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Katy Ugarte y otros congresistas con apodos célebres que usaron sus cargos para fines propios
La parlamentaria podría ser sancionada por la Comisión de Ética por una falta que se resume en su apodo, ‘Mocha Sueldo’. No es la única que ha usado para fines propios el cargo; tampoco es la única que se ha hecho conocida por su alias.
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
‘Mocha sueldo’ llaman ahora a Katy Ugarte. Trabajadores de su despacho han denunciado que les piden cuotas de su salario para financiar campañas a favor de ella. (Foto: Congreso de la República)
Nació en Sicuani, es educadora de profesión y, antes de tener vida política, dictó clases en un colegio estatal cusqueño. Se estrenó como congresista apelando al espíritu de cuerpo gremial para presentar un proyecto de ley muy controversial, que disponía la reincorporación de 14 mil docentes que no habían aprobado la evaluación del Ministerio de Educación. No prosperó.
También fue ministra. Es probable que ni siquiera ella lo recuerde, porque ocupó la cartera de la Mujer y Poblaciones Vulnerables solo durante una semana, en febrero del 2022, en el efímero gabinete de Héctor Valer. Dejó el fajín y volvió al Congreso.
Un año después, otra vez tenemos noticias suyas, no muy agradables. Algunos trabajadores de su despacho han denunciado que los obligan a aportar parte de su salario para financiar campañas de imagen en medios de comunicación a su favor. El escándalo congresal más comentado del momento.
Se llama Jhakeline Katy Ugarte Mamani, pero el ciudadano común y corriente no la conoce por su nombre, sino por el apodo con el que ha sido merecidamente bautizada ‘Mocha Sueldo’.
Pasos perdidos
Experta en neologismos pero celosa de sus usos, Martha Hildebrandt solía cuestionar ese deporte peruano que consiste en inventar sobrenombres inmediatos a los políticos de turno bajo la misma categoría léxica –verbo seguido de sustantivo– y con la única finalidad de dar a su falta o delito una identidad propia, un sello.
Celia Anicama, la ‘roba cable’, asegura que los poderes fácticos la hostigaban. Lo real es que pirateaba cable para vender señal. (Foto: César Grados / Archivo)
“Esos apodos me parecen de una chabacanería y falta de imaginación y de una cursilería que, francamente, yo no los repetiría, no porque tenga escrúpulos de buen hablar, sino porque me parecen tontos”, dijo en el 2011, en sus últimos días como congresista.
Hildebrandt no llegó a conocer en persona a doña Elsa Celia Anicama Ñañez, parlamentaria de Gana Perú que ocupó una curul ese mismo año, pero quizá sí supo del apelativo que le fue asignado. Todo comenzó con una denuncia periodística que reveló que Anicama se apropiaba de señales de cable ajenas en Pisco, y las revendía por una cómoda cuota mensual.
Pocos recuerdan que fue sometida al juicio político de la Comisión de Ética y que, finalmente, fue suspendida por 120 días del cargo. De lo que nadie se olvida es del sonoro sobrenombre que se ganó: la ‘Roba Cable’.
Años después, Anicama encontró una manera creativa y a la vez burda de gritar su inocencia. No fue en una audiencia judicial, tampoco en un libro, sino a través de una película en la que ella, sufrida política peruana con deseos de superación, es hostigada por los poderes políticos y la prensa, aunque aun así logra salir adelante. La película necesitaba un nombre vendedor, y se eligió el más obvio: “La Roba Cable”. El lector es libre de buscarla en YouTube bajo cuenta y riesgo.
Dichos y hechos
Julio Hevia, psicólogo de profesión, escritor de oficio y traductor de la calle por ‘hobby’, decía que en el Perú la chapa es “una especie de sobrenombre del sobrenombre”. Es una identidad efímera, una estampa que dura lo que dura la fama, mala o buena, del personaje que la ostenta. Son como los ‘codinomes’ (apelativos de la corrupción), pero para uso civil.
Uno de los lobbistas más ágiles que ha tenido la minería ilegal en la política peruana fue Amado Romero, conocido hasta hoy como ‘Come oro’. (Foto: Giuliano Buiklece / Archivo)
En el Perú, el apodo político en general y la chapa congresal en particular encierran en su simpleza significados enormes, inmanejables, dejados al libre albedrío de la interpretación. Pueden, a veces, apelar a la falsa ternura, como en el caso de Aldo Maximiliano Bardález Cochagne, representante de Fuerza Popular en el mismo período que Anicama. Resulta que una trabajadora de su despacho, cuyo sueldo pagábamos todos, era en realidad la asistenta personal de la mamá del congresista en Moyobamba. Nadie se acuerda de Bardález, pero sí de su alias: ‘Cuida Madre’.
Otros apelativos son, por el contrario, crudos y violentos. ‘Mata Perro’ le dicen hasta hoy al excongresista huancavelicano Miró Ruiz (2006-2011). El legislador del Partido Nacionalista se ganó el apodo a balazos, luego de liquidar a un inocente schnauzer de un año y medio –edad en la que los perros juegan sin medir consecuencias– que irrumpió en una propiedad suya en Huampaní. Tiempo después, fue condenado por este hecho. Matías se llamaba el animal, ese nombre sí debemos recordarlo.
También hay sobrenombres que, aunque son explícitos, no dejan de ser ambiguos. Eulogio Amado Romero Rodríguez era, y sigue siendo el ‘Come Oro’. Parlamentario de Gana Perú, en el 2011 se supo que promovía, facilitaba y alentaba la minería ilegal en Madre de Dios, y que recibía hasta cinco kilos de oro al mes de los mineros de esa región. Su caso también acabó de mala manera, con denuncias, escapes, sentencias y una captura. Quizá algún día se libre de culpas, pero no del apelativo, que por cierto él detestaba. “¡No han probado nada!”, exclamaba cuando lo llamaban por su alias. Pero las reglas de la calle, esas que Hevia estudió, son bien claras: la chapa es la identidad que uno no elige. //
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