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Ser cholo en la PUCP, por Carlos Meléndez

“Yo fui un cholo misio en la PUCP y gracias a mis amigos aprendí a reírme de la angosta mirada de la 'gentita'”.

Carlos Meléndez Politólogo

Ser cholo en la PUCP, por Carlos Meléndez

Ser cholo en la PUCP, por Carlos Meléndez

Alfredo Bryce solía decir que conoció al Perú cuando estudió en San Marcos. Como miembro de la oligarquía limeña, compartir carpeta con “todas las razas, todas las clases” le permitía explorar fuera de su burbuja elitista. Yo, en cambio, conocí al Perú cuando ingresé a la PUCP. Concretamente a “los de arriba”, en términos clasistas e intelectuales. Ahí en Pando estaban los dotados para “pensar el país” y ofrecernos su comprensión de la “realidad social peruana”.

Mi insatisfacción con la lectura dominante de nuestra sociedad que ofrecía la PUCP me volvió sociólogo, aunque mis padres habían soñado un hijo ingeniero que los sacara de la pobreza o un abogado como “mal menor”. Desde la primera clase de Introducción a las Ciencias Sociales encontré demasiados clichés y estereotipos en las interpretaciones del fabuloso “mundo popular”. Una mirada prejuiciosa compartida por muchos de mis compañeros de Sociales y Humanidades, hoy, parte de la reproducción de esa intelligentsia progresista.

Viví personalmente el efecto de esos prejuicios. La primera vez que me etiquetaron de “fujimorista” fue durante las movilizaciones contra los abusos del gobierno de Alberto Fujimori. Fui un activista de muchas de las marchas de la segunda mitad de los noventa, indignado por la arbitrariedad y el autoritarismo rampante. Pero a algunos célebres integrantes de la dirigencia estudiantil de entonces –compañeros de aulas–, les resultaba sospechoso (“¿Qué hace este cholo insolente acá en la Católica marchando contra Fujimori?”). Una ‘comitiva’ se acercó a mi jefe para pedirle que me despidiera de la ONG en la que hacía mis prácticas. “Debe ser un agente del SIN o un infiltrado fujimorista” imputaron sin reparos. Así, en esas “democráticas” mentes que prometían “renovar la política”, un chiquillo de Zárate tenía que ser “el otro”.

Desde entonces comprendí que el término ‘fujimorista’ (como ‘terrorista’) también sirve para estigmatizar socialmente a quienes no encajamos en la lectura complaciente y hegemonizante de los centros de pensamiento del establishment peruano. Entendí también que una diferencia sobresaliente entre “un blanco de derecha” y otro “de izquierda” es que el uno discrimina abiertamente y el otro en discreto cinismo. Ninguna preferencia ideológica los libera de los prejuicios sociales que los estructuran, a pesar de toda la reflexión intelectual que dicen practicar (y de sus “visitas turísticas” a la pobreza).

Cuento esta anécdota animado por el testimonio de Marco Avilés sobre cómo fue ser un cholo en San Marcos. Yo fui un cholo misio en la PUCP (¡Felices 100 años!) y gracias a mis amigos (de Breña, de Independencia, de SMP) aprendí a reírme de la angosta mirada de la “gentita”. El corazón del progresismo peruano –que aplaude a Avilés– es incapaz de la autocrítica porque sus estereotipos de clase priman sobre sus voluntades ideológicas. Hoy soy catedrático en Chile, y a mis primeros alumnos de pregrado les costó comprender que podían tener un profesor con PhD que fuese peruano (¡!). Asumo ahora, como antes, mi tarea de romper esos prejuicios sociales todos los días. Al menos en eso encontré mi realización sociológica. 

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