cerrar. La corrupción, el mercantilismo y la violencia son parte de una sociedad inculta y poco empática.

Desde los noventa, la estabilidad macroeconómica fue manejada como si fuésemos un país de primer mundo. Gracias a ello, cuando comenzó la pandemia, el Perú estaba en mucha mejor situación que sus pares latinoamericanos para enfrentarla. Pero fallamos en la gestión y el Perú fue uno de los países más afectados. Recordemos que, al momento en el que el gobierno de ordena el confinamiento social obligatorio, 1 de cada 5 peruanos vivía en pobreza y 3 de cada 4 trabajadores lo hacía en la informalidad. De ellos, 4 de cada 10 eran independientes, y más de la mitad ganaba por debajo del sueldo mínimo. Más aun, en la mayoría de los casos los ingresos que se generaban eran diarios. Al encerrarnos, miles de peruanos se quedaron sin la posibilidad de generar ingresos.

Los hogares peruanos experimentaron una de las mayores pérdidas de empleo e ingresos de toda Latinoamérica, con una disminución del empleo a nivel nacional de 40% en el segundo trimestre. La pérdida masiva de empleo llevó a una fuerte contracción del ingreso familiar en todos los niveles socioeconómicos. La disminución del ingreso en el bolsillo de los ciudadanos sumado a la falta de respuesta del Estado (lentitud en adquisición de vacunas, nuevas cuarentenas, falta de plantas de oxígeno y camas UCI) hizo aun más evidente la incapacidad del Estado. Y es en este contexto que el Perú elige a Castillo.

Pedro Castillo ha sido elegido para mejorar las condiciones de vida de los peruanos, sobre todo de aquellos que se sienten excluidos de los beneficios del crecimiento y desarrollo. No ha sido elegido para cambiar las reglas de juego, ni para detener el crecimiento y la inversión. Un gobernante es llevado a Palacio para que, al terminar su mandato, entregue un país en mejores condiciones de las que lo recibió. Para ello, la evidencia demuestra que es necesario mantener la estabilidad macroeconómica, la independencia del BCR, la defensa irrestricta de los derechos de propiedad y los contratos, la seguridad, el libre mercado y la libertad individual. Castillo no ha sido elegido para impulsar una constituyente ni para llevar a Vladimir Cerrón al poder, o limitar las libertades de los peruanos. Pero ha sido elegido desde una plataforma de izquierda, y el mayor reto que enfrentará es cómo hacer un gobierno eficiente logrando impulsar el crecimiento, la inversión, la reducción de pobreza y la inclusión, sin que sus aliados y sus electores se sientan traicionados. Pero, sobre todo, sin que los poderes fácticos lo capturen.

El 28 de Julio le entregaremos a Castillo, un país que demanda que los intereses de los ciudadanos, sobre todo de los más pobres, sean adecuadamente atendidos, sin vulnerar las libertades. Y tiene la obligación de devolvernos, en el 2026, un mejor país del que recibe.