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Correr cinco veces por semana. Casi siempre por las mañanas, a veces por las tardes, nunca por las noches. Correr para que el cuerpo se mantenga activo, como un auto del siglo pasado cuyo motor hay que encender a diario para evitar que colapse. Correr sabiéndome un novato, un total advenedizo en el reino de los runners, tan profesionales en su atuendo, tan regulados en su dieta, tan fotogénicos en sus redes.
Correr dando cuatro vueltas a una manzana de tamaño considerable. Correr sin medir los progresos. Correr sin cronómetro, llevando un viejo iPod como único dispositivo, lo cual produce la extraña sensación de avanzar no a lo largo de kilómetros sino a través de canciones. Un aproximado de tres canciones por vuelta, es decir doce por jornada (aunque temas muy cortos, como Her Majesty de los Beatles, o muy largos, como Telegraph Road de Dire Straits, distorsionan el promedio). ¿Cuántos kilómetros contienen doce canciones? ¿Cuántas canciones caben en una maratón?
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Correr a velocidad media. No tan rápido, no vaya a ser que la reserva de aire se agote pronto. Ni tan lento como para ver pasar de largo a los pundonorosos atletas de la tercera edad.
Correr con disciplina, pero sin ambición competitiva, tan solo para desafiar los propios límites y darles a los músculos la momentánea ilusión de haber recuperado la vitalidad que ya no tienen.
Correr para no usar mascarilla, para exhalar aire sin culpa, para luchar contra la claustrofobia o contra el vértigo, como hacía Jonathan Swift, el de las aventuras de Gulliver, quien durante su juventud corría una milla y media cada dos horas todos los días.
Correr para rebelarse, como Colin Smith, el rabioso, íntegro personaje de La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe, que a punto de ganar una carrera a campo traviesa representando al reformatorio en el cual ha sido ingresado por cometer delitos menores, al ser repentinamente consciente de que su triunfo enaltecería a los carcelarios que tanto desprecia, renuncia a cruzar la meta. Al final pierde, pero gana.
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Correr con personalidad pero sin gracia, con la cabeza ladeada y las manos quizá demasiado separadas del tórax, emulando al legendario Emil Zátopek, “la locomotora checa”, poseedor de dieciocho récords mundiales y tres medallas de oro olímpicas. En los años 50 era considerado el hombre más rápido de la tierra en distancias largas a pesar de su estilo “impuro” que para los especialistas iba en contra de “los cánones académicos de la elegancia”. En Correr, el francés Jean Echenoz narra de manera magistral la historia de Zátopek, quien defendía sus ademanes diciendo que “el estilo son estupideces” y que aprendería a correr mejor “cuando los jueces juzgaran las carreras por su belleza”.
Correr pensando en escritores que corren: Joyce Carol Oates, autora del magnífico ensayo Del correr y escribir; Don DeLillo, que tiene un soberbio cuento titulado “El Corredor”, donde un hombre es testigo del secuestro de un niño mientras hace footing en un parque de Nueva York; o la argentina Bibiana Ricciardi, que en su ‘Una mujer corre’ asegura que “es en el movimiento donde se encuentra la posibilidad de generar una idea”. También está, claro, Murakami, que en De qué hablo cuando hablo de correr confiesa: “La mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he aprendido corriendo por la calle”.
Correr sin ser consciente del cansancio. Buscar el punto en que las piernas avancen por sí solas, como programadas mecánicamente para dar vuelta en tal o cual esquina con independencia de la mente, consagrada a sus propios trayectos y recorridos. Porque se corre por salud, pero también por evasión, para escapar de esta realidad cada vez más plana.
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Correr para mejorar las historias que quiero escribir y cuya escritura pospongo. Correr para posponerla. Correr fabricando diálogos, perfilando personajes, enriqueciendo argumentos que, horas más tarde, delante de la computadora, al ser volcados con vehemencia sobre la página en blanco, resultan vacuos, fallidos.
Correr para inventar. O recordar. U olvidar. Correr para que aparezcan imágenes. Correr para no estar en casa. Correr como quien persigue, pero también como quien huye. Correr con rabia, con terror al infarto fulminante. Correr divisando a lo lejos la curva final y jurar que completarás una última vuelta. Y fracasar. Y retirarte con el corazón en la boca, esperando que al día siguiente llegue tu revancha. //
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OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.

















