Estampas negras de la isla
El fotógrafo italiano Ernesto Bazán presentó su reciente libro “Bazán Cuba” en el CCPUCP. El volumen ha ganado un importante premio y ha sido editado por sus alumnos.
Por Francisco Rodríguez
La historia del libro “Bazán Cuba” la escuché por primera vez en octubre del 2002, en el Cusco, cuando asistía a un taller de fotografía que dictaba el autor, Ernesto Bazán, un fotógrafo Italiano que se había establecido en La Habana tras llegar con un paquete turístico en 1992. Bazán había deseado conocer siempre Cuba. Y al recorrer sus calles lo confirmó: una sensación extraña lo embargó y sintió que ya había vivido antes en ese lugar.
El fotógrafo que ha cosechado premios como el World Press Photo y ha trabajado para la agencia Magnum recorrió La Habana y se estrelló con una realidad singular: una pobreza que solo la dignidad puede sostener. Las imágenes logradas por él, todas en blanco y negro, reflejan la vida cotidiana de un país absorbido por un proceso que el propio Fidel Castro llamaría: “El período especial”.Desde su llegada estuvo convencido de que algo extraordinario pasaría, y fue así. Las fotografías que consiguió a puro pulso, caminando, viendo y viviendo el día a día, nos envuelven en un mar de miradas, luces y momentos precisos. La brevedad del ser humano capturada y editada por él sin temor ni directrices. Plasmadas están las sombras y los grises en la ternura, la ironía, la felicidad etérea de la gente en las calles y los campos de La Habana.
El libro llamado “Bazán Cuba”, que fue presentado en el Centro Cultural de la PUCP, es el único libro editado y financiado por 50 alumnos en toda la historia de la fotografía y es el primer paso de Bazán Photo Publishing, creada con el principal objetivo de editar y publicar proyectos que sus alumnos realicen.
Esta publicación, que ganó la última edición del New York Photo Festival en la categoría Photo Books, reúne 118 imágenes captadas en película Tri X. Ernesto fotografía aún con ella porque tiene la convicción de que el halogenuro de plata es insuperable, y que el blanco y negro, como dice Robert Frank, uno de sus referentes, “son los colores de la fotografía. Para mí simbolizan la dualidad entre la esperanza y la desesperación a la que la humanidad estará sujeta siempre”.
Ernesto no solo se entregó en cuerpo y alma a fotografiar la isla sino que también encontró una gran razón para seguir viviendo, creando y enseñando. Su familia. Conoció a Sissy, y con ella tuvo gemelos: Pietro y Stefano. Y desde hace algunos años dirige sus talleres de fotografía, en los cuales reœne un grupo no muy numeroso de fotógrafos de diversas partes del mundo para plasmar las fiestas y vida cotidiana en ciudades como Sicilia (Italia), Salvador de Bahía (Brasil), Tlacotalpan y Veracruz (México), Nueva York (EE.UU.), Cusco e Iquitos (Perú).
Con Ernesto uno confirma que la fotografía tiene una pedagogía muy singular y atípica. No basta con alimentarse de cursos y charlas en Power Point. Los talleres que imparte transitan en el tejido muscular de la enseñanza. No dirá nunca cómo tomar una foto ni invadirá la mirada ni la técnica del fotógrafo. Para él, la gran herramienta de enseñanza es la transmisión de la experiencia y la sabiduría de la edición fotográfica, que concluye con estocadas maestras que tienen como único fin alimentar el desbordante deseo de seguir tomando fotos.
Pero esa transmisión ha dado un giro. Actualmente, Ernesto ya no vive en Cuba. Un día del 2006 recibió una notificación policial en la cual se le prohibía seguir enseñando fotografía en sus talleres de La Habana. También le advirtieron que de no acatar las órdenes, él y su familia correrían peligro. Ellos tuvieron que partir, y a Ernesto le quedó el recuerdo, la nostalgia, una familia, un libro y miles de negativos por revisar.

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