Mario Ghibellini

¿Existe una oposición en el Congreso? De primera intención, uno diría que sí. De lo contrario, la representación nacional no tendría ya más de un ministro censurado en su haber y varios que renunciaron antes de ser sometidos al mismo procedimiento. Ahí están también las votaciones mayoritarias que se encargaron de ponerles límites a las cuestiones de confianza y de dejar en claro que las reformas constitucionales y los referéndum tienen que ser aprobados por el Parlamento: dos decisiones que supusieron un trago amargo para el gobierno.

Importantes como son, sin embargo, esos topes a la capacidad de acción del y sus secuaces resultan insuficientes para frenar el descalabro y el literal asalto al poder que estamos viviendo día a día. Como se sabe, a las trapacerías asociadas al entorno del mandatario que ya conocíamos han venido a sumarse recientemente otras, y nada indica que la multiplicación de desaguisados vaya a detenerse. No, por lo menos, mientras la decisión sobre la continuidad o no del desangramiento moral y económico del país dependa del propio jefe de Estado.


–¡Feliz 28!–

A todo lo que ya sabíamos acerca de las citas furtivas y las licitaciones o el que tuvieron que ser anuladas, se ha agregado en las últimas semanas, en efecto, información sobre y de cuidado a Palacio que trataron de ser ocultadas a la ciudadanía, así como el ignominioso asunto de del presidente y su esposa. Cotidianamente, además, nos enteramos de remociones sospechosas en la administración pública, como en la jefatura de la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC). Con el particular radar que tiene para detectar lo poco que funciona adecuadamente y arruinarlo, el gobierno ha cesado esta semana a la señora Amalia Moreno en la referida posición y la ha remplazado por Robert López, personaje sobre el que se ciernen algunas sombras. ¿Con qué intención? No lo sabemos, pero el hecho de que el presupuesto de la ARCC para este año ascienda a S/8 mil millones invita a la elaboración de teorías al respecto.

Mientras tanto, la gestión que encabeza el profesor Castillo no tiene logros que exhibir. La muy mentada “segunda reforma agraria” promete ser peor que la primera (el Ministerio de Agricultura ha recortado en estos días a casi una tercera parte la compra de fertilizantes que tenía proyectada para este año) y los instrumentos prestados de la planificación central para tratar de manejar los precios de varios productos de primera necesidad han mostrado rápidamente su perfecta inutilidad.

Del propósito de enmienda expresado por el presidente a Monseñor Barreto, por otra parte, ya nadie se acuerda; y lo único a lo que han atinado los timadores de siempre para tratar de ganar tiempo ante el creciente descontento popular es a relanzar el cuento de la Constituyente y a organizar esos pretendidos “Consejos de Ministros Descentralizados” que ni actas tienen. Pronto, sin embargo, terminará de hacerse evidente que en el Ejecutivo no tienen idea de cómo solucionar los problemas que la gente de todas las regiones visitadas les ha transmitido, y la situación del gobierno será mucho más apremiada que la actual. Para entonces estaremos ya muy cerca a 28 de julio y para nadie es un secreto lo que las administraciones en aprietos suelen hacer en ocasiones como esas. A saber, sacarse de la manga alguna medida que dé la impresión de ser muy radical y desafiante, y que permita echarle la culpa de las propias miserias al prójimo. El anuncio de Alan García de su propósito de estatizar la banca durante el mensaje de Fiestas Patrias de 1987 es un buen ejemplo de ello.

No hay que ser, en consecuencia, adivino para anticipar lo que nos espera en un par de meses; y lo que correspondería en ese contexto es, por supuesto, tomar precauciones. Pero, tristemente, los principales actores políticos llamados a hacerlo –es decir, los congresistas que se reclaman opositores de fibra dura– están dedicados desde hace tiempo a menesteres bastante menos sustanciosos.


–Alarde y desaliento–

Cuando vemos a Patricia Chirinos con pullas sobre su aspecto físico en lugar de interpelarla, cuando escuchamos a Héctor Ventura, presidente de la comisión de Fiscalización del Congreso, aseverar que tiene la certeza de que Zamir Villaverde de las acusaciones que ha lanzado contra el jefe de Estado (a pesar de no haber visto ninguna), o cuando nos enteramos de que Jorge Montoya está redactando presidencial sin haberse puesto a contar primero cuántos votos tiene para ir adelante con un empeño ya dos veces fracasado, en esta pequeña columna nos dejamos ganar por el desaliento.

No parecen comprender ellos que todo el alarde que esos gestos o frases altisonantes suponen acaba siendo un tiro por la culata que les permite a quienes tan malamente nos gobiernan victimizarse. Y que a ellos mismos, y a otros colegas suyos que actúan de manera similar, los hacen lucir como meros opositores de papel. O, peor aún, de papelón. Y así no hay esfuerzo opositor que la gente pueda tomarse en serio.

Mario Ghibellini es periodista

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